El zaino tenía otras ideas. Reculó y se revolvió. Lancelot casi se cayó de la silla. Levantó el brazo izquierdo y fue a pegar fuerte con la fusta en la grupa del negro.
El negro salió lanzado al galope.
Gyles se estiró para pillar las riendas y falló. Una mirada a Francesca dando botes extraños sobre el lomo del negro bastó. Perdía el equilibrio y estaba destinada a caerse.
Maldiciendo a discreción, dirigió a Lancelot una mirada flamígera.
– ¡Maldito imbécil! -Lanzó al rucio en persecución del negro, dejando a Lancelot luchando aún por dominar su montura.
Gyles no dedicó ni un pensamiento más a Lancelot, ni siquiera a su castigo, ni a nada que no fuera la pequeña figura que iba dando botes mientras luchaba por mantenerse encima de la silla. Montada a mujeriegas sobre un caballo de caza, no tenía margen para el error. Pegando tumbos como iba, tampoco esperanza alguna de dominar a una bestia tan fuerte. Los alrededores de las colinas eran un terreno desigual; los pasos tonantes del caballo la sacudirían de arriba abajo, retorciéndole los brazos, debilitando su sujeción de las riendas.
Hasta hacerla caer.
Gyles se negó a pensar en ello: a pensar en las rocas incrustadas aquí y allá entre la hierba. Se negó a pensar en su padre, tumbado, tan inmóvil, en el suelo.
Cerrando su mente, se entregó a la persecución. Y rezó por que ella tuviera sangre fría y fuerzas para aguantar sobre la silla.
Francesca apretaba los dientes, tratando en vano de evitar perder el aliento a cada paso que daba el negro. Tenía un plan para el caso de que alguno de los caballos de caza de Charles se desbocara con ella encima: aferrarse a él hasta que se agotara. Lo que podía haber funcionado en el bosque, donde los caminos eran llanos pero quebrados, obligando a los caballos a reducir la marcha cada tanto y cansándolos rápidamente. Aquí, en las colinas despejadas, el negro no hacía sino coger su ritmo: podía correr sin restricciones.
Las hondonadas y los repliegues significaban poco para el caballo; mucho más para ella, en cambio. Sentía como si le fueran a arrancar los brazos de cuajo, y el caballo seguía volando como una exhalación. Sólo su bota, firme en el estribo, y su pierna asegurada en torno a la perilla de la silla le permitían mantenerse sobre ella.
Pero no iba a resistir mucho más.
Ese pensamiento cristalizó en su cabeza. En el mismo instante, oyó el pesado golpeteo de unos cascos detrás de ella, aproximándose poco a poco.
Gyles.
Apretó los dedos con más firmeza en torno a las riendas, intentó equilibrar su propio peso y paliar las sacudidas que a cada paso la agitaban como si fuera una muñeca de trapo.
Ya era incapaz de tomar una inspiración completa: sus pulmones habían olvidado cómo se hacía. El pánico había hecho presa en su garganta. El calor le ascendía por la nuca.
Mirando al frente, vio una serie de repliegues como sombras sobre el verde del terreno. Arriba y abajo, arriba y abajo… Nunca lo lograría. No conseguiría atravesar aquello sin caerse de la silla.
El rucio seguía aproximándose. No podía arriesgarse a mirar atrás para ver a qué distancia se encontraba.
Tomando aire, echó el resto de las escasas fuerzas que le quedaban para tirar de las riendas. En vano. El negro llevaba la cabeza proyectada hacia delante, y ella no tenía fuerza para resistirle.
La cabeza del rucio asomó por un costado.
– Soltad el pie del estribo, ¡ya!
Escuchó la orden de Gyles; desechó la idea de que si soltaba el pie se caería seguro, e hizo lo que le decía.
En el mismo instante en que su pie se apartó de las tiras de cuero, sintió el brazo de él en su cintura, y también sintió que la aferraba. Soltó las riendas y se impulsó fuera de la silla, estirando los brazos hacia él.
Él la levantó en vilo, la giró en el aire, atrayéndola hacia sí.
Ella se agarró, se aferró, sollozando mientras se sujetaba firmemente, cogiéndose de uñas a su camisa. Se arrebujó en su regazo, apretándose contra él, con la mejilla sobre su pecho, con las botas y la falda colgando sobre su duro muslo.
A salvo.
Gyles fue frenando a su rucio gradualmente: sin espectaculares paradas abruptas que pudieran desestabilizar a Francesca. Todo lo que quería era sostenerla y dejar que la realidad se posara sin peligro sobre sus huesos. Dejar que su pánico y su miedo remitieran y volvieran a hundirse bajo la línea de sus defensas.
Otra vez. Sólo que esta vez había sido mucho peor.
Ella respiraba aún entrecortadamente cuando detuvo al rucio; estaba temblando del susto, igual que él. La envolvió en sus brazos, puso la mejilla contra su pelo y la abrazó; luego apretó los brazos brevemente en torno a ella antes de relajar su abrazo y tratar de mirarla a la cara…
– ¡Oigan! -Lancelot paró derrapando su caballo junto a ellos-. ¿Va todo bien?
Gyles levantó la cabeza.
– ¡Zoquete inconsciente! Si tuviera dos dedos de frente…
Francesca se limitó a escuchar. El tono de Gyles estaba lleno de desdén, sus palabras eran como latigazos. Ella las suscribía todas y cada una. Daba gracias de que él estuviera allí para pronunciarlas, porque a ella le faltaban las fuerzas y el aliento para hacer justicia a la ocasión. So concentró en respirar, en escuchar cómo su corazón, y el de él, se apaciguaban. Se concentró en la idea de que los dos estaban enteros todavía. Todavía juntos.
Cuando los temblores que la sacudían se fueron mitigando, giró la cabeza, registrando la deriva de la filípica de Gyles, aprobando su cambio de registro: hablaba ahora del sentido común y la responsabilidad que Lancelot debiera haber mostrado, de que en vez de eso había sido escandalosamente irresponsable, de que con su comportamiento pueril y estúpido la había puesto a ella en un peligro considerable.
Miró a Lancelot…, y comprendió que los comentarios de Gyles, pese a lo demoledores que eran, estaban resbalando sobre la autosuficiencia de Lancelot.
Lancelot esperó a que Gyles acabara de hablar, y entonces hizo un gesto displicente.
– Sí, muy bien, pero no ha sido mi intención que esto pasara. Lady Chillingworth sabe que no. Y tampoco es que haya acabado herida.
Francesca alzó la cabeza.
– Estoy ilesa porque lord Chillingworth estaba conmigo. ¡De no ser así, y merced a su estupidez, podría muy bien estar muerta!
Lancelot palideció. Francesca prosiguió:
– Es usted un niño, Lancelot; juega a ser adulto, pero no es más que una máscara, una pose. -Señaló a la elevación de donde venían-. Estando allí, escuchó usted sólo lo que quiso escuchar y se portó como el mocoso malcriado que es. Ahora, otra vez, vuelve a hacer lo mismo, considerando nuestras palabras indignas de su atención. Se equivoca. Nuestra conducta importa. Quiénes somos de verdad, bajo la máscara, importa. Nunca triunfará en la vida, y menos aún en la alta sociedad, mientras no preste atención a lo que son las cosas, en vez de representar una charada afectada. -Le despachó con un gesto de la mano-. ¡Ahora váyase! No deseo volver a ponerle los ojos encima, al menos hasta que haya ganado en madurez.
Con una máscara nueva en el rostro, ésta más frágil que su consabida imitación de Lord Byron, Lancelot recogió sus riendas.
– Una palabra de advertencia. -El tono de Gyles era una advertencia en sí mismo-. No intente siquiera pasar de visita por el castillo hasta que yo, o mi mujer, se lo autoricemos.
Lancelot miró a Gyles. Y palideció. Hizo una inclinación de cabeza, dio media vuelta con su caballo con aire circunspecto, y partió a medio galope.
Francesca soltó una exhalación y reclinó de nuevo la cabeza en el pecho de Gyles.
– Es un cabeza hueca, éste.
– Eso me temo. -Durante un largo rato, se quedaron sentados, dejando pasar el tiempo. Luego Gyles dijo-: A propósito, no volveréis a montar uno de mis caballos de caza.
Francesca se recostó para mirarlo a la cara.