Выбрать главу

– Bueno… -No sabía en qué medida Franni comprendía, pero su expresión obstinada confirmaba que no iba a dejar que sorteara ese punto-. Es necesario que duerma conmigo si quiere que conciba a sus hijos.

Franni pestañeó; la intensa expresión se disipó de su rostro, dejándolo más en blanco de lo habitual.

– Oh.

Francesca se puso en pie; con una sonrisa de disculpa, le indicó el camino de la puerta.

– Ahora me voy a dar un baño, Franni, así que debes irte.

Franni volvió a pestañear, luego miró la puerta y se incorporó para levantarse de la cama.

– Ven -dijo Francesca-. Te acompañaré de vuelta al ala principal.

Francesca había organizado una pequeña cena festiva para aquella noche, aprovechando la oportunidad de empezar a invitar a los vecinos y entretener de paso a Charles y Ester. Se reunieron en la sala de estar a esperar a los invitados. Lord y lady Gilmartin y su descendencia llegaron los primeros, y sir Henry y lady Middlesham poco después, Francesca hizo las presentaciones, y luego dejó a Charles y Ester con los Middlesham mientras ella iba junto a lady Gilmartin a sentarse y escuchar una relación de las habilidades de Clarissa. Gyles charlaba con lord Gilmartin. Franni, entretanto, había desarrollado un interés instantáneo por Clarissa y le hablaba, más que dialogar con ella, sin parar; Clarissa parecía ligeramente aturdida. Lancelot se puso aparte, de pie junto a una ventana, en una pose dramática que fracasó estrepitosamente a la hora de atraer la atención, dado que todo el mundo estaba entretenido con algún otro.

Lady Elizabeth y Henni, acompañadas por Horace, que venía de un humor comunicativo, llegaron antes de que Francesca languideciera definitivamente bajo la acometida de lady Gilmartin; con la ronda de presentaciones, cambió la composición de los grupos.

Sir Henry y Horace, viejos amigos, atrajeron a lord Gilmartin a su grupo. Gyles los dejó enzarzados en una discusión sobre los escondrijos de las piezas de caza en la espesura. Echó un vistazo general a la habitación. Su madre había entablado conversación con Charles y Ester, mientras que Henni había relevado a Francesca junto a lady Gilmartin. Francesca charlaba con lady Middlesham; mientras las observaba, Clarissa se unió a ellas. Lancelot seguía rumiando junto a la ventana. Con lo cual quedaba…

Un instinto de autoprotección despertó en él.

– Buenas noches, primo Gyles. ¿Os gusta mi traje?

Franni había dado la vuelta a la habitación para llegar junto a él. Gyles se giró y examinó brevemente su vestido de muselina azul.

– Muy bonito.

– Sí que lo es. Claro que, más adelante, tendré trajes como los de Francesca, todos de seda y satén: trajes dignos de vuestra condesa.

– Desde luego. -¿Cómo era que un minuto en compañía de Franni bastaba para hacerle anhelar verse libre de ella y salir corriendo?

– Me gusta esta casa; es grande, pero acogedora, y vuestro personal parece bien adiestrado.

Gyles asintió con actitud distante. No resultaba ni empalagosa ni maliciosa; no adoptaba ninguna de las actitudes habituales que él deploraba. Su aversión era primitiva, instintiva; difícil de explicar.

– No obstante, sí que hay un hombrecito que no me gusta. Va vestido de negro, no de librea; no me permitió acceder a vuestras habitaciones.

– Wallace. -Gyles miró a Franni fijamente-. En mis habitaciones no entra nadie, salvo quienes tienen derecho a estar ahí.

Hablaba muy despacio, vocalizando: igual que hacían Francesca y Charles cuando le hablaban a esta extraña joven.

Su expresión se tornó levantisca.

– ¿Se le permite entrar a Francesca?

– Si es su deseo, naturalmente. Pero no creo que haya entrado.

– Bueno, su habitación es preciosa, toda en seda y satén esmeralda. -Franni le lanzó una mirada indescifrable-. Pero vos ya lo sabréis, porque dormís en su cama.

Ésta era, sin ninguna duda, la conversación más extraña que jamás hubiera sostenido con una joven dama.

– Sí. -Mantuvo un tono calmado y bajo-. Francesca es mi esposa, así que duermo en su cama. -Alzando la vista en busca de ayuda, vio a Irving que entraba en la habitación-. Ah… Creo que la cena está servida.

Ella lo miró, sonriente.

– ¡Oh, estupendo! -Se volvió hacia él, claramente esperando que le ofreciera el brazo.

– Si tiene la bondad de excusarme, debo conducir a mi tía a la mesa. Lancelot la acompañará a usted. -Gyles hizo una seña al joven para que se acercara. Éste acudió con bastante presteza, claramente dispuesto, tras sus momentos de aislamiento, a mostrarse pasablemente agradable.

El rostro en blanco de Franni -tan absolutamente desprovisto de expresión- seguía en la mente de Gyles mientras, con Henni del brazo, encabezaba la procesión hacia el comedor. Para sus adentros, colmó de alabanzas la morena cabeza de su mujer. Con tantos invitados añadidos, a Franni le tocaría sentarse hacia el centro de la mesa, bien lejos de él.

Mientras llevaba de la mano a Henni hasta la silla junto a la suya, musitó:

– La hija de Charles, Frances… ¿qué le parece?

– No he tenido apenas oportunidad de formarme una opinión. -Henni miró a lo largo de la mesa hasta dar con Franni.

– Cuando la tenga, hágamela saber.

Henni le enarcó una ceja.

Gyles sacudió la cabeza y se volvió para saludar a lady Middlesham, que se había sentado a su otro lado.

El ritual del oporto, que él prolongó deliberadamente -una hazaña no muy meritoria dadas las dotes para la conversación de Horace, sir Henry e incluso lord Gilmartin en tan cordiales circunstancias- libró a Gyles de tener que vérselas con la prima de Francesca en la sala de estar. A pesar de ello, no se le pasó por alto la ansiosa expresión de los ojos de la joven cuando él condujo a los caballeros de vuelta allí, justo por delante del carrito del té. Ni tampoco el hecho de que su mirada adoptara un aire de confusión, y luego de frustración, cuando los dispares grupos se reunieron a charlar en torno a las tazas de té.

Al levantarse sus huéspedes para marcharse, él no se separó de Francesca, refugiándose en los dictados del protocolo. Cuando pasaron al recibidor, Ester se detuvo junto a Francesca y le susurró algo al oído. Francesca asintió y sonrió. Mientras Irving y los lacayos traían los abrigos y las bufandas, por encima de la confusión, Gyles vio a Ester llevarse a Franni escaleras arriba.

Se dio cuenta de que relajaba la guardia, sonriendo mientras estrechaba manos e intercambiaba despedidas, y finalmente plantando cara al fresco del exterior junto a Francesca, para decir adiós con las manos a los carruajes que partían.

Charles les esperaba al volver al recibidor. Cogió a Francesca de las manos.

– Ha sido una noche sumamente entretenida. Gracias. -La besó en la mejilla-. Hacía tanto tiempo que no acudíamos a recepciones…

– Vaya. -Dio un paso atrás, se giraron y emprendieron la ascensión de las escaleras-. Casi se me había olvidado cómo era. Lo agradable que puede resultar una noche así.

La sonrisa de Francesca era radiante.

– No hay razón para que no organicen recepciones a esta escala en la mansión Rawlings también. Franni parece que ha disfrutado.

Charles asintió.

– Desde luego. Hablaré con Ester del asunto. -Se detuvo en la parte superior de las escaleras-. ¿Quién sabe? Puede que resulte una buena idea, después de todo.

Con una inclinación de cabeza y un «buenas noches», les dejó.

Gyles, con la mano en la espalda de Francesca, la condujo a su ala privada, escuchando su voz, feliz.

A la mañana siguiente Francesca se escurrió del calor de los brazos de Gyles tan temprano como pudo, pero no lo bastante como para pillar a Franni antes de que saliera de la casa.