– Oh, desde luego. -Francesca le apretó la mano-. Estoy contenta.
– Bien. -Charles cerró la mano en torno a la suya-. Hemos decidido continuar viaje a Bath. Es posible que las aguas le vayan bien a Franni. Dado que estamos ya en la carretera, como quien dice, hemos pensado en llevarla allí.
– Me pareció que disfrutaba del viaje en coche.
– Más de lo que yo esperaba. Es una oportunidad demasiado buena para dejarla pasar, pero quiero salir con buen pie, así que nos despediremos pronto.
Francesca correspondió a la presión de sus dedos.
– Estaré allí para deciros adiós mientras salís.
– Como condesa de Chillingworth. -Soltándole finalmente la mano, Charles se levantó. Francesca sonrió brevemente; su sonrisa se marchitó al mirar a la figura sentada al otro extremo de la mesa. -Desde luego.
Las palabras de Charles resultaron proféticas: «adiós» fue todo lo que Franni fue capaz de decir. De mascullar. Mientras la ayudaban a bajar por la gran escalera, Ester a un lado y Charles a otro, Franni estaba todavía tan drogada que no acertó a centrarse en otra cosa delante de Francesca.
Cualquier esperanza que tuviera Francesca de averiguar qué había sido lo que había trastornado a Franni estaba condenada.
Se vio obligada a sonreír, intercambiar abrazos y buenos deseos, y dejar a un lado su preocupación por lo que Franni pudiera haber imaginado. Chillingworth estaba allí, dándole la mano a Charles, mostrándose encantador con Ester…, y haciendo una reverencia muy correcta y adecuada sobre la mano de Franni.
Franni le sonrió aturdida; no dio signos de que viera en él otra cosa que no fuera un apuesto caballero que era ahora el marido de Francesca.
Mientras estaban aún en el porche despidiendo a los viajeros con la mano, Francesca intercambió una mirada con Gyles. El cochero dio la orden a los caballos; el carruaje dio una sacudida y luego salió rodando. Agitaron la mano flanqueados por lady Elizabeth y Henni. Ester les decía adiós de la misma manera. Otra manita blanca salió por la otra ventanilla agitándose también, lánguidamente.
– Sobreexcitada, eso es todo.
Francesca oyó el murmullo de Gyles.
– Eso parece.
El resto de la compañía se reunió para el almuerzo, una comida ligera, concebida para digestiones seniles a punto de emprender un viaje. Lady Elizabeth y Francesca se habían puesto juntas a prepararlo y habían dado con una selección de platos que, a juzgar por la avidez con que fueron acogidos, estuvieron a la altura de las expectativas.
Las primeras horas de la tarde las pasaron entre partidas, un flujo constante de viejas damas bien vestidas y caballeros parlanchines que pasaban por el salón recibidor, evitando montañas de equipaje y lacayos que combatían con baúles y sombrereras.
A las cuatro se fue el último carruaje, retumbando. Quedaron cinco personas de pie en el porche cuando el coche tomó la curva del camino y desapareció de la vista. Cinco pares de hombros se relajaron pesadamente.
Gyles fue el primero en enderezarse y romper la formación.
– Tengo que coger el caballo y acercarme al puente para ver cómo van los trabajos. -hizo el comentario para todos, pero su mirada se cruzó con la de Francesca; corrió a buscarla.
Ella asintió.
– Por supuesto. -Dudó antes de añadir-: Os veremos en la cena.
Con una inclinación de cabeza, bajó las escaleras y echó a andar hacia las cuadras.
Horace se dirigió al interior de la casa.
– Voy a la biblioteca a echar una siesta.
– Te despertaré para la cena -replicó Henni secamente.
Francesca sonrió, al igual que lady Elizabeth. Siguieron a los otros hacia el recibidor.
– Creo que nos merecemos una relajante taza de té. -Lady Elizabeth arqueó una ceja mirando a Francesca.
Ella estuvo a punto de dirigirla hacia el salón, pero se contuvo.
– ¿El salón trasero?
Lady Elizabeth sonrió.
– Sí, querida.
Francesca echó un vistazo a su alrededor.
– ¿Wallace?
– ¿Señora? -El atildado hombrecillo emergió de las sombras.
– Té, por favor. En el salón trasero.
– De inmediato, señora.
– Y comprueben que lord Walpole no necesita nada.
– Desde luego, señora.
Francesca, en compañía de lady Elizabeth y Henni, se encaminó al salón trasero, la habitación que utilizaba la familia cuando no tenían visitas. Aunque elegante, como lo eran todas las habitaciones que Francesca había visto hasta el momento, el salón trasero estaba decorado pensando más en la comodidad que en el estilo. Algunas de las piezas eran muy viejas, trabajo de carpintería bellamente pulido hasta darle un tono lustroso, cojines que mostraban las dentelladas del tiempo.
Con sendos suspiros idénticos, lady Elizabeth y Henni se desplomaron en las que eran a todas luces las butacas que solían ocupar; a lady Elizabeth entonces se le agrandaron los ojos. Hizo ademán de levantarse.
– Querida mía, debería haberte preguntado…
– ¡No, no! -Indicándole que volviera a sentarse, Francesca cruzó hasta un, diván-. Esto es más mi estilo. -Se sentó elevando las piernas y se relajó contra los hinchados almohadones.
– Muy adecuado -dijo Henni con una sonrisa-. ¿Qué sentido tiene no darse una todo el descanso que pueda?
Francesca se ruborizó.
Wallace trajo la bandeja con el té y la depositó en una mesita cerca de Francesca. Ella lo sirvió, y Wallace repartía las tazas; luego con una sonrisa y unas palabras corteses le indicó que podía irse. Él hizo una suave inclinación y se marchó.
– Hmm. -Henni miraba la puerta por la que había salido Wallace-. Es muy reservado, pero creo que le gustas.
Francesca no dijo nada, consciente de que ganarse la aprobación y por tanto el apoyo de su numeroso personal sería esencial para mantener la casa en perfecto funcionamiento. Lady Elizabeth puso su taza a un lado.
– No creo que vayas a encontrar dificultades. Wallace será el que te cueste más ganarte, pero si te hubiera cogido aversión, habríamos reconocido ya los síntomas. Los demás son muy dóciles, y Dios sabe que tú sabrás manejarte con Ferdinando mucho mejor que yo.
– ¿Ferdinando?
– El chef de Gyles. Viaja entre Londres y Lambourn, dondequiera que Gyles esté residiendo. Ferdinando es italiano, y en ocasiones cambia a su lengua natal. -Lady Elizabeth meneó la cabeza-. Yo rara vez puedo seguirle el ritmo. Le dejo desbarrar sin más, hasta que se agota y retomo el asunto en inglés en el punto en que me haya quedado. Hablando el italiano como lo hablas, podrás tratar con él directamente.
Francesca se recostó.
– ¿De quién más debo saber algo?
– Todos los demás son de aquí. Conociste a la señora Cantle brevemente ayer.
Francesca asintió, recordando a la muy correcta gobernanta vestida de negro.
Te acompañaré a dar una vuelta por la casa y te presentaré al resto mañana por la mañana. Hoy todos tenemos que sentarnos y recuperar el aliento, pero mañana todo el mundo estará deseando conocerte, y puesto que nos iremos un poco más tarde, será mejor que reservemos la mañana para el grand tour.
– ¿Os iréis? -Francesca las miró sorprendida, primero a lady Elizabeth, luego a Henni; las dos asintieron-. Si Gyles os ha pedido…
– ¡No, no! -le aseguró lady Elizabeth-. Esto es únicamente idea mía, querida. A Gyles ni se le pasaría por la cabeza decirme cuándo tengo que marcharme.
Henni resopló.
– Habría que verlo intentarlo. Pero sólo nos vamos a la casa de la condesa viuda… Está al otro lado del parque.
– Podéis visitarnos tranquilamente… Venid siempre que queráis. -Lady Elizabeth gesticuló con las manos-. Nosotras estaremos allí, nos guste o no.
– Lo que quiere decir -dijo Henni- es que estaremos más que encantadas de enterarnos de las novedades, siempre que haya algo que quisieras compartir.