Los dos recintos bullían de frenética actividad. En la mesa central se acumulaban montañas de verduras. En su extremo más alejado había una mujer de rostro rubicundo con sus grandes manos hundidas en un cuenco de masa.
La señora Cantle le susurró a Francesca:
– Ésa es Cook; se llama Doherty, en realidad, pero siempre la llamamos Cook.
Numerosos criados – pinches y criadas de cocina- iban de aquí para allá. Concentrada en su masa, Cook no había levantado la vista: el taconeo de tantas botas sobre las losas y el entrechocar de ollas y cacharros había hecho que le pasara inadvertida su entrada.
Pese al tumulto general, Ferdinando era fácil de localizar. Un hombre delgado, de piel aceitunada, al que una mata de pelo negro azabache le caía sobre la frente mientras manejaba un cuchillo a velocidad de vértigo, se alzaba al otro lado de la mesa central, impartiendo una cascada de órdenes en un inglés con un muy marcado acento extranjero; se dirigía a las dos criadas que revoloteaban y zumbaban a su alrededor como abejas.
La señora Cantle se aclaró la garganta. Ferdinando levantó la vista.
Primero vio a la señora Cande, luego reparó en Francesca. Su cuchillo se detuvo en el aire. De golpe, se quedó boquiabierto.
Al haber llegado Francesca con retraso para su boda, ésta era la primera vez que Ferdinando la veía. Francesca se sintió aliviada cuando la señora Cantle dio unas palmadas para atraer la atención de los demás.
Todo el mundo se detuvo. Todos se quedaron mirando.
– La señora condesa ha venido a inspeccionar las cocinas.
Francesca sonrió. Pasó por delante de la señora Cantle. Recorrió la sala con la mirada, deteniéndose brevemente en cada rostro, para detenerse finalmente al llegar hasta Cook. Hizo una inclinación de cabeza.
– Usted es Cook, según creo.
La mujer se sonrojó y amagó una reverencia, levantando las manos sólo para, inmediatamente, volver a hundirlas en la masa.
– Ah…, lo siento, señora. -Buscó desesperadamente un trapo por las inmediaciones.
– No, no… No quisiera interrumpirla. -Francesca echó una ojeada al interior del cuenco.
– ¿Esto es para el pan de hoy?
Tras una mínima pausa, Cook contestó:
– Para la hornada de la tarde, señora.
– ¿Hace usted pan dos veces al día?
– Sí, señora… No es tanto trabajo de más, y así siempre está recién hecho.
Francesca asintió. Oyó que Ferdinando se agitaba y se giró hacia él.
– ¿Y usted es Ferdinando?
Él se cruzó el cuchillo delante del pecho e hizo una inclinación.
– Bellísima, -murmuró.
Francesca le preguntó de qué parte de Roma era. En italiano.
Él volvió a quedarse completamente boquiabierto; cuando se hubo repuesto, prorrumpió en una parrafada torrencial en apasionado italiano. Francesca dejó que se desahogara sólo un momento, y luego lo acalló.
– Ahora -dijo-, deseo discutir los menús de hoy. Señora Cantle… ¿Tiene usted papel y pluma?
La señora Cantle salió muy diligente a cogerlos de su habitación. Ferdinando aprovechó la ocasión para recitar sus sugerencias…, en italiano. Francesca escuchaba y asentía. Cuando la señora Cantle volvió y se sentó dispuesta a tomar nota, Francesca hizo parar a Ferdinando levantando un dedo, y a continuación enumeró los platos de su repertorio que había elegido para la hora de la comida. Luego se volvió hacia Cook,
– Y para el té, yo siento debilidad por los brioches al estilo de Devon.
Cook alzó la vista; con la sorpresa en los ojos, pero le faltó tiempo para asentir.
– Sí… Yo os los puedo hacer.
Ferdinando irrumpió con prolijas sugerencias; Francesca le hizo una seña para que callara.
– En cuanto a la noche… -Detalló el menú de la cena, dejando claro que Ferdinando quedaba encargado de los diversos platos, lo que apaciguó a su vanidad herida. A continuación llegó a los postres.
– Pudins. Me han hablado de un plato… Un pudín de crema de limón. -Miró a Cook-. ¿Lo conoce?
Cook lanzó una mirada fugaz a la señora Cantle, pero asintió.
– Sí.
– Bien. De momento, Cook, usted será la encargada de preparar los pudins de nuestras cenas.
Por la expresión que puso, se notó que Ferdinando se sentía ultrajado.
– Pero… -A lo que siguió una retahíla de postres italianos.
Francesca lo miró directa y fijamente y dijo en italiano:
– ¿Es usted consciente de que su señor es inglés, o no?
Ferdinando la miró desconcertado. Siempre en italiano, Francesca dijo:
– Aunque usted y yo sepamos de platos italianos, puede que le convenga extender su pericia a los pudins ingleses.
– No sé nada de esos pudins.
En boca de Ferdinando la palabra pudins estaba cargada de desprecio. Francesca se limitó a sonreír.
– Si fuera usted verdaderamente sabio y quisiera triunfar, le pediría a Cook que le enseñara cómo se hacen los pudins ingleses.
Ferdinando puso cara de pocos amigos.
– A ésa no le gusto nada.
– Ah, pero ahora que comprende usted que sus enseñanzas pueden resultarle útiles, podría encontrar la manera…, tal vez ofreciéndose a enseñarle a decorar sus pudins. Asegurándose, por supuesto, de que ella se dé cuenta de que comprende la importancia de sus pudins para la comida en su conjunto. Yo esperaré de usted que trabaje en coordinación con ella para asegurar el equilibrio de sabores.
Ferdinando se quedó mirándola. El segmento en italiano de su conversación se había desarrollado a gran velocidad, y había durado menos de un minuto. Con una sonrisa serena, Francesca cabeceó en señal de aprobación.
– Muy bien. Y ahora… -Dio rápidamente media vuelta y se dirigió a la puerta que llevaba otra vez a la casa, sobresaltando a Irving y a un pequeño ejército de lacayos que se habían congregado a escuchar. Francesca inclinó cortésmente la cabeza y pasó muy decidida-. ¿Señora Cantle?
– Voy, señora.
Lady Elizabeth cerró el cortejo, esforzándose por ocultar una sonrisa.
El resto de la ronda deparó menos incidencias, pero estuvo cargado de detalles. Para cuando volvieron a la planta baja, Francesca tenía una partidaria acérrima en la señora Cantle. Se sintió aliviada de que hubiera resultado tan fácil ganarse al ama de llaves. Dadas las dimensiones de la casa y la complejidad de su administración, un apoyo de confianza era algo que iba a hacerle falta.
– Lo has hecho muy bien, querida. -Lady Elizabeth se desplomó en su butaca del salón familiar. La señora Cantle había regresado a sus ocupaciones; Henni hacía punto en su butaca, lista para escuchar su informe-. Te metiste a Cantle en el bolsillo en el momento en que mostraste tu intención de apaciguar a Cook. Cantle y ella se conocen de toda la vida, llevan aquí desde que eran muchachas.
Lady Elizabeth miraba al otro lado del salón, donde Francesca se había acomodado en el diván.
– Corrijo, ya estaba predispuesta en tu favor desde antes: invitarla a acompañarnos de entrada ha sido un golpe de genio.
Francesca sonrió.
– Quería asegurarme de que comprendía que la valoro.
– Has conseguido convencer de eso a todos.
– También valoro lo que Henni y vos habéis hecho para facilitarme las cosas. Hubiera sido mucho más difícil sin vuestra ayuda.
Las dos mujeres parecieron sorprenderse, y se ruborizaron.
– Bueno, pero por si no has caído en ello -dijo Henni bruscamente-, esperamos recibir informes periódicos una vez que estenios instaladas en la casa de la viuda.
– Informes periódicos frecuentes. -Lady Elizabeth apretó los labios-. Aún no puedo creer que un hijo mío pueda ser tan idiota como para pensar que un Rawlings se las puede arreglar con un matrimonio… -aquí hizo un gesto displicente- distante. Tendrás que venir a tranquilizarme diciéndome que, de hecho, va entrando en razón.