Le había pillado desprevenido el ánimo posesivo que se había apoderado de él, poderoso, contundente y perturbador. Igual de desprevenido que la calma con que ella había actuado, la sangre fría con que había tratado al italiano, y la lealtad, sólida como una roca, inquebrantable, que había percibido bajo sus palabras.
¿Era eso lo que el amor significaba? ¿Lo que contar con su amor significaría? ¿No tener nunca que preocuparse, que hacerse preguntas, que dudar de hacía dónde se inclinaba su lealtad?
Trató de despejarse la cabeza, pero sin conseguirlo. Contestó distraídamente a una pregunta de Henni, incapaz de apartar sus pensamientos de aquel trofeo.
Ella había hablado en términos de «nosotros». Lo había hecho instintivamente, sin segunda intención: así era como ella pensaba de verdad, como les veía a ellos, y sus vidas.
El bárbaro que llevaba dentro quería eso, quería hacerse con el trofeo y regodearse en él, en tanto que el caballero se había persuadido de que nunca desearía semejante cosa en absoluto.
– Gyles, deja de pensar en las musarañas.
Se centró, y rápidamente se puso en pie al ver que Henni, Ester y las demás damas se levantaban.
Henni sonrió. Le dio unas palmaditas en el brazo al ir a salir.
– No te entretengas tanto con el oporto esta vez. Tengo una respuesta para tu pregunta.
La única pregunta que Gyles podía recordar era su deseo de conocer la opinión de Henni sobre Franni. Eso no era incentivo suficiente para hacerle abreviar el tiempo que estuvo en la acogedora compañía de Charles y Horace para precipitarse a la sala de estar, donde se vería expuesto una vez más a la perturbadora presencia de Franni.
Nadie más parecía encontrarla inquietante; un poco rara sí, pero no inquietante.
Al cabo de cuarenta minutos, vació su copa y se inclinó ante lo inevitable.
Desde la entrada de la sala de estar, recorrió con la mirada la reunión de las damas y localizó a Francesca hablando con Henni junto a la chimenea. Charles y Horace fueron tranquilamente a reunirse con lady Elizabeth y Ester, que estaban sentadas en la chaise longue.
Franni estaba en un sillón al lado de Ester; Gyles percibió su pálida mirada azul al acercarse junto a Francesca, pero no dio señal de haber reparado en ella.
– ¡Bueno, aquí estás! -Henni se volvió hacia Francesca-. Vas a tener que meterle en cintura, querida: se han entretenido demasiado con el oporto para tratarse de una simple reunión familiar. -Henni sacudió la cabeza en una clara señal de desaprobación-. No podemos permitir que desarrolle malos hábitos. -Le dio a Francesca unas palmaditas en la mano y fue a reunirse con las que estaban en la chaise longue.
Gyles la observó marchar y luego miró a los ojos color esmeralda de Francesca.
– ¿Tenéis intención de meterme en cintura, señora? Ella le sostuvo la mirada, y al cabo sus labios se curvaron en una sonrisa. Con una caída de párpados, se inclinó hacia él, y bajó la voz hasta aquel tono ahumado y sensual que a él le prendía directamente el fuego en el cuerpo.
– Os meto en cintura todas las noches, milord. -Le miró a los ojos y luego arqueó una ceja-. Pero tal vez debierais recordármelo esta noche. No quisiera que desarrollarais malos hábitos.
Los dedos de él se habían encontrado con los de ella; le acarició la palma de la mano. Se la llevó a su boca.
– Os lo recordaré, podéis estar tranquila. Hay un hábito o dos que tal vez queráis probar.
Ella alzó las cejas en ladina consideración, y luego se giró al unírseles Horace. Gyles se enteró de que había sido Horace quien había informado a Francesca de dónde se habían escondido las urnas y jardineras del patio de entrada. Viéndola camelarse a su tío, tuvo que rendirse ante la evidencia de su habilidad: Horace no era en absoluto sensible a los halagos y, sin embargo, se mostraba más que dispuesto a hacerle el juego a Francesca.
El gesto de echar un vistazo en torno a la habitación, dando un repaso a sus huéspedes, fue puramente reflejo. Todos estaban charlando; todos menos Franni. La mirada de Gyles se detuvo en ella: había supuesto que la encontraría aburrida, tal vez de morros. En cambio…
Tenía una expresión de suficiencia, no había otra forma de describirla. Sólo le faltaba abrazarse a sí misma en un rapto de autocomplacencia. Tenía la vista puesta en Francesca y él, pero no les estaba viendo, en realidad: no había reparado en que él la estaba mirando. Sus labios dibujaban una sonrisa peculiar, distante. Su expresión entera hablaba de pensamientos recónditos y figuraciones placenteras.
Gyles se acercó más a Francesca. La expresión de suficiencia de Franni se acrecentó. Estaba observándoles, no cabía ninguna duda al respecto.
Frances Rawlings era una mujer sumamente extraña. Horace se volvió hacia Gyles.
– ¿Cómo va el puente?
Francesca empezó a escuchar la respuesta de Gyles, luego le apretó los dedos, se soltó de su mano y se acercó tranquilamente a Franni.
– ¿Estás bien? -Con un frufrú de faldas de seda, se sentó en el brazo del sillón de Franni.
– ¡Sí! -Franni se reclinó, sonriendo-. Ha sido una visita encantadora. Estoy segura de que ahora vendremos más a menudo.
Francesca correspondió a una sonrisa. Llevó la conversación al tema de la mansión Rawlings, evitando toda mención a Bath.
Charles y Ester se les unieron; Francesca se puso en pie para que pudieran hablar más fácilmente. Entonces Ester se sentó en el brazo del sillón para hablar mejor con Franni. Charles puso la mano sobre el brazo de Francesca. Ella se volvió a mirarlo.
– Querida mía, ésta ha sido una estancia tan agradable… He de decir que me ha hecho sentir que tenía toda la razón al apremiarte a aceptar la oferta de Chillingworth. Verte tan bien adaptada me ha tranquilizado del todo.
Francesca sonrió.
– Estoy feliz y muy contenta de que hayan venido y llegado a conocer a lady Elizabeth, Henni y Horace: somos parientes, después de todo.
– Desde luego. Es una pena que estemos tan poco en contacto.
Francesca no dijo nada de sus planes, sus propósitos familiares. Ya habría tiempo cuando los pusiera en marcha. Pero estaba sinceramente contenta y aliviada por lo bien que había transcurrido la visita en general. Era, en cierto modo, una primera pluma en su sombrero social.
Ester se levantó, y la conversación derivó hacia su viaje del día siguiente. Franni hizo un comentario quejumbroso sobre el desvío a Bath; Charles se sentó en un extremo de la chaise longue para tranquilizarla al respecto.
Ester le arqueó una ceja a Francesca, y luego murmuró:
– Ojalá no se niegue a tomar las aguas cuando estemos allí.
– ¿De verdad la ayudan?
Ester miró a Franni, y luego dijo en voz baja:
– Franni se parece mucho a su madre… Elise murió, como sabes. No podemos estar seguros, no obstante, pero Charles vive con esa esperanza.
Antes de que Francesca pudiera introducir su siguiente pregunta, Ester dijo:
– Todavía no le he hablado a Charles del caballero de Franni. Lo haré cuando lleguemos a casa. No hay por qué preocuparse antes del tema. Pero sí que hablé con Franni, y me dijo que el caballero existía, pero que definitivamente no se trataba de Chillingworth. -Ester miró a Francesca a los ojos-. Eso debió de desazonarte tanto…, me alegra que al menos hayamos aclarado eso.
Francesca asintió.
– Ya me escribirá usted para contarme…
– Por supuesto. -Ester volvió a mirar a Franni, a Charles inclinado cerca de ella, hablándole despacio y claramente-. Ha mejorado, ¿sabes? -Al cabo de un instante añadió suavemente-: Quién sabe… Tal vez pasarán las nubes.