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Todos y cada uno de los músculos de Gyles vibraban, tensos de la urgencia por saquear la vulnerable, acalorada blandura del cuerpo de Francesca. Pero se obligó a sí mismo a esperar, a inclinar la cabeza y apoyar la mejilla en su pelo y abrazarla sin más, hasta que remitiera su dolor. Notó que ella tomaba una inspiración temblorosa. Cuando intentó levantarse, la aprisionó con su abrazo.

– No. Esperad.

Su cuerpo no se había ablandado todavía, no se había recuperado de la impresión. Lo haría al cabo de un minuto o dos, y su capacidad para sobrellevar aquella invasión, y la posesión que estaba por llegar, aumentaría.

Ella accedió a esperar. Tenía una manita apoyada contra su pecho, con los dedos extendidos. El la cubrió con su mano, y luego se la llevó a los labios y besó las puntas de cada uno de sus dedos, introduciéndoselos en la boca antes de liberarlos.

Contaba con toda su atención. Inclinó la cabeza y la besó, dulcemente al principio, luego cada vez más apasionadamente, a medida que ella fue respondiendo, a medida que su cuerpo fue relajándose y calentándose de nuevo, en reacción a las caricias de sus manos y a la más íntima caricia de su cuerpo al balancearla.

Entonces ella empezó a moverse, y fue él el balanceado. Ella había levantado las manos y le había enmarcado el rostro entre ellas, pegados los antebrazos a su pecho mientras con la lengua susurraba sobre la suya promesas de rendición, le prometía el botín ardiente de su conquista. Valiéndose de sus rodillas sobre la resbaladiza seda, pero más aún del contacto de sus muslos con los de él, se ondulaba sobre su cuerpo. No subía y bajaba como las damas no adiestradas acostumbraban a hacer. Imprimía a todo su cuerpo un movimiento sinuoso que paraba el corazón del hombre y le nublaba la mente, le robaba los sentidos y le acariciaba desde los muslos, duros como la piedra, hasta los labios, y más allá.

Ella lo cautivaba: su cuerpo, su mente, sus sentidos eran suyos para ordenar lo que quisiera. Y le ordenaba. No supo nunca cuánto tiempo la sostuvo sin más, con las manos extendidas, una en su espalda, otra debajo de ella, limitándose a tomar todo aquello que ella le prodigaba. Bebiéndoselo como no había bebido en años.

El movimiento empezaba en sus caderas. Empujaba hacia abajo, tomándolo entero, acariciándole las ingles con la cara interior de sus muslos y sus partes más blandas. La onda empezaba allí y recorría su espinazo rodando de forma lenta y controlada, haciendo presión a lo largo de su cuerpo con el estómago, con la cintura, luego con la base de su pecho y finalmente con sus suntuosos senos. Como remate, unía la boca a la suya, abierta e incitante, atrayéndolo irresistiblemente; luego la onda retrocedía, replegándose lentamente en una caricia aún más tentadora mientras se iba relajando, llamándolo con su cuerpo. Y luego volvía a empezar.

La cabeza le daba vueltas vertiginosamente cuando la levantó y tomó una inspiración estremecida. Desplazando una mano hasta su nuca, la agarró del pelo y tiró de ella hacia atrás para poder mirarla a la cara.

Ojos de un verde más profundo e intenso que cualquier esmeralda lo miraban bajo unos párpados pesados.

– ¿Cómo sabíais…? -Era la pregunta; aquella para la que no se le ocurría una respuesta. Se había probado tan inocente como virginal, como él había sospechado y, sin embargo…, era capaz de amarlo de aquella forma, como una concubina del harem de un sultán, versada y experta en las artes sensuales.

No tuvo necesidad de hacer muchas elucubraciones; los labios de ella se curvaron en una amplia sonrisa.

– Mis padres.

Se la quedó mirando, atónito.

– ¿Ellos os enseñaron?

Ella rompió a reír, aún sin aliento; pero el sonido de su risa le atravesó como un trago del mejor coñac, llegándole directo al estómago y colándose luego más abajo, como combustible para su fuego. La soltó del pelo y ella volvió a pegarse a él.

– No. Les observaba yo. -La miró a los ojos, con los suyos curvados lánguidamente-. No era más que una niña. -Sus palabras eran, poco más que un susurro, su cuerpo reposaba inquieto contra el de él-. Cuando era pequeña, mi dormitorio estaba comunicado con el suyo. Siempre dejaban la puerta abierta, para poderme oír si les llamaba. Yo solía despertarme y entrar…, y algunas veces no… se daban cuenta. Al cabo de un rato, me volvía a la cama. No lo entendía, no hasta más adelante, pero me acuerdo.

Mientras los recuerdos desfilaban ante ella, Francesca dio calladamente las gracias. Sin sus amantes padres, sin su amor recíproco, nunca habría tenido esta ocasión. La de ahora. La de la experiencia de tener a un hombre como su marido a su merced, cautivado por el esplendor de su cuerpo, en ascuas ante la promesa de todo lo que ella podía darle. Fue un pensamiento embriagador, una pequeña victoria entre tantas derrotas. Algo por lo que recordaría su noche de bodas.

Clavándole los dedos en el pecho a través del pelo hirsuto, buscó; luego hundió la cabeza y chupó. Mordisqueó.

Él cerró los brazos en torno a ella como la jaula de acero que sabía que podían llegar a ser. Le dio un golpecito, y ella levantó la cabeza. El se abatió sobre ella atrapando su boca en un beso que echaba llamas.

Movió un brazo inmovilizándole las caderas y ella se hizo de pronto más consciente de lo que había sido en un buen rato de la dureza de la fuerza protuberante que tenía enterrada en sí, del poder latente que tenía hasta entonces cautivo. El descubrimiento retumbó a través de ella mientras él saqueaba su boca; entonces él levantó la cabeza y susurró junto a sus hinchados labios:

– Segundo acto.

Ya lo había visto, pero nunca lo había sentido. Nunca había sido la mujer que ocupaba el centro del escenario. Esta noche, lo era: todo lo que se hacía, se le hacía a ella, a su carne, a su cuerpo, a sus sentidos. Desde que se había acomodado en su interior, él apenas se había movido, dejando que fuera ella quien le acariciara con su cuerpo. Aquello cambió. Su férreo abrazo le dejaba un limitado margen de movimiento, pero aún podía menearse un poco encima de él, y lo hacía; pero ya no con la intención de complacerlo, sino para saciar el ansia, la necesidad que en ella crecía y se desarrollaba, una necesidad que él alimentaba con pericia.

Se movía con ella, dentro de ella; llevaba ahora el control de su baile. Mientras la invadía hasta el fondo, llenándola, atravesándola, sólo para retirarse y volver a la carga, ella intentó no perder la cordura, pero fracasó. Una necesidad innombrable florecía en su interior; no podía ignorarla, como tampoco podía ignorarlo a él. Valiéndose de la cualidad deslizante de su cuerpo y con el acicate desatado de sus movimientos sobre él, luchó por apaciguar aquella necesidad. Y apaciguarle a él.

Perdió su propio ritmo y cogió, a cambio, el de Gyles; entonces él tiró de sus caderas hacia abajo y la lleno más a fondo. Con cada empujón parecía llegar más lejos, penetrarla más íntimamente, tocarla en un sitio donde no la había tocado antes.

El fuego la consumía. Un fuego que surgía de él; con el que la acuciaba, que insuflaba en sus adentros hasta hacerla prender en llamas. Al borde de los sollozos, se aferraba a él, deseosa y sin miramientos, mientras él tomaba posesión de su cuerpo, lo hacía suyo para llenarlo y saquearlo a su capricho. Por muchas veces que hubiera presenciado aquel ardor, aquella gloria asombrosa y agotadora, nunca había pensado que pudiera ser algo así, que supusiera semejante entrega.

Se apartó, separando sus bocas, jadeante, ciega de necesidad.

Él cambió la posición de su brazo, la inclinó hacia atrás por encima del mismo, hundió la cabeza y ella sintió el calor abrasador de su boca en el pecho.