– Recuerdo -dijo Henni- cuando llegamos, con los caballos sudando… Gyles salió a recibirnos. Estaba tan conmocionado y, sin embargo, dominándose…, tan obviamente hecho trizas y temblando por dentro. Horace se quedó con él.
Lady Elizabeth suspiró.
– Fue una época terrible, pero Gyles no dio nunca problemas. De hecho, estaba siempre muy callado, por lo que yo recuerdo.
– ¿Sabéis? -dijo Henni, absorta en el pasado-, creo que nunca he visto llorar a Gyles, ni siquiera en el funeral.
– No lo hizo -dijo Elizabeth-. Se lo comenté a Horace después del funeral, y él dijo que Gyles se había portado muy bien, guardando la compostura y las formas. Justo lo que le correspondía hacer ahora que era Chillingworth, el cabeza de familia. -Se sorbió la nariz-. Yo hubiera preferido con mucho que llorara, tenía siete años, al fin y al cabo, pero ya sabéis cómo son los hombres.
– Gyles se volvió bastante silencioso a partir de aquello, pero luego le llegó el momento de ir a Eton. Eso pareció sacarle de su caparazón.
– Desde luego. -Lady Elizabeth se sacudió la falda-. Fue a caer con Diablo Cynster y esa carnada, y desde entonces la cosa ha sido más o menos según lo acostumbrado: irse a Oxford, luego a la ciudad…
– Y luego todo lo demás. -Henni hizo gestos de dejar el tema-. Pero no hace falta que le des vueltas a esas cosas. Todos los varones Rawlings han sido notablemente fieles, al margen de cómo se hubieran portado antes de plantarse ante el altar.
– Muy cierto -confirmó lady Elizabeth-. Lo que nos devuelve al punto de partida y a esta estupidez de Gyles y su matrimonio de conveniencia. -Pronunció la expresión con altivo desprecio-. Lo cierto, querida mía, es que puede que lo diga, puede incluso que píense que se lo cree, pero es tan absolutamente contrario a su naturaleza que de ninguna manera podrá vivir esa ficción mucho tiempo.
Henni soltó un bufido.
– Yo lo suscribo. Va a ser muy divertido ver cómo trata de forzarse a seguir esa ridícula línea de conducta.
– Sí, pero, desafortunadamente, no lo veremos de primera mano. -Lady Elizabeth se quedó mirando a Francesca con aire pensativo-. Esta información refuerza aún más mi determinación de trasladarnos a la casa de la viuda a la mayor brevedad.
Francesca le devolvió la mirada.
– ¿Porqué?
– Para que la única persona con la que Gyles comparta esta enorme casa, la única compañía que encuentre aquí, seas tú. Necesita pasar tiempo contigo, sin otras distracciones; el que sea necesario para que entre en sus cabales. -Lady Elizabeth se levantó, con una mirada severa en sus ojos grises-. Y cuanto antes lo haga, mejor.
Capítulo 9
Lady Elizabeth y Henni se retiraron a echar una siesta antes de cenar. Francesca se retiró a su dormitorio también, pero estaba demasiado intranquila para acostarse.
En su interior había brotado la esperanza; no estaba segura de que fuera prudente dejar que alzara el vuelo de nuevo. Lo había hecho una vez, ignorando sus declaraciones explícitas, basándose sólo en la percepción intuitiva que tenía de él. Él le había dicho que se equivocaba.
No tenía ninguna garantía de que la comprensión de sus motivos por parte de su madre y su tía fuera exacta, no ahora que era un hombre crecido.
Y, sin embargo, no podía dejar de hacerse esperanzas.
Sacudiendo la cabeza, inspeccionó a su alrededor, buscando distracción. Tras su ventana, vio el bloque de las cuadras a través de los árboles.
Diez minutos más tarde, entraba en las cuadras.
– ¿Puedo ayudaros, señora?
Francesca sonrió al hombre patizambo que llegó a toda prisa.
– Lo siento, no sé cómo se llama usted.
– Jacobs, señora. -Se quitó la gorra de paño que llevaba-. Soy el jefe de cuadras. -Recorrió los compartimentos con la mirada-. Estoy a cargo de todas estas bellezas.
– Bellezas, sin duda. Vengo a por la yegua.
– ¿La árabe? Sí, es un encanto. El señor dijo que era vuestra. Voy a por una silla y bridas.
Mientras Jacobs ensillaba la yegua, Francesca le canturreaba dulcemente cualquier cosa, acariciando distraídamente su sedoso morro. Al poco estaba subida a la silla y saliendo al trote. Al abandonar el patio de las cuadras, fue consciente de que Jacobs no le quitaba ojo de la espalda, pero parecía satisfecho de ver que sabía lo que hacía. También sabía adonde iba.
Aunque estaban en septiembre, las tardes aún eran largas, lo bastante largas para dar un paseo a caballo antes de vestirse para cenar. Mientras iba a medio galope camino de la escarpadura y el sendero tortuoso que conducía a las colinas, Francesca examinaba los ordenados campos, ya cosechados, en los que se había soltado al ganado para que pastara. Campos y vallas, los prados junto al río, todo tenía un aire de tranquila prosperidad. Llegó al sendero; la yegua emprendió la subida con ganas.
– ¿No tienes nombre, verdad, preciosa?
Entraron en las colinas. La yegua sacudía la cabeza. Durante un rato, Francesca se limitó a cabalgar, disfrutando de la pura excitación de la velocidad. Dejó que se disiparan sus pensamientos, los dejó en suspenso, y se entregó al momento.
En la medida en que se acordaba, siguió la dirección que había llevado dos noches antes.
Él la vio -como ella a él- cuando aún mediaba una cierta distancia entre los dos. Ella siguió adelante, luego hizo describir a la yegua un amplio círculo y se situó a su lado al paso del rucio. Él no aminoró la marcha, sino que siguió a un cómodo medio galope.
Cruzaron sus miradas, las sostuvieron y luego él desvió la suya: a su gorra, con la airosa pluma. Ella miró al frente; al cabo de un momento, también él. De mutuo acuerdo, cabalgaron en las postrimerías del día en un silencio extrañamente cordial.
Cuando se iban acercando a la escarpadura, el terreno empezó a empinarse. Francesca redujo el paso para dejar que él guiara. Mientras la adelantaba, lo miró a la cara, toda ángulos duros e impasibilidad granítica, y trató de imaginarse al niño que había visto a su padre tirado del caballo y abandonado moribundo. Trató de imaginar su pánico, y el doloroso desgarro de la decisión de dejarlo y cabalgar en busca de ayuda. Nada fácil a la edad que sea, pero ¿con siete años? El incidente no podía haber pasado sin dejar ninguna marca. No había mermado su afición a montar, pero ¿qué cicatrices le quedaban?
Empezaron a bajar el sendero, la yegua detrás del rucio. Con los ojos puestos en sus hombros cimbreantes, percibiendo la fuerza controlada de cada línea de su robusto cuerpo, Francesca pensaba… en él. En ellos. En su matrimonio.
Un rato antes había estado a punto de arrojar el sueño de encontrar en su matrimonio un amor duradero por el parapeto del castillo. Ahora…
Se acercaba el anochecer. Galoparon a medio gas por entre las sombras, cada vez más largas, hasta el patio de cuadras. Jacobs acudió corriendo. Ella le pasó las riendas de la yegua y luego liberó sus botas de los estribos. Al girarse para bajar deslizándose por la silla, se encontró con que Gyles ya estaba allí. Levantó las manos, las cerró en torno a su cintura y la depositó en el suelo.
La yegua eligió ese momento para cambiar de posición, golpeando a Francesca en la espalda y empujándola contra Gyles.
Él la asió con más fuerza, hundiendo los dedos. Dirigió la mirada a su rostro; ella sintió que acaparaba repentinamente toda su atención. Levantó la cabeza y lo miró a los ojos. Tenían las caras pegadas. Ella leyó en su mirada, vio deseo en el gris de sus ojos, y estaba a punto de levantar la cara ofreciéndole su beso… cuando se produjo un ruido de cascos y los caballos que los ocultaban se apartaron pausadamente.
– Yo me ocuparé de ellos -intervino Jacobs.
Gyles la soltó.
– Sí. Buenas noches.