Miró hacia abajo y se encontró con los ojos de Francesca. No podía ver su expresión, pero sí sentir la de ella, sentir su sencilla sinceridad al murmurar:
– Estoy más que deseosa de aprender.
Sostuvieron las miradas. Él sentía latir el corazón de ella, en su pecho, en el suave calor de su vaina. Agarrándola con fuerza de las caderas, la empujó hacia abajo y se escurrió un poco más adentro de ella, pulgada a pulgada, deliberadamente, llenándola lentamente hasta colmarla, hasta estar él completamente acomodado en su seno. Durante todo el proceso la miraba a los ojos, viéndolos oscurecerse, nublarse, hasta que cerró los párpados ocultándolos.
Sintió hasta la médula el dulce suspiro con que ella se estremeció, sintió que su cuerpo se fundía en torno a él. Inclinó la cabeza, y ella alzó la suya; se unieron sus labios, y ya no importaba nada más allá de lo que había entre ellos.
Más allá de la pasión, del deseo…, de la necesidad imperiosa que les animaba.
No era tan mal fundamento para un matrimonio.
– ¡Fuera de aquí!
Francesca se despertó con la voz cortante de Gyles. Apartándose la sábana de la cara, asomó los ojos, justo a tiempo de ver cerrarse la puerta de su dormitorio. Desconcertada, se volvió hacia Gyles, que se hallaba a su lado tumbado cuan largo era, caliente, duro y… muy desnudo.
– ¿Qué…?
– ¿Cómo se llama vuestra doncella?
– Millie.
– Debéis enseñar a Millie a no entrar en vuestra habitación por la mañana hasta que la llaméis.
– ¿Porqué?
Girando la cabeza sobre la almohada, la miró y luego empezó a reírse suavemente. Su alegría parecía mecerla a ella en la cama. Con expresión aún divertida, él se giró sobre su lado y la tocó.
– Deduzco -dijo- que nunca espiasteis a vuestros padres por la mañana.
– No, claro que no. ¿Por qué…? -Francesca se interrumpió mientras examinaba sus ojos. Luego se lamió los labios y miró a los de Gyles-. ¿Por la mañana?
– Aja -dijo, y la atrajo hacia sí.
– Lo siento, señora, no volverá a ocurrir, lo juro…
– Está bien, Millie. Fue un descuido mío… Debería haberlo mencionado. No hablemos más de ello. -Francesca esperó no haberse puesto roja. No se lo había mencionado porque tampoco había supuesto que… Apartando la vista de Millie, que seguía retorciéndose las manos, se alisó el vestido mañanero-. Ya estoy lista. Por favor, dígale a la señora Cantle que deseo verla en el salón familiar a las diez.
– Sí, señora. -Contrita aún, Millie hizo una pequeña reverencia.
Francesca se dirigió hacia la puerta. Y al salón de los desayunos. Sustento. Ahora se explicaba el notable apetito que demostraba su madre por las mañanas.
Gyles y Horace habían desayunado un rato antes, y Gyles había salido a montar. Francesca no podía imaginar de dónde sacaría la energía, pero dio gracias por no tener que soportar su mirada, demasiado cómplice, por encima de las tazas.
Lady Elizabeth y Henni se unieron a ella. Una vez que hubieron comido lo que les apeteció, se retiraron al salón familiar. La señora Cantle, no más alta que Francesca pero algo más pechugona, apareció a las diez en punto vestida de negro.
Hizo una inclinación cortés y entrelazó las manos.
– ¿Deseabais verme, señora? -Dirigió la pregunta, con suma imparcialidad, a algún punto situado entre Francesca y lady Elizabeth, que reaccionó con visible azoramiento.
Francesca sonrió.
– Así es. Como lady Elizabeth se trasladará esta tarde a la casa de la viuda, ella y yo deseamos dedicar la mañana a dar una vuelta por la casa para repasar las tareas rutinarias. Me preguntaba si tendría usted tiempo para acompañarnos.
La señora Cantle se esforzó para no sonreír de oreja a oreja, pero le brillaron los ojos.
– Si pudiéramos decidir los menús antes, señora… -Se dirigía directamente a Francesca-. No me atrevo a dejar que el pagano se las componga solo, no sé si me explico. Hay que estar refrenándolo constantemente, la verdad.
El «pagano» tenía que ser Ferdinando.
– Aquí tenéis otro cocinero, según tengo entendido… -Francesca dijo esto mirando a lady Elizabeth, pero fue la señora Cande quien respondió.
– Oh, sí, señora, y eso es más de la mitad del problema. A ninguno de nosotros se le ocurriría negarle a Ferdinando su…
– ¿Arte?
– Sí…, eso es. Se le dan bien los fogones, no hay duda. Pero Cook lleva con la familia toda la vida, ha dado de comer al señor desde que era un niño, sabe cuáles son sus platos favoritos… Y ella y Ferdinando no se llevan bien.
No era difícil imaginar el porqué. Cook era la cocinera hasta que apareció Ferdinando, y entonces fue degradada.
– ¿Cuál es la especialidad de Cook? -La señora Cantle frunció el ceño-. ¿Qué tipo de comidas se le dan especialmente bien? ¿Las sopas? ¿La repostería?
– Los pudins, señora. Su pudín de crema de limón es uno de los favoritos del señor, y su tarta de melaza es para chuparse los dedos.
– Muy bien. -Francesca se puso en pie-. Empezaremos nuestra ronda por las cocinas. Hablaré con Ferdinando y decidiremos los menús, y veremos si puedo ayudar a suavizar un poco las cosas.
Lady Elizabeth se unió a ellas, intrigada. La señora Cantle las condujo a través de la puerta de tapete verde y por una maraña de pasillos y cuartitos. Pasaron junto a Irving y su despensa y se detuvieron a inspeccionar las vajillas y cubertería de plata de la casa.
Mientras continuaban en pos de la señora Cantle, Francesca se volvió hacia lady Elizabeth.
– No se me ha ocurrido preguntaros: ¿cómo os apañaréis en la casa de la viuda? Necesitaréis un mayordomo, y un cocinero y doncellas…
– Ya nos hemos ocupado de todo, querida. -Lady Elizabeth le tocó el brazo-. En una propiedad de esta extensión, siempre hay mucha gente deseando trabajar. Hace una semana que la casa de la viuda está preparada para recibirnos. La doncella de Henni y la mía, y el asistente de Horace, están trasladando nuestras últimas pertenencias al otro lado del parque, y esta tarde iremos a nuestro nuevo hogar.
Francesca vaciló, y finalmente asintió. No le correspondía, y en cualquier caso no en aquel momento, aludir a lo que sin duda lady Elizabeth sentiría al abandonar la casa a la que había llegado de novia y que había administrado tantos años.
Lady Elizabeth rió entre dientes.
– No… No me da pena marcharme. -Hablaba en voz muy baja, para que la oyera sólo Francesca-. Esta casa es muy grande, y las necesidades de Gyles aquí y en Londres son más de las que mis energías me permiten atender debidamente. Estoy más contenta de lo que puedo expresar de que estés aquí, dispuesta y preparada para asumir esa responsabilidad. Francesca miró a los ojos de la condesa viuda. Los tenía grises, como su hijo, pero más amables.
– Me esforzaré al máximo para seguir llevándolo todo tan eficazmente y tan bien como vos.
Lady Elizabeth le apretó el brazo.
– Querida mía, si eres capaz de manejar a Ferdinando, será que estás destinada a hacerlo mejor.
Las cocinas se abrieron ante ellas: dos cuartos inmensos, a cual más grande y tenebroso. El primero, y ligeramente más espacioso, incluía un hogar que ocupaba una pared entera, hornos de ladrillo, asadores de espetón, y planchas de rejillas enormes, suspendidas a ambos lados. Una mesa de trabajo corría todo a lo largo del centro del cuarto; otra más pequeña, en la que presumiblemente comía el servicio, estaba situada en un hueco abierto en una pared. Pucheros y sartenes relucían: en las paredes, en estantes, y colgados del techo de altísimos ganchos. El cuarto era cálido; el aire estaba repleto de deliciosos aromas. Francesca vio que a un lado había una despensa. El cuarto anexo se destinaba al parecer a las tareas de preparación y los fregaderos.