Poco después, descubrió que él contaba con una ventaja que no podía igualar. Podía tocarla en cualquier parte y su conciencia daba un vuelco. Todo su cuerpo, toda su piel, eran hipersensibles no sólo a su contacto, sino a su respiración, a su misma proximidad. Tenía la más aguda percepción del mínimo roce, de todas y cada una de sus insinuadas y furtivas caricias.
Su reputación era merecida: había visto lo suficiente, lady Elizabeth se lo había dado a entender lo bastante, para hacerse una idea. Sólo un maestro consumado podría haber conseguido lo que él, hecho lo que él, en medio de un salón de baile atestado de gente. Muy contadas veces, alguien había visto algo; en muy pocas ocasiones captó ella una sonrisa de complicidad o más amplia de la cuenta.
Durante veinte minutos cumplidos, le había hecho sudar tinta, no ganar para sustos, volviéndola loca sin saber por dónde saldría a continuación. Intentando adivinarlo, para así poder emprender una acción evasiva…
De golpe, comprendió que aquél era el camino seguro a la derrota. Pero no tenía apenas vías de ataque.
Se concentró en ello; y descubrió que el borde exterior de la oreja era uno de sus puntos sensibles. Los lados de su cuello eran otro, pero el fular se interponía. Los brazos, los hombros, las caderas… podrían haber servido, de haber estado desnudos. Pero su pecho… cuando fingió tropezar y se dejó caer contra él extendiendo los dedos por sus anchos músculos, pudo sentir que le cortaba la respiración.
El ejercicio le había costado otro episodio de sentir sus manos aferrando con demasiada firmeza su cintura, pero se había zafado de sus garras sonriendo. Con mucha intención.
Continuaron charlando, jugando a ser el centro de atención para el gentío allí congregado, sin abandonar en ningún momento su juego particular. La necesidad de ocultar sus colisiones físicas hizo que fueran subiendo las apuestas, que aumentara el desafío.
Finalmente, encontró lo que andaba buscando. Sus muslos: se puso visiblemente tirante cuando ella deslizó hábilmente los dedos por sus largos músculos, tensos bajo los pantalones.
Durante una fracción de segundo, se le cayó la máscara, y ella pudo ver fugazmente al hombre que la había besado en el bosque. Entonces él se hurtó a su mano y la hizo girar entre la masa de los danzantes. Un segundo después, sintió la mano de él en su cadera, sintió cómo descendía deslizándose para luego cerrarse. Dando gracias al cielo por el obstáculo de sus pesadas faldas y sus enaguas, se apartó con una mirada burlona.
Al cabo de diez minutos, lo volvió a pillar por banda. Él con la espalda contra la pared y ella delante, con sus amplias faldas ocultándole las manos, extendió los dedos por sus muslos y deslizó las manos hacia arriba…
Gyles le agarró las muñecas con puño de hierro. Se sorprendió a sí mismo mirando fijamente aquellos brillantes ojos verdes, que se agrandaban levemente; y se preguntó qué demonios le estaban haciendo. No hacía falta que ella lo tocara para embravecerle; estaba ya a punto de reventar. Su juego, con la inesperada incorporación de ella, había acabado por enredarlo bien enredado.
Si lo tocaba…
Miró furtivamente a la multitud. Habían dedicado un rato a todo el mundo, cumplido con sus obligaciones sociales; el evento iba llegando a su fin. Eran las últimas horas de la tarde, aún no había anochecido. La mayor parte de los invitados volverían a sus casas aquella noche. Muchos partirían tan pronto como Francesca y él se retiraran.
Miró a los ojos desafiantes de su esposa.
– Sigamos con esto en privado.
Ella enarcó las cejas; luego, inclinó la cabeza.
– Como deseéis.
Se enderezó. Al no soltarle él las muñecas, miró hacia abajo. Gyles se forzó a hacerlo, a relajar los dedos y soltarla. Ella lo observó, observó cómo sus dedos se desenroscaban. Él la vio levantar una ceja y comprendió que ella lo notaba, que percibía el esfuerzo que le costaba y todo lo que estaba escondiendo.
– ¿Veis la puerta de la pared de la derecha? Salid, girad por la primera esquina a la derecha, luego por la tercera a la izquierda y la primera a la derecha. Llegaréis a un tramo de escaleras. Subid: os conducirá a una galería. Una doncella estará esperando para acompañaros a la suite de la condesa.
Ella había vuelto a levantar la vista; era incapaz de descifrar su mirada.
– ¿Y vos?
– Yo me abriré camino entre la gente y tomaré otra salida. Así evitaremos más revuelo innecesario. -Hizo una pausa y luego observó-: Suponiendo, naturalmente, que no os agrade el revuelo.
Ella le sostuvo la mirada durante un instante; luego, despojándose de su propia máscara, ladeó la cabeza con altanería.
– Os veré arriba.
Se dio media vuelta y se alejó majestuosamente.
Gyles la observó hasta que hubo desaparecido tras la puerta. Luego se enderezó y se internó con aire despreocupado entre la multitud para escapar, él también, airosamente.
Capítulo 7
– ¿Wallace?
– ¿Sí, señor?
– Váyase. Y llévese también a todo el personal que quede en el ala.
– De inmediato, señor.
Gyles vio cerrarse la puerta detrás de su asistente y empezó a caminar por la habitación, para dar a Wallace tiempo de buscar a la doncella de Francesca y abandonar el ala privada. Sospechaba que este primer encuentro íntimo con su esposa iba a ser todo lo contrario que tranquilo. Ella era lo más alejado de la docilidad y la modosidad que cabía imaginar.
Oyó que se cerraba una puerta. Se paró, y cruzó hasta la que daba al dormitorio de Francesca. Llevó la mano al pomo, pero se detuvo. ¿Habría reparado ella en que allí había una puerta? ¿Y que daba a otra habitación, y no a un armario?
¿Se echaría a gritar si entraba él por allí?
Mascullando una maldición, dio media vuelta y se dirigió a la puerta del pasillo.
Sentada ante la cómoda en su lujoso dormitorio verde esmeralda, Francesca se cepillaba el pelo con esmero sin apartar la vista de la puerta que había a cierta distancia, en la pared de su derecha: la puerta que, según le había informado Millie, daba al dormitorio del conde.
Por allí había de entrar. Estaba lista, esperándolo.
De pronto le pareció que algo se movía. Miró en el espejo… ¡y ahogó un chillido! Levantándose de un brinco de la banqueta, se giró esgrimiendo como un arma el cepillo de dorso de plata.
– ¿Qué estáis haciendo aquí? -El corazón le latía con fuerza-. ¿Cómo habéis entrado?
A medio metro de distancia de ella, él la miraba con ojos enconados. Para su alivio, obvió su absurda primera pregunta.
– Por la puerta. La principal.
Llevaba un batín abrochado descuidadamente con un cinturón sobre unos pantalones anchos de seda. Ella miró forzadamente más allá de él, a la puerta del pasillo, y luego volvió a mirarlo, directamente a los ojos.
– Un caballero habría llamado antes.
Gyles lo había considerado.
– Soy vuestro marido. Esta casa me pertenece. No tengo por qué llamar.
La mirada que ella le dirigía pretendía amilanarlo. En lugar de eso, había conseguido el efecto contrario. Con un gesto muy cargado de afectación, ella se volvió y dejó caer el cepillo con un ruido seco sobre la cómoda.
Gyles tenía observado desde hacía tiempo que las mejores cortesanas dominaban el contradictorio arte de vestirse con recato adquiriendo en cambio un aspecto exuberantemente sensual. Su recién desposada tenía al parecer, en este campo, un talento naturaclass="underline" el camisón de seda marfileña que envolvía sus curvas no era escandaloso en modo alguno y, sin embargo, vestida así, ella personificaba la fantasía secreta de cualquier hombre. El escote era discreto; dejaba expuesta una mínima parte de sus senos. Era la simplicidad misma, no tenía mangas. En su lugar, un negligé de gasa diáfana, generosamente ribeteada de encaje, matizaba el cálido tono de sus brazos desnudos, con los lazos del encaje en las muñecas, alrededor de la línea del escote y a lo largo de la abertura frontal, como tentando a un hombre a alargar la mano, tocar, apartar y llegar más allá.