– ¿No estuvieron en la boda?
Gyles sacudió la cabeza. Cogiéndola de la mano, la condujo escaleras arriba.
– Estaban de visita en Escocia, gracias a Dios. -Le lanzó una mirada-. Preparaos para una dosis de aspavientos.
Ella le frunció el entrecejo, desconcertada, pero dejó que le abriera la puerta y la guiara de la mano al cruzar el umbral…
– ¡Ahí ¡Ahí están! ¡Válgame Dios! -Una matrona corpulenta, con pechos imponentes, se abatió sobre Francesca agitando un chal rosa con flecos-. ¡Vaya, milord! -La mujer miró a Gyles levantando las cejas-. Sí que habéis dado la campanada. ¡Y todas las damas de por aquí, convencidas de que le teníais aversión al matrimonio! ¡Ja, ja! -La dama sonrió radiante a Francesca e inmediatamente cayó sobre ella y se rozaron las mejillas-. Wallace pretendía decirnos que estabais indispuesta, pero os vimos con toda claridad encima del risco.
Francesca intercambió una mirada con el imperturbable Wallace, y cogió las manos de la dama entre las suyas.
– ¿Lady Gilmartin, si no me equivoco?
– ¡Aja! -Su señoría parpadeó mirando a Gyles-. Veo que mi reputación me precede. En efecto, querida mía; vivimos justo pasada la aldea.
Cogiéndola por el codo, Francesca condujo a la condesa hacia el salón. Irving se apresuró a abrir la puerta. Lady Gilmartin seguía parloteando.
– Habéis de venir a tomar el té, por supuesto, pero pensamos en dejarnos caer esta tarde para daros la bienvenida a nuestro pequeño círculo. ¿Eldred?
Llegados ya al centro del salón, Francesca soltó el codo de la condesa y se volvió, para ver a un anémico caballero entrar flanqueado por Gyles. Al lado de su marido parecía mustio y marchito. Hizo una inclinación y sonrió débilmente; Francesca le devolvió la sonrisa. Con una inspiración tonificante, señaló a lady Gilmartin la chaise longue.
– Tomad asiento, por favor. Wallace: tomaremos el té.
Francesca se dejó caer en un sofá y observó a lady Gilmartin componer sus chales.
– Bien, ¿dónde estábamos? -Su señoría alzó la vista-. Oh, sí… ¿Clarissa? ¿Clarissa? ¿Dónde te has metido, muchacha?
Una chica pálida y regordeta, con una expresión enfurruñada algo impropia de una dama, entró airadamente en la habitación, le hizo una reverencia a Francesca y se sentó pesadamente junto a su madre en la chaise longue.
– Ésta es mi pequeña. -Lady Gilmartin le dio a su hija unas palmaditas en la rodilla-. Es una pizca demasiado joven para competir con vos, querida mía -su señoría señaló a Gyles con la cabeza-, pero tenemos grandes esperanzas. Clarissa irá a Londres el año que viene para la temporada social.
Francesca hizo los sonidos adecuados y evitó la mirada de su marido. Al cabo de un segundo, fijó la vista en el enjuto caballero que entraba remoloneando en la sala. Parpadeó, y se perdió todo lo que estaba diciendo lady Gilmartin.
Su señoría se volvió hacia la puerta.
– Ah, Lancelot. Acércate y haz tu reverencia.
Moreno de pelo, de una palidez interesante y una belleza bastante sorprendente, aunque muy estudiada, el joven -que no pasaba de ser eso- pasó desdeñosamente la vista por toda la sala. Hasta que llegó a Francesca, y se quedó pasmado mirándola.
– ¡Oh! ¡Caramba!
Sus oscuros ojos, encapotados hasta entonces por lánguidos párpados, se abrieron de par en par. Con paso considerablemente más ligero que el que traía, Lancelot llegó hasta la chaise longue e hizo ante Francesca una reverencia plena de romántico abandono.
– ¡Caramba! -repitió al incorporarse.
– Lancelot nos acompañará a Londres esta temporada. -Lady Gilmartin sonrió radiante-. Creo que puedo decir sin temor a que me contradigan que causaremos bastante revuelo. ¡Bastante revuelo!
Francesca consiguió componer una sonrisa cortés, aliviada de ver llegar a Wallace con la bandeja del té, seguido de Irving con la fuente del pastel. Mientras ella servía y sus huéspedes sorbían y devoraban, hizo lo que buenamente pudo para encauzar la conversación por derroteros más convencionales.
Gyles se mantenía apartado, hablando tranquilamente con lord Gilmartin junto a las ventanas. Cuando Francesca captó por fin su atención, con un mensaje paladinamente claro en los ojos, él arqueó brevemente una ceja y, con aire resignado, condujo a lord Gilmartin más cerca de su familia.
El resultado no fue feliz. En el instante en que se dio cuenta de que Gyles estaba cerca, a Clarissa se le puso una sonrisa boba. Luego le entro una risita que Francesca no pudo juzgar sino corno de muy mala educación, y empezó a lanzar miraditas tímidas y coquetas a Gyles.
Antes de que Francesca pudiera pensar en cómo reorganizar la sala para volver a separar a su esposo de Clarissa, Lancelot se plantó delante de ella, bloqueándole la vista. Sobresaltada, miró hacia arriba.
– Sois lo que se dice terriblemente hermosa, ¿lo sabéis?
El brillo apasionado de sus ojos sugería que Lancelot estaba a punto de caer de rodillas y abrirle su bisoño corazón.
– Sí, lo sé -le dijo.
Él parpadeó.
– ¿Lo sabéis?
Ella asintió. Se puso en pie pausadamente, obligando al muchacho a dar un paso atrás para hacerle sitio.
– La gente… los hombres me lo dicen siempre. Significa poco para mí, puesto que yo, evidentemente, no puedo verme como me ven.
Ya había usado antes esas frases para confundir a caballeros demasiado vehementes. Lancelot se quedó ahí de pie, frunciendo el ceño, repasando sus palabras para sus adentros, tratando de decidir la mejor respuesta. Francesca le rodeó y lo dejó atrás.
– ¿Lady Gilmartin?
– ¿Qué? -La condesa dio un respingo y dejó caer el brioche que se estaba comiendo-. Oh, sí, dígame, querida mía.
Francesca sonrió de forma encantadora.
– Hace un día tan bonito, y se está tan bien afuera… Me preguntaba si os gustaría dar un paseo hasta el jardín italiano. ¿No se vendría también Clarissa?
Clarissa puso mala cara y miró con semblante belicoso a su madre, que se sacudía migas de la falda mientras dirigía su mirada miope a las altas ventanas.
– Bueno, querida, me encantaría, pero más bien creo que ya es hora de irnos. No quisiera abusar de vuestra hospitalidad.
Lady Gilmartin prorrumpió una risa caballuna. Se puso en pie, se acercó a Francesca y dijo, bajando la voz:
– Sé cómo son los hombres, querida, por más Lores o condes que sean. Cuesta mucho mantenerlos a raya al principio. Pero se les pasa, ¿sabéis?… Podéis creerme.
Con unas palmadas en la mano, lady Gilmartin se giró y se dirigió a la puerta.
Francesca corrió tras ella para estar absolutamente segura de que no equivocaba el camino. Clarissa salió detrás pisando fuerte; Lancelot, perplejo aún, les siguió. Gyles y lord Gilmartin cerraron el cortejo.
Lady Gilmartin se despidió con un caluroso adiós, con su prole siguiéndola en silencio. Lord Gilmartin fue el último en abandonar el porche; se inclinó sobre la mano tendida de Francesca.
– Querida mía, sois deslumbrante, y Gyles es sin duda un tipo con suerte por haberos conquistado.
Su señoría sonrió, amable y dulcemente, luego hizo una inclinación de cabeza y echó a andar escaleras abajo.
– ¡No olvidéis -exclamó lady Gilmartin desde el coche- que sois libre de venir de visita siempre que echéis a faltar la compañía de una dama!
Francesca consiguió componer una sonrisa y una inclinación de cabeza.
– ¿Qué diantre -murmuró para Gyles, de pie a su lado- piensa que son vuestra madre y vuestra tía? ¿Un par de advenedizas?
Él no respondió. Levantaron las manos, despidiéndose, mientras el coche se alejaba bamboleándose por el paseo.
– Los habéis despachado muy limpiamente… Tenéis que contárselo a mamá. Siempre se las vio y se las deseó para no perder la cabeza con ellos.