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Dejando ese asunto a un lado, se entregó de lleno a los preparativos, tanto de la fiesta de la cosecha como de la visita de su tío. Se dedicó a hacer listas, y listas de listas. Uno de los puntos de su lista de aquel día era ocuparse de la renovación de los plantíos de flores de delante del patio de entrada.

– Es sencillamente inaceptable. -Estaba de pie junto a Edwards en el paseo, a cien pasos de la casa, mirando al patio y a los lechos vacíos, en cuyo margen más cercano se acumulaban diseminadas las hojas secas-. Esta vista no es nada atractiva, y en absoluto adecuada para dar la bienvenida a la casa.

– Humm.

Adusto y cabizbajo, como una mole a su lado, Edwards contemplaba cariacontecido los ofensivos montículos.

Cruzada de brazos, Francesca se giró hacia él. -Usted es el jardinero jefe. ¿Qué sugiere? Él la miró de reojo y se aclaró la garganta.

– Lo que hace falta no son flores. No allí. Árboles, es lo que se necesita, eso es.

– Árboles. -Francesca echó un vistazo a los enormes robles dique estaban rodeados-. Más árboles.

– Sí. Cipreses de Nueva Zelanda, es lo que tengo en mente.

– ¿Cipreses de Nueva Zelanda?

– Sí. Mirad… -Rebuscando entre las hojas, Edwards encontró un palo. Con una bota, despejó un espacio en el suelo-. Si ponemos que esto es la casa, o sea, la fachada nada más, tal como la vemos desde aquí… -dibujó un rectángulo representando la casa-… y ponemos tres cipreses a cada lado, de esta forma… -Con el palo, trazó seis cipreses, tres a cada lado del hueco en que el camino desembocaba en el patio de entrada, todos alineados con el borde frontal del patio-. Y si los escalonamos por tamaño, con los más altos en los extremos exteriores y los más pequeños flanqueando el camino, entonces… Bueno, ya lo veis.

Dio un paso atrás y señaló su boceto. Francesca se inclinó para examinarlo. Lentamente, volvió a enderezarse, miró la casa y luego volvió a mirar el boceto.

– Eso está bastante bien, Edwards.

Dio un paso atrás, entrecerrando los ojos e intentando imaginárselo.

– Sí. -Asintió con decisión-. Pero falta algo.

– ¿Eh?

– Venga conmigo. -Desanduvo el camino por el paseo casi hasta los pelados plantíos. Cuando se detuvo, hurgó entre las hojas a un costado del paseo, hasta descubrir piedra.

– Esto es la base de una jardinera de piedra tallada; hay una base similar al otro lado del paseo. Lady Elizabeth recuerda que el día de su boda las jardineras estaban llenas de flores, pero fueron retiradas en algún momento.

– Sí, bueno; dudo que podamos conseguir cosas de ésas ahora. Lleva una barbaridad de trabajo hacer una obra así.

– Oh, no es preciso hacerlas nuevas. Las jardineras están en el extremo más alejado del huerto, casi cubiertas, pero estoy segura de que se pueden desenterrar.

– Mmm. -Edwards volvió a poner mala cara.

– También hay dos jardineras a juego, más pequeñas, que irían en los últimos escalones del porche. Ahora están en el campo de detrás de las cuadras.

– Es que las usan de abrevaderos.

– En efecto, pero Jacobs tiene bastante claro que sus responsabilidades no requieren tal sofisticación. -Francesca miró a Edwards a los ojos, resguardados y semi-oscurecidos por sus cejas enmarañadas-. Le propongo un trato. Le permitiré poner los seis árboles en vez de replantar los plantíos enteros con flores, a condición de que usted se encargue de que desentierren esas jardineras, las cuatro, las limpien y las devuelvan a su sitio. Tengo entendido que al joven Johnny le gusta plantar y cultivar flores, así que él puede encargarse, bajo sus órdenes, de rellenar las jardineras y plantar los bulbos adecuados; quiero tulipanes y narcisos, y después ya pondremos otras flores conforme se sucedan las estaciones. Yo no sé qué es lo que crece bien en esta época del año -le sonrió-, pero seguro que usted y Johnny sí.

Girándose, contempló los plantíos desnudos.

– Entonces, ¿en cuánto tiempo cree que puede estar hecho todo?

– Mmm. Sé dónde podemos encontrar los cipreses… Supongo que lo tendríamos listo en una semana. -Edwards le lanzó una mirada-. Sería antes si no tuviéramos que ocuparnos de esas jardineras…

– Todo a la vez, por favor: los árboles y las jardineras.

– Bueno, pues entonces una semana.

– Excelente. -Francesca asintió, y le sonrió con aire confidencial-. Mi tío y su familia llegarán de aquí a una semana, y me gustaría que la casa estuviera bonita.

Un sutilísimo matiz de color asomó bajo la curtida piel de Edwards.

– Sí, bien -dijo ásperamente-. Tendremos el lugar arreglado y especial para vos en una semana, pues, puede que antes. Ahora… -Retrocedió un paso y miró a su alrededor.

– Ahora debe usted volver con sus árboles. -Francesca le dio licencia con una inclinación de cabeza.

Gyles había estado observándola desde las sombras del porche. Al ver a Edwards alejarse pesadamente, salió andando con calma y bajó por la escalinata. Francesca lo vio. Se acercó a recibirlo sonriendo.

– ¿Habéis tenido éxito?-Cogiéndole la mano, se la colgó del brazo y la cubrió con la suya.

– Edwards y yo hemos logrado un entendimiento.

– No se me pasaría por la cabeza que pudiera ser de otra manera.

Giraron en dirección al risco, dando un paseo alrededor del castillo hasta donde los amados árboles de Edwards daban paso a setos y a algún rosal aislado.

– Esta mañana he recibido un paquete de Diablo. -Gyles rompió el cordial silencio cuando llegaron a la vieja muralla y la amplia vista de sus tierras se abrió ante ellos-. Honoria y él están de vuelta en Londres. Me envía lo más destacado de las últimas deliberaciones parlamentarias.

– ¿Está reunido actualmente el Parlamento?

– Sí… Está en curso el periodo de sesiones de otoño. Gyles pensó en ello: su vida normal hasta entonces, casi toda la alta sociedad de vuelta en sus residencias de la capital, la habitual ronda de bailes, fiestas, y las aún más importantes cenas, la pugna de las anfitrionas por la preponderancia, y los debates más serios que tenían lugar tras aquella fachada rutilante. Durante años, eso había constituido el centro de su vida.

Se detuvieron, contemplando a sus pies el paisaje, encendido con el esplendor del otoño.

– ¿Hemos de ir a Londres, por el Parlamento?

– No.

Había pensado en ello, aunque no en plural. La miró, sus miradas se cruzaron brevemente, le sujetó tras la oreja un rizo que batía al aire, y volvió a contemplar las vistas.

Su aversión a la idea de volver solo a Londres hubiera debido sorprenderle y, sin embargo, no era así. Estaba, al parecer, acostumbrándose al hecho de que, cuando se trataba de cualquier asunto que tuviera que ver con ella, era su yo indomable quien mandaba. Su verdadero yo se negaba a separarse de ella, se negaba siquiera a considerar la cuestión.

Permanecieron de pie el uno al lado del otro, él contemplando sus dominios; al cabo, bajó el brazo, cerrando su mano en torno a la de ella.

– Venid. Bajemos al capricho.

Su verdadero capricho era ella.

Más tarde, aquella noche, Gyles estaba tumbado de espaldas en la cálida oscuridad, y escuchaba la suave cadencia de la respiración de su esposa.

Con las manos detrás de la cabeza y la vista fija en el baldaquín, se preguntaba qué diablos estaba haciendo. Adónde creía que iba a parar.

Adónde iban a parar.

La rectificación resumía su problema. Era incapaz ya de pensar en el futuro desde su exclusivo punto de vista. Cualquiera que fuera el enfoque que hiciera, el marco de referencia que se planteara, ella estaba siempre presente.