Francesca tomó a Gyles del brazo.
– Sólo cabe esperar que crezca pronto y deje atrás tan malos modos. El comentario dio respuesta a las preguntas que habían estado a punto de surgir en la cabeza de los Middlesham. Les permitió dejar de lado a Lancelot como el simple impertinente que era. Lady Middlesham le estrechó las manos a Francesca al despedirse; sir Henry sonrió y expresó su deseo de que volvieran a encontrarse pronto.
Se separaron de los Middlesham y fueron hacia el Pichón Rojo. Francesca le apretó el brazo a Gyles.
– Lancelot es un niño malcriado, sin interés para mí ni trascendencia para vos.
Gyles la miró de soslayo, severos sus ojos grises, y la hizo pasar al interior de la posada.
Harris llegó a toda prisa para conducirles al salón que les había preparado. Francesca aprobó con satisfacción tanto el salón como los platos que el posadero y su pechugona hija dispusieron eficientemente ante ellos. Luego Harris y la muchacha se retiraron, dejándolos cómodos, bien provistos de viandas y de vino.
La comida estaba tan deliciosa como parecía; Francesca no le escatimó elogios. Alzando la vista, vio que Gyles la miraba con ojos divertidos, que su boca insinuaba una sonrisa.
– ¿Qué ocurre?
Él vaciló antes de responder:
– Sólo que os estaba imaginando cenando en una fiesta en Londres. Daríais todo un espectáculo.
– ¿Por qué?
– No se estila entre las damas de la buena sociedad el manifestar semejante… deseo por la comida.
Ella abrió los ojos de par en par.
– Ya que se ha de comer, puede una de paso disfrutarlo.
Él se rió y asintió con la cabeza.
– Sin duda.
A la mesa podían haber comido cuatro; ellos estaban sentados el uno enfrente del otro. Era fácil conversar, y no había nadie que pudiera oírles. Mientras iban degustando las diversas carnes y los pasteles, Francesca fue haciendo preguntas sobre la hacienda en general, animada por el hecho de que Gyles respondía solícitamente, sin asomo de reserva. Comentaron cómo había ido el año anterior, las dificultades y los éxitos, y la cosecha que se estaba almacenando por entonces.
Entonces volvió Harris para retirar los platos; dejando una fuente rebosante de fruta fresca ante los dos, sonrió benévolamente y les dejó en paz.
Eligiendo una uva, Francesca preguntó:
– Las familias de la hacienda… ¿son sobre todo arrendatarios antiguos?
– Casi todos ellos llevan mucho tiempo. -Viendo la uva desaparecer, Gyles se echó hacia atrás en la silla-. De hecho, no se me ocurre ninguno que sea más o menos reciente.
– De forma que todos están habituados a las… -seleccionó otra uva- tradiciones locales.
– Supongo que sí.
Ella examinó la uva, girándola entre sus dedos.
– ¿Qué tradiciones hay? Habéis mencionado un mercado.
– Se celebra un día de mercado todos los meses; supongo que es una tradición. Desde luego, todo el mundo se sentiría decepcionado si dejara de hacerse.
– ¿Y qué más? -Alzó la vista-. ¿Tal vez la iglesia auspicia alguna reunión?
Gyles la miró directamente a los ojos.
– Acabaríamos antes si me dijerais sencillamente qué es lo que queréis saber.
Ella le sostuvo la mirada, luego se metió la uva en la boca y le hizo un mohín con la nariz.
– No estaba siendo tan transparente.
Él observó el movimiento de su boca aplastando la uva entre los dientes, la observó tragar, y no respondió.
Entrelazando las manos sobre la mesa, ella se le quedó mirando con ojos francos.
– Vuestra madre mencionó que solía celebrarse una fiesta de la cosecha; no la celebración de la iglesia, aunque tuviera lugar por las mismas fechas, sino un día de festejos en el castillo.
Aunque él mantuvo una expresión impasible, ella debió apreciar una reacción en sus ojos, porque añadió rápidamente:
– Sé que hace muchos años que no se celebra…
– No desde que murió mi padre.
– Cierto; pero vuestro padre murió hace más de veinte años. Ahora él no podía argumentar que la mayoría de los arrendatarios no recordarían el acontecimiento.
– Vos sois el conde ahora, y yo vuestra condesa. Es una nueva generación, una nueva era. El sentido de la fiesta era, según entiendo, agradecer a los trabajadores de la hacienda sus esfuerzos a lo largo del año, durante la siembra, el cultivo y la cosecha. -Ladeó la cabeza sin apartar los ojos de los de él-. Sois un terrateniente que se preocupa y vela por sus arrendatarios. Sin duda, ahora que estoy yo aquí, sería adecuado, conveniente, que volviéramos a darles esa fiesta.
Tenía razón, pero le llevó un rato hacerse a la idea de celebrar la fiesta de nuevo, de ser él mismo el anfitrión. En todos sus recuerdos, ésa era una posición que había ocupado su padre. Después de su muerte, nunca se había planteado, al menos que él recordara, dar continuidad a la fiesta, a pesar de que era, en efecto, una tradición muy antigua.
Los tiempos cambiaban. Y a veces adaptarse podía significar resucitar usos del pasado.
Ella había tenido la prudencia de no decir nada más, de no insistir. En vez de eso, se quedó sentada pacientemente, con la mirada fija en su rostro, aguardando su decisión. Él sabía perfectamente que, si se negaba, ella se lo discutiría, aunque tal vez no inmediatamente. No pudo evitar insinuar una sonrisa al recordar su comentario anterior. ¿Transparente? Era tan fácil de interpretar como el viento.
En los ojos de ella brilló un brote de esperanza ante su media sonrisa; él se permitió esbozar una más franca.
– Muy bien. Si deseáis asumir a conciencia el papel de condesa…
Se interrumpió. Sus ojos se encontraron, y sostuvieron la mirada; se disipó toda ligereza. Entonces, resueltamente, él asintió con la cabeza y prosiguió, con voz firme:
– … no veo razón para disuadiros. -Tras una breve pausa, añadió-: Yo no os lo voy a impedir.
Ella entendió lo que le estaba diciendo: todo lo que estaba diciendo. Al cabo de un momento, se levantó y dio la vuelta a la mesa. Se detuvo a su lado, se giró y se sentó graciosamente en su regazo.
– ¿Y asumiréis también el papel que os corresponda?
Él mantuvo su mirada fija en ella.
– En lo que respecta a la fiesta, sí.
Respecto de lo demás, no podía prometer nada.
Ella examinó sus ojos, inescrutable su propia mirada; luego sonrió, con su sonrisa habitual, cálida, radiante, gloriosa.
– Gracias.
Levantó las manos, enmarcándole la cara con ellas, se inclinó hacia él y lo besó, con parsimonia, sensualmente pero sin ardor.
Él la contempló entre sus párpados medio cerrados, y sintió crecer el ansia. Sintió que despertaba el salvaje, pero, por una vez, su apetito no tenía que ver con la lujuria, ni siquiera con el deseo.
Era algo distinto. Algo más.
La besó a su vez, y ella le devolvió el mimo, y no fue más que eso: un momento compartido de contacto físico, una caricia.
No pretendía ir más allá: un intercambio de contacto afectuoso.
Finalmente, ella se enderezó, y él se lo permitió. Ella sonrió, satisfecha y feliz.
– Así pues, ¿cómo difundimos la noticia? Sólo faltan unas semanas. ¿A quién deberíamos dar aviso?
– A Harris. -Gyles la instó a levantarse, y ella se puso en pie. Él hizo lo propio, la tomó de la mano y la condujo hacia la puerta.
– Invitamos a todo el pueblo, además de a los arrendatarios, y en Lambourn no hay mejor manera de hacer un anuncio general que decírselo a Harris.
De modo que se lo dijeron a Harris, y Gyles y ella quedaron comprometidos a celebrar la fiesta de la cosecha. Al día siguiente, Francesca recibió una carta de Charles aceptando su invitación para ir a visitarles al castillo. Franni, le informaba, estaba absolutamente encantada ante la perspectiva de volver allí.
Francesca no supo muy bien qué conclusiones sacar de aquello Quizá, después de todo, Gyles tuviera razón desde un principio, y la reacción de Franni el día de su boda se había debido exclusivamente a la sobreexcitación. Lo que sugería que el caballero de Franni era, o bien otra persona, o bien producto de su imaginación. Francesca no vio manera de saberlo hasta que Franni, Charles y Ester llegaran.