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– No puedo decir que lo haya oído plantear nunca tan crudamente, pero sí. -Henni asentía-. Es decir, si es que quieres tomarte la molestia. He de decirte que no será fácil. Los Rawlings siempre han sido gente ferozmente independiente.

Francesca escrutó a Henni, y luego sonrió.

– Los hombres, quizás, y las mujeres también, hasta cierto punto. Pero las mujeres son sabias y saben cuánta fuerza proporciona el hecho de mantenerse unidos, ¿no?

Lady Elizabeth se echó a reír.

– Querida mía, si tú estás dispuesta a poner la energía, nosotras estaremos encantadas de poner los conocimientos. ¿Tú qué dices, Henni?

– Oh, estoy totalmente a favor -afirmó Henni-. Es sólo que he pasado muchos años en compañía de Rawlings varones, con lo que la fragmentación de la familia me parece normal. Pero tienes toda la razón. A todos nos iría mejor si nos conociéramos más unos a otros. ¡Pero si casi ni sabemos el nombre de todos!

– ¡No, muy cierto! ¿Te acuerdas de aquel horrible Egbert Rawlings, el que se casó con esa mosquita muerta…? ¿Cómo se llamaba?

Francesca estuvo escuchando mientras lady Elizabeth y Henni remontaban el árbol genealógico, señalando ahora esa rama, ahora aquella otra.

– Hay un árbol genealógico incompleto en la vieja Biblia que está en la biblioteca -dijo lady Elizabeth cuando, exhaustas ya, estaban sentadas sorbiendo el té-. Está sólo la línea principal, pero te proporcionará, y a nosotras también, un punto de partida.

– Lo buscaré y haré una copia. -Tras depositar su taza vacía en la bandeja, Francesca se puso en pie-. Más vale que vuelva. Cuando ya se está poniendo el sol, refresca.

Las besó en las mejillas y las dejó, sabiendo que se pasarían la próxima hora especulando sobre todo aquello que no había dicho. Dejando eso y a los prolíficos Rawlings a un lado, se entregó al simple placer de pasear por el gran parque con el sol filtrándose entre los árboles, iluminando cúmulos de hojas y difundiendo el perfume del otoño por el aire en calma.

Reinaban la paz y el silencio. Su mente vagó libre…, hasta aquel otro paraje arbolado que había amado, el bosque nuevo. No había más que un paso de ahí a la mansión Rawlings, y a quienes vivían en ella. A Franni. El hecho de no ser ella totalmente feliz le picaba, y la azuzó a considerar qué podía hacer para asegurarse de que Franni no había quedado dolida por los acontecimientos que condujeron a su matrimonio.

La solución, cuando se le ocurrió, resultaba tan sencilla…

La vio paseando entre el esplendor dorado de los árboles, por su parque, volviendo a su casa, a él. El impulso de salir a recibirla, de encontrársela y atraerla hacia sí era tan fuerte que lo percibía como un tirón.

Ella había ido a la casa de la viuda. Él llevaba media hora paseando junto a los ventanales, sabiendo que volvería pronto, sabiendo por qué dirección. Se había pasado toda la tarde tratando de concentrarse en sus libros de contabilidad, diciéndose que habría sido peor si la hubiera dejado ayudarle. Y, no obstante, ella había seguido presente en sus pensamientos, coqueteando con él como un fantasma por los rincones umbríos, al acecho de la ocasión de atraerla hacia sus fantasías en cuanto su concentración flaqueaba.

El trabajo con los libros lo tenía hecho sólo a medias. Miró su escritorio y los vio ahí encima, abiertos.

Al garete la fuerza de voluntad: tenía que salir. Estirar las piernas, llenarse los pulmones de aire fresco.

Se cruzó con Wallace en el recibidor.

– Si viene Gallagher, he dejado las estimaciones en mi escritorio.

– Muy bien, señor.

Se detuvo en el porche, la buscó con la vista y la localizó subiendo los escalones que conducían al huerto. Bajó la escalinata y caminó hacia la abertura del muro bajo de piedra que separaba el jardín italiano del acre de tierra plagado de viejos árboles frutales. La mayor parte estaban cargados de fruta madura. Sus embriagadores perfumes le envolvían mientras caminaba bajo las combadas ramas.

El sol estaba bajo en el cielo, su luz era dorada. Francesca estaba de pie contra un rayo, rodeada de una aureola de luz resplandeciente. No un ángel, sino una diosa: una Afrodita llegada para domarlo. Tenía la cabeza inclinada hacia atrás; miraba arriba. Él disminuyó el paso, y entonces se dio cuenta de que ella hablaba con alguien que estaba subido a un árbol.

Edwards. Al avistar a su jefe de jardineros encaramado a una rama y blandiendo una sierra, Gyles se detuvo.

Francesca lo vio: miró en dirección a él. Entonces, Edwards dijo algo y ella volvió a mirar al árbol.

Gyles se acercó un poco más, pero siempre a espaldas de Edwards. Si Francesca estaba liando al viejo con sus artimañas, no quería que fuera requerido su amparo. Encontrar a Edwards en el huerto no constituía ninguna sorpresa: en el huerto había árboles. En todos los años que llevaba de jardinero jefe, conseguir que reconociera la existencia de vida vegetal que no alcanzara el tamaño de un arbolito había resultado un objetivo inalcanzable para Gyles, su madre e incluso Wallace. Si Francesca tenía alguna posibilidad de éxito, Gyles no pensaba reventársela. Esperó mientras ella escuchaba una bronca explicación de por qué había que cortar esa rama en concreto de ese árbol en concreto. La oyó reírse, sonreír, engatusar a Edwards, y finalmente convencerlo de que accediera a regañadientes a considerar el estado de los plantíos de flores de delante del patio delantero.

Los plantíos de delante del patio delantero estaban vacíos, Gyles no recordaba haberlos visto nunca de otra forma. Parecían túmulos en miniatura, montículos cubriendo restos mortales.

Gyles cambió de postura, cada vez más impaciente al embarcarse Edwards en otra larga disquisición. Francesca le miró de reojo y volvió a levantar la vista hacia Edwards: al cabo de un minuto sonrió, le dijo adiós con la mano y echó a andar hacia Gyles.

«Ya iba siendo hora», dijo su mente. «Por fin», dijeron sus sentidos.

– Lo siento. -Llegó junto a él, sonriente-. Nunca se le acaba la cuerda.

– Lo sé. Se vale de eso para hacer desistir a cualquiera que se le acerque con la pretensión de darle instrucciones.

Ella lo cogió del brazo.

– ¿Habéis terminado en el despacho? -Miró hacia abajo y se sacudió las hojas del dobladillo.

– Sólo he salido a dar un paseo, para que me dé el aire. -Dudó-. ¿Habéis estado en el capricho?

Ella alzó la cabeza.

– No sabía que hubiera uno.

– Venid. Os lo mostraré.

La condujo en dirección al río, y el hombre que escondía en su interior se alegró hasta extremos ridículos al ver iluminarse los ojos de su mujer ante un plan placentero, ante la perspectiva de pasar un rato con él.

– Antes de que se me olvide -dijo ella, mirándole fugazmente al rostro-, quería preguntaros si os importaría que invitara a Charles y a Ester, y también a Franni, a que vinieran a visitarnos.

Francesca bajó la vista al descender por unos escalones que daban a un camino señalado con banderas por encima del río, dando gracias por el apoyo de la mano de Gyles y por el hecho de que él estuviera fijándose en dónde ponía ella el pie, más que en su cara.

– ¿Cuánto tiempo?

El tono daba a entender que tampoco le importaba especialmente.

– Una semana. Tal vez un poco más.

Era la solución obvia a su preocupación por Franni. Escribiría a Charles e insistiría en que él le leyera la invitación a Franni. Dejaría bien claro que si Franni no deseaba venir, ella lo entendería.

Y así sería. Franni había disfrutado del viaje en coche. La única razón por la que podría negarse a hacer otro viaje sería que efectivamente le había contrariado que Gyles se casara con Francesca porque se había imaginado que estaba interesado en ella.