En verdad, la felicidad de ella era ahora más importante que la suya, porque la suya dependía de la de ella.
¿Era de extrañar que se resistiese?
Hubiera sido más fácil si ella le planteara exigencias. Pero no, le dejaba siempre a él la decisión, evitando el abismo de oponer su voluntad a la de él. Él estaba predispuesto y preparado para esa clase de batallas; el resultado habría sido siempre fulminante y previsible.
Y él no estaría tendido ahí entonces, sumido en la incertidumbre. Francesca había dejado clara su posición. Él mandaba, él tomaba las decisiones; y si a ella no le agradaban, seguiría su propio camino.
Y no le cabía duda de que lo haría. En lo más íntimo de ella había una obstinación que él reconocía, una devoción inquebrantable a su propia causa.
Una devoción que él codiciaba para sí. No ya para sus ambiciones políticas, no ya para su matrimonio, ni siquiera para el efecto que una devoción tal tendría en su vida.
Quería ser él el objeto de su devoción.
Quería verla en sus ojos cuando la poseía, sentirla en sus labios cuando la besaba, en su roce cuando la acariciaba. Todo lo que ya le daba, lo quería: para siempre.
Miró su cabeza morena, sintió la calidez de su cuerpo, relajado y libre de toda tensión, contra el suyo. Sintió un impulso urgente de abrazarla, de atarla a él.
Volviendo a mirar el baldaquín, condujo de nuevo sus pensamientos a su problema.
Quería su amor, su devoción, la quería dedicada exclusivamente a él. Ella estaba dispuesta a ofrecerle todo eso. A cambio, quería algo. Él quería dárselo -quería amarla-, pero…, eso, en sí mismo, era lo último que quería hacer.
La contradicción de fondo.
Tenía que haber una forma de rodear el problema. Por el bien de su cordura, tenía que encontrarla. Tenía que dar con una alternativa quila dejara a ella satisfecha, y a la vez no le dejara a él expuesto, sino emocionalmente invulnerable.
La otra opción era inimaginable. Lo seguía siendo y siempre lo sería.
Capítulo 13
– ¡Vaya, querida! Está claro que la vida de casada te sienta bien.
Francesca sonrió, radiante. Poniéndose de puntillas, besó a Charles en la mejilla, y luego se giró para saludar a Ester.
– ¡Qué contenta estoy de que hayan podido venir. Ya sé que no ha pasado mucho tiempo, pero os he echado de menos.
– Y nosotros a ti, querida. -Ester y Francesca se rozaron las mejillas, y luego aquella dio paso a Franni.
Francesca buscó los pálidos ojos azules de Franni; su prima sonrió con aire despreocupado, dio un paso adelante y la besó. Entonces miró a su alrededor.
– La casa es enorme, ¿no? La última vez casi no vi nada.
Se hallaban en el porche de entrada. El carruaje de Charles estaba en el patio frontal; algunos lacayos descargaban su equipaje.
– Te llevaré a dar una vuelta para enseñártela, si quieres. -Francesca miró a Ester y Charles, haciéndoles extensiva la invitación.
– ¿Por qué no? -Charles, que estaba estrechándole la mano a Gyles, se giró hacia ella-. Me encantaría hacer una visita guiada al hogar de mis antepasados.
– Vamos al piso de arriba para dejarles instalados, y después será ya la hora de comer. Luego les enseñaré el castillo.
Francesca hizo ademán de juntar a Ester y Franni, pero Franni se escurrió y fue a ponerse delante de Gyles. Le hizo una reverencia solemne. Gyles vaciló, luego le cogió la mano y la hizo enderezarse.
Franni lo miró a la cara y sonrió.
– Hola, primo Gyles.
Gyles le dirigió una suave reverencia.
– Prima Frances… -Le soltó la mano y les indicó a todos que pasaran al interior. Franni se unió a Francesca y a Ester, mirando a su alrededor entusiasmada mientras atravesaban el inmenso recibidor.
– Una casa enorme -repitió Franni, mientras subían por las escaleras.
– … De forma que nos quedaremos sólo tres noches. -Charles sonrió a Francesca, Era ya la última hora de la tarde, y se hallaban todos reunidos en el salón familiar, esperando a que anunciaran la cena-. Gracias por ser tan comprensiva.
Estaban de pie junto a la chaise longue. Ante la chimenea, Gyles charlaba con Ester, mientras Franni lo escuchaba, pendiente de cada palabra.
– Qué tontería. -Francesca le apretó el brazo a Charles-. Si las aguas de Bath de verdad ayudan a Franni, por supuesto que deben aprovechar la oportunidad y volverla a llevar. -Charles le había avisado mediante una carta de última hora de que iban a abreviar su visita; acababa de explicarle por qué. Los manantiales sulfurosos de Bath le habían dado a Franni más energías; pero mientras que Charles y Ester estaban deseosos de volver allí, sólo habían conseguido que Franni accediera asociando el viaje a su visita a Lambourn.
– Desde luego -prosiguió Francesca-, si en el futuro desean volver a llevarla allí, deben escribirme y hacérmelo saber. Aquí siempre serán bienvenidos. -Sonrió-. Para quedarse las noches que quieran.
– Gracias, querida mía. -La mirada de Charles se posó en Franni-. Confieso que estamos más esperanzados. Tanto a Ester como a mí nos preocupaba que tu partida y la excitación de la boda resultaran ser demasiado, o incluso precipitar un agravamiento del estado de Franni. En cambio, desde que se recuperó del láudano, el día después de la boda, parece que no ha hecho más que mejorar. Ha sido un alivio.
Francesca asintió. Nunca había entendido cuál era la cuestión de fondo del «estado» de Franni, pero si Charles y Ester estaban aliviados y esperanzados, ella no podía sino alegrarse.
Irving entró y anunció que la cena estaba servida, lo que hizo las delicias de Franni. Gyles, como correspondía, les ofreció un brazo a ella y otro a Ester; Charles y Francesca les siguieron.
Se sentaron a la mesa en el comedor familiar. Francesca observaba mientras Irving y los lacayos servían la comida. Franni parecía encantada con todo. Le estaba largando a Gyles una perorata sobre todo lo que habían visto durante su prolongada excursión por el castillo. Gyles había comido con ellos y luego se había retirado a su despacho; no pareció que a Franni le preocupara. Ahora, bajo el comportamiento ingenuo de su prima, Francesca no llegó a detectar signo alguno de intranquilidad, disgusto o decepción.
Debía haber interpretado mal las cosas, y Gyles no debía ser el caballero que había visitado a Franni, después de todo.
Charles, que estaba a su derecha, preguntó por un plato; Francesca contestó. Charlaba con su tío y con Ester, a su izquierda. Franni estaba sentada más allá de Charles, a la izquierda de Gyles: una disposición dictada más por el protocolo que por deseo de Francesca. Pero su preocupación por la posible sensibilidad de su prima parecía ser infundada. Si así era, daba gracias por ello y, sin embargo…
Se volvió hacia Ester.
– ¿Franni sigue levantándose muy temprano?
Ester asintió.
– Puede que quieras advertir al servicio.
Francesca tomó mentalmente nota de que debía comentarle el hecho a Wallace.
– Querida mía, tienes que pasarme esta receta para que pueda llevársela a nuestra cocinera.
– Por supuesto. -Francesca se preguntó si Ferdinando sabría escribir en inglés.
– Buenos días, Franni.
Franni, en un extremo de la terraza, se giró bruscamente, con la boca abierta; luego, mientras Francesca se unía a ella, se relajó y sonrió.
– Hace una mañana preciosa ¿no? -dijo Francesca.
– Sí. -Franni se volvió de nuevo hacia las vistas-. Aunque la casa es tan grande que resulta silenciosa. Pensaba que habría más ruido.
– Ahora mismo sólo vivimos aquí el servicio, Gyles y yo. La última vez, estaban todos los invitados a la boda. -Francesca se apoyó en la balaustrada; no le sorprendió que Franni no dijera nada más. Dejó que el silencio se prolongara, consciente de que eso la ayudaría, puesto que pretendía conducir los pensamientos de Franni por otros derroteros.