– Pero yo…, vos esperáis que yo consiga siempre ser discreta. -Antes de que él pudiera responder, continuó-. Decidme, milord: ¿cuándo empezaría esta discreción recíproca?
Él frunció el ceño.
– Una vez que me hayáis dado los herederos que requiero…
– No creo que ésa sea una opción viable. ¿Quién sabe a cuántas chicas podéis dejar encinta? Es posible que yo nunca llegue a tener ocasión de ejercitar mi discreción, aunque estoy bastante segura de que vos no dejaréis de ejercitar la vuestra.
No tenía ganas de discutir ese punto, y estaba realmente hartándose de hablarle a su espalda.
– No creo que eso sea justo. Lo que yo propongo es que los dos acordemos permanecemos fieles hasta el momento en que nos conste que estoy embarazada de vos. Desde esa fecha convenida, seguiremos cada uno su camino, hasta que yo dé a luz. Entonces, de nuevo, volvemos a guardarnos fidelidad, y así sucesivamente, hasta que tengáis a vuestros herederos. Una vez alcanzado ese objetivo, ambos quedaremos libres para establecer en adelante cuanta relación o contacto discreto nos plazca.
Él se detuvo en seco.
No se había dado cuenta de lo cerca de la superficie que estaba el salvaje. De repente, se alegraba mucho de que ella estuviera mirando en dirección contraria. Con los puños cerrados a ambos lados, luchó por contener su reacción. Le llevó al menos un minuto sofocar la furia que le había provocado, el impulso instintivo de gritar «¡no!».
Pasaron treinta segundos más antes de que fuera capaz de decir:
– Si eso es lo que deseáis…
Ella notó el cambio, la corriente de violencia que subyacía en su voz. Se detuvo, se irguió; alzó la cabeza. Entonces habló, en un tono en que él no la había oído hablar antes.
– Tengo mis propios deseos, necesidades y exigencias, que vos habéis decidido no satisfacer en el seno de nuestro matrimonio. Sólo trato de asegurarme de que, mientras cumpla con vuestras exigencias, seré libre de perseguir mis propios objetivos. -Bruscamente, se dio la vuelta para darle la cara, erguida la cabeza, con una expresión que rebelaba una determinación tan terca como la suya-. Eso es lo que exijo yo de nuestro matrimonio. Y no creo que sea algo que me podáis negar.
Tenía los ojos brillantes, pero velados. La distancia que los separaba había aumentado a unos cuantos pasos; él se alegró de que así fuera. Le estaba haciendo falta todo el autocontrol de que era capaz para quedarse quieto, para resistirse a agarrarla, para resistirse a…
Cuando estuvo seguro de poderse arriesgar a moverse, asintió con la cabeza.
– Muy bien, señora. Tenemos un acuerdo.
Si su tono cortante la había molestado, no lo manifestó en absoluto. Fríamente, Francesca correspondió con otra inclinación de cabeza; luego se dio media vuelta y continuó caminando con aire despreocupado hacia la puerta de la segunda torre.
– Supongo que pronto servirán el desayuno.
Él hubo de tomar una inspiración profunda antes de poder decir:
– Si lo deseáis, podéis permanecer en nuestros aposentos. -Echó a andar detrás de ella-. Nadie esperará vernos esta mañana, o incluso en todo el día.
Francesca abrió la puerta y se giró hacia Gyles mientras se aproximaba. Sus ojos se encontraron con los de él y luego pasaron de largo. Con una ceja arqueada, su expresión reflejaba tranquila reflexión. Entonces sacudió la cabeza, se dio la vuelta y entró en la torre.
– No creo que esconderse sea buena idea. Pienso que es mejor que empiece tal y como pienso seguir.
Aguantando la puerta, Gyles la observó cruzar la habitación de la torre y empezar a bajar las escaleras. Ni una vez volvió la vista atrás. Gyles cruzó el umbral, cerró la puerta y la siguió escalera abajo.
Francesca había accedido a ser todo lo que él esperaba de una esposa. Al cabo de una hora, se le había notificado que podría cumplir con su parte del trato holgadamente, y que lo haría.
Por qué aquello la había puesto de mal humor era lo que no entendía. Tal vez porque significaba que, una vez que hubiera quedado embarazada, asumir los condicionantes derivados del hecho de ser su condesa no iba, evidentemente, a ser para ella un reto tan difícil como para distraerla de la tarea de perseguir sus propios, y hasta ahora no declarados, objetivos.
No es que le hiciera falta oírselos declarar: podía imaginar cuáles eran.
Luego, sentado a la cabecera de la mesa del desayuno, con una taza de café en la mano, mientras hacía como que escuchaba las batallitas de la guerra de su tío abuelo Mortimer, Gyles se maldecía para sus adentros por no haber acordado nada. Al otro extremo de la mesa, separada de él por dieciséis ancianos y muy atentos parientes, su esposa dispensaba serenamente calma y cortés orden entre taza y taza de té.
Francesca podía sentir su mirada clavada en ella, podía sentir su descontento con el acuerdo que habían alcanzado. No era el acuerdo que ella hubiera deseado, pero era un acuerdo que aceptaría. No estaba segura de que él fuera a aceptar su propuesta, su plan alternativo, pero ahora que lo había hecho, los dos sabían el terreno que pisaban, y se trataba ya sólo de seguir viviendo.
Y de conseguir resignarse a su segunda opción.
– Bueno, querida mía… ¿O debería decir «milady»?
Francesca alzó la vista y vio a Charles sonriéndole mientras sacaba la silla vecina a la suya. La prima lejana que la había estado ocupando acababa de irse a supervisar la preparación de su equipaje.
– Tío. -Impulsivamente, se puso en pie y besó a Charles en la mejilla.
Él, radiante, le dio unas palmaditas en la mano.
– Así, ¿qué? ¿Todo bien?
– Por supuesto. -Con una breve sonrisa, Francesca se sentó. Mientras Charles tomaba asiento, echó un vistazo a su alrededor-. ¿Va a bajar Ester?
– Enseguida. -Charles desplegó la servilleta que le había traído un lacayo-. Franni sigue durmiendo.
– ¿Durmiendo? -Franni solía levantarse con el alba. -Ayer tuvimos que darle algo para que se calmara, lo necesitaba.
A Franni le daban láudano a veces, cuando se alteraba mucho. Francesca mordisqueó su tostada mientras Charles hacía su selección de las fuentes que los lacayos le presentaban.
– ¿Se despertará pronto, Franni? -preguntó al retirarse el último lacayo.
– Eso espero.
– Me gustaría hablar con ella antes de que os vayáis.
Charles sonrió.
– Por supuesto. Estoy seguro de que no querrá irse sin decirte adiós, al menos.
No era en el adiós en lo que pensaba Francesca, pero la distrajo lord Walpole: Horace, como había insistido él en que le llamara. Se paró junto a ella y le dio unas palmaditas en el hombro.
– Mi querida Francesca, estás radiante. Nada como el matrimonio para poner brillo en los ojos de una joven, es lo que digo siempre.
– Siéntate, Horace, y deja de intentar sacarle los colores a la muchacha. -Poniéndose a su lado, Henni le dio con el dedo en las costillas y lo empujó para que se corriera un poco. Sonrió a Francesca-. No le hagas ni caso. Los viejos depravados son los peores.
Francesca correspondió a su sonrisa. Al girarse, descubrió que se había perdido la entrada de Ester. Mientras se acomodaba en una silla dos sitios más allá de Charles, Ester advirtió que la miraba y le sonrió.
– ¿Franni? -silabeó Francesca con los labios.
– Durmiendo aún -respondió Ester de igual forma.
Francesca sirvió a Ester una taza de té, y luego se volvió hacia el anciano primo sentado a su otro lado. Sus deberes de anfitriona la tuvieron ocupada un rato, hasta que Charles le tiró de una manga.
– Querida, pensamos irnos dentro de dos horas; antes del almuerzo. Espero que sepas que tengo toda la confianza del mundo en tu capacidad, y en tu matrimonio, si no no me retiraría de esta manera. Pero ya veo que estás en buenas manos. -Su sonriente inclinación de cabeza aludía no sólo a Chillingworth, sino también a lady Elizabeth y Henni-. Siento que puedo dejarte con la conciencia tranquila.