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El tono de voz de Ester, mezcla de vulnerabilidad y tristeza, hizo que Francesca se tragara sus preguntas.

Al otro extremo de la chaise longue, Gyles hizo un aparte con Henni.

– Vamos al grano. ¿Qué respuesta tiene para mí?

Henni miró hacia donde Franni estaba desplomada en su sillón, con Charles inclinado sobre ella.

– Es rara.

– Lo sé -replicó Gyles con toda intención.

– Estaría tentada de decir que es algo boba, o, por usar una expresión vulgar, aunque muy apropiada, que está un poco tocada de la chaveta, y, sin embargo, tampoco es eso. Es perfectamente lúcida, aunque un poco simple, pero, después de estar un rato hablando con ella, la miras a los ojos y te preguntas si realmente está allí, y con quién has estado hablando.

– Ah, del todo: no es peligrosa, lo mires por donde lo mires. Es más un caso de ausencias. -Henni miró a Francesca-. No hay nada parecido por la parte de los Rawlings: Frances debió heredarlo de su madre, aunque Ester es cabal a más no poder. -Henni miró a Gyles-. En nuestra rama de la familia siempre hemos tenido la cabeza muy dura, y por todo lo que he podido oír de la madre de Francesca, era una mujer de carácter fuerte; tanto como para acogotar al viejo Francis Rawlings. Dudo mucho que algún rasgo de Frances vaya a pasar a esta rama de la familia por Francesca.

Gyles pestañeó. Miró a Francesca, que ahora intercambiaba cotilleos con su madre.

– Eso ni se me había pasado por la cabeza. -Al cabo de un momento, sin haberle quitado los ojos de encima a Francesca, murmuró-: No hay ni un componente de su comportamiento que quisiera cambiar.

Por el rabillo del ojo, vio sonreír a Henni. Luego, ella le dio unas palmaditas en el brazo y dijo rezongando:

– Horace no para de decir que eres un tipo afortunado: por lo que a mí respecta, estoy de acuerdo con él.

Gyles la miró.

– Gracias por su opinión.

Henni lo miró con ojos muy abiertos.

– ¿Cuál de ellas?

Gyles sonrió. Echó a andar, tirando de Henni, y volvieron a las conversaciones generales. Él fue a situarse junto a Charles, para compartir algunas palabras cordiales, ignorando la mirada desorbitada de Franni.

Se irían al día siguiente por la mañana; por Francesca, soportaría las rarezas de Franni una hora más, la última.

Capítulo 14

A la mañana siguiente despidieron a los huéspedes. Cuando el carruaje de Charles hubo tomado la curva del paseo, Francesca suspiró. Gyles la miró, complacido porque el suspiro fue de satisfacción.

– Estaba pensando en ir a caballo a echar un vistazo al puente. -Esperó a que ella levantara la vista y sus ojos se encontraran para preguntar:

– ¿Os gustaría venir?

Esperaba ver brillar sus ojos ante la perspectiva; no quedó decepcionado. Pero luego ella compuso un mohín de contrariedad; la luz se apagó.

– No… Hoy no. He hecho tan poca cosa estos tres últimos días que tengo trabajo que recuperar. Falta sólo una semana para la fiesta de la cosecha, y tengo empeño en que todo salga perfecto.

Él vaciló antes de decir:

– No es necesario que vaya a ver el puente hoy. ¿Puedo ayudaros en algo?

La decepción en los ojos de Francesca se disipó. Sonriendo, le cogió del brazo para volver a entrar en la casa; iba mirando al suelo.

– Si pudierais refrescar vuestra memoria y decirme todo lo que consigáis recordar del día de la fiesta de la cosecha, me sería de gran ayuda: qué se hacía, cuándo, etcétera. Cook sabe algunas cosas, la señora Cantle sabe otras, y vuestra madre y vuestra tía aún recuerdan otras partes, pero no encuentro a nadie que tenga recuerdos de infancia del día. -Le miró-. Pero vos deberíais. Hay muchos niños en la hacienda, y quiero que el día esté repleto también de cosas para ellos.

– Si no es así, tendremos que andar pescándolos del estanque y la fuente. Eso era lo que pasaba siempre que la chiquillería se aburría.

– Andar mojado en esta época del año no es nada prudente, así que debemos asegurarnos de que los más pequeños no se aburran.

– A mí mojarme nunca me hizo daño. -Gyles la condujo hacia su despacho.

– Eso -afirmó ella al traspasar el umbral- no es lo que dijo vuestra madre.

Pasaron el resto del día organizando su fiesta de la cosecha: la primera en veintiocho años. Gyles le contó sus recuerdos, y luego añadieron los acontecimientos mencionados por lady Elizabeth, Henni y Horace.

Después de comer, convocaron a Wallace, Irving, la señora Cantle y Cook. A última hora de la tarde ya tenían un plan de batalla.

Gyles se sentó en un sillón a observar a «la generala» Francesca sentada tras su escritorio mientras trazaba las líneas maestras de su campaña. Sus tropas estaban desplegadas por la habitación en sillas, asintiendo y, ocasionalmente, intercalando una sugerencia o una corrección. Un entusiasmo palpable flotaba por el cuarto.

– Sé dónde podemos encontrar barriles del tamaño adecuado para el juego de las manzanas -se ofreció Irving. Wallace asintió.

– Y tendremos que hablar con Harris para que se ocupe de la cerveza.

– Sí, desde luego. -Francesca garabateó una nota-. A ver, Cook: ¿aconsejaría que le encargáramos los pastelitos a la señora Duckett? -Sí: mi pan es tan bueno como el suyo, pero nadie en los alrededores tiene tan buena mano como ella para la repostería. Y estará emocionada de volverlo a hacer, además.

– Muy bien. -Francesca garabateó un poco más y luego levantó la vista-. Veamos, ¿hemos olvidado algo?

Todos sacudieron la cabeza. Contrayendo los labios, Gyles aventuró:

– Edwards.

Todos se quedaron parados e intercambiaron miradas; al cabo, Wallace se aclaró la garganta.

– Si quisierais que la señora Cantle y yo nos ocupemos de Edwards, señora, creo que podemos organizar todos los arreglos sin ocasionar molestias innecesarias.

Francesca bajó la vista para ocultar su sonrisa.

– Desde luego, puede que eso sea lo mejor. Muy bien. -Dejando la pluma, les dirigió una mirada general-. Pues ya está; si todos hacemos la parte que nos toca, estoy segura de que resultará un día maravilloso y más que memorable.

– Despertad, dormilona.

Francesca se arrebujó más bajo la sábana de seda y trató de liberarse de la mano que la agarraba por el hombro, sacudiéndola suavemente.

– Son más de las ocho y hace una mañana despejada -le susurró al oído una voz familiar-. Venid a montar conmigo.

Ella frunció el ceño.

– Ya lo hemos hecho, ¿no?

Él se rió, con el pecho contra su espalda, mientras la balanceaba.

– Quiero decir por las colinas, montando a Regina. Debe echar de menos vuestras carreras.

– Ah. -Desperezándose, Francesca se echó atrás el pelo. Gyles estaba repantigado en su cama, vestido ya pero sin fular ni chaqueta. Sentándose más erguida, atisbó más allá de él, por la ventana.

– ¿De verdad hace buen día?

– Todo lo bueno que se puede esperar en esta época del año. -Se levantó y se encaminó a su habitación, dirigiéndole una mirada retadora-. Vámonos.

Francesca salió de la cama haciendo acopio de voluntad. Para cuando apareció Millie con su agua y se hubo lavado y puesto el traje de montar, la perspectiva de despejarse con una galopada ya le avivaba la sangre. Millie había dejado los guantes y la fusta sobre la cama; los recogió con presteza y miró a su alrededor.

– ¿Y mi gorro?

Millie tenía la cabeza enterrada en el ropero.

– Sé que estaba aquí con la fusta y los guantes, pero no lo encuentro.

Francesca oyó ruido de zancadas en el pasillo, y a continuación llamaron a la puerta.