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Edwards caviló.

– Unas pocas… -Asintió-. Sí, tres horas bastarían, con toda esa gente. Tenemos escaleras y demás en abundancia.

Francesca casi suspiró de alivio.

– Mañana por la tarde. Acabaremos con los preparativos de la fiesta, luego comeremos tarde… y después nos reuniremos todos en el huerto para recolectar la fruta.

– Una idea excelente. -Henni asintió con aprobación.

– Hablaré con mis muchachos y divulgaré la noticia. -Edwards hizo una inclinación de cabeza y se fue dando zancadas.

– Tendré que venir yo también -dijo Horace mientras caminaban hacia la puerta, ahora despejada-. Suena a que vaya a ser todo un acontecimiento en sí mismo.

– Sí, venga -dijo Francesca-. Podemos hacer un picnic con té y brioches para celebrarlo cuando terminemos.

– ¡Qué idea tan encantadora! -declaró lady Elizabeth.

Gyles reparó en la mirada de los ojos de Francesca: era la mirada que ponía cuando estaba tramando algo.

Ella les dirigió a todos una sonrisa.

– Si me excusan, debo hablar con Wallace inmediatamente.

– ¡Por supuesto! Te veremos mañana por la tarde. -Le dijeron adiós con la mano mientras ella desaparecía en el interior de la casa; luego Henni tomó a Horace del brazo y salieron al sendero.

Gyles ofreció un brazo a su madre. La ayudó a llegar al enlosado, consciente de que tenía la vista fija en su cara. No hizo intención de alcanzar a Henni y Horace, que iban paseando despacio hacia el parque. Resignado, la miró a los ojos y le arqueó una ceja.

Ella sonrió.

– Has tenido una suerte increíble, no sé sí lo sabes.

Él le sostuvo la mirada.

– Sí que lo sé.

La sonrisa de ella se ensanchó. Le dio unas palmaditas en el brazo, y a continuación se fue tras Henni y Horace.

Sabía muy bien la suerte que había tenido.

Al día siguiente por la tarde, Gyles caminaba bajo los ciruelos, rodeado de hasta el último miembro de su personal, además de los de la casa de la viuda, y se embebía de su charla. Habían llegado su madre, Horace y Henni; Francesca los había obsequiado con cestas y dirigido a un sector con ramas bajas. Henni tenía manchas de ciruela en su viejo vestido de algodón bordado; tanto ella como su madre se reían mientras recolectaban.

Había escaleras apoyadas sobre seis árboles; en cada escalera estaban subidos dos recolectores, y cuatro personas esperaban debajo para colocar la fruta en grandes cestas de mimbre. El huerto bullía de actividad, potenciada por un aire de celebración.

Los preparativos del festival estaban ultimados. Todo estaba listo; el personal se había entregado a los planes revisados de Francesca con determinación obsesiva: aquel ejercicio era su recompensa.

Un tiempo para disfrutar después del duro trabajo. Francesca había convertido en una diversión lo que solía entenderse como una tarea pesada. Mientras la buscaba, Gyles se sentía seguro de estar presenciando el nacimiento de una tradición.

– Vamos un momento a llevar esta cesta al carromato, señora.

– Tened cuidado.

Gyles alzó la vista. Su exquisita esposa, vestida con un sencillo traje de día color verde manzana, estaba encaramada en lo alto de una escalera. Estiró el brazo para coger dos ciruelas, las arrancó con destreza y luego las guardó en su regazo mientras esperaba a que volvieran sus ayudantes.

Gyles entró en su campo de visión.

Ella le dedicó una sonrisa gloriosa.

– Me preguntaba dónde estaríais.

– Os he estado buscando. -Alzó un brazo, y ella le tendió las ciruelas.

A continuación, abrió los brazos en cruz.

– Aquí estoy.

Sus miradas se encontraron.

– Ya lo veo.

Agarrada con una mano a un peldaño, extendió la otra para coger de nuevo otra ciruela; luego se la llevó a la boca y le dio un mordisco. El rojo zumo manchó sus labios carnosos mientras la masticaba y tragaba.

– Están suculentas. -Dio otro bocado y luego le alcanzó la fruta a él-. Probadla.

Gyles vaciló antes de estirar el brazo y coger la ciruela; le dio la vuelta y la mordió, tomó un bocado. Su mirada no se apartaba de ella. La fruta estaba tan suculenta como ella había dicho. La saboreó mientras observaba cómo Francesca sacaba la lengua y se relamía.

– ¿Milord?

Gyles bajó la vista. Los asistentes de Francesca habían regresado con una cesta nueva.

– Dejadla ahí. -Señaló con un gesto de la cabeza al suelo, junto a él-. Yo recogeré para su señoría. Hay otros que necesitan ayuda.

Los chicos sonrieron y salieron zumbando, ansiosos por ver dónde andaban sus amigos.

Gyles se acabó la ciruela y alzó la vista hacia su esposa.

– ¿Os parece bien?

Ella se rió y se estiró para coger más ciruelas. Había en marcha un concurso para ver qué grupo recogía el primero todas las ciruelas de un árbol. Edwards era el árbitro. Cuando los vítores anunciaron que un grupo creía haber acabado, llegó hasta allí a pesadas zancadas, examinó el árbol para ver si se habían dejado algún fruto y luego los declaró ganadores del concurso.

El grupo vencedor vitoreó y bailó. Los demás les jalearon y volvieron rápidamente a acabar con sus árboles, para luego correr las escaleras a la siguiente fila.

Había veinticuatro ciruelos en el huerto, viejos y nudosos ejemplares todos ellos, mantenidos en excelente estado por los atentos cuidados de Edwards. El carromato hizo un par de viajes a las cocinas, chirriando bajo el peso de las cestas, antes de que llegaran a los últimos árboles.

El sol asomó por detrás de las nubes grises, y sus rayos se filtraban entre las ramas mientras, un grupo tras otro, remataban su último árbol. Se recogieron las escaleras. Cook y la señora Cantle reunieron a las criadas de cocina y corrieron a la casa. Pensando ya en la merienda que se avecinaba, los que ya habían terminado se congregaron para ayudar a los que estaban aún recolectando.

Diez minutos más tarde, justo cuando se había recogido la última ciruela, Cook y la señora Cantle reaparecieron a la cabeza de una procesión de criadas, cargada cada una con una bandeja repleta de brioches, mantequilla recién batida y los últimos restos de la mermelada de ciruela del año anterior. Las seguían dos lacayos portando dos enormes recipientes de té.

Se elevaron vivas, que se hicieron aún más fuertes al entrar la comitiva, precedida por Cook, en el huerto. Francesca bajó de su escalera, Gyles la tomó de la mano, y fueron al encuentro de Cook.

Ella hizo una reverencia y les sirvió. Los dos tomaron un brioche, lo untaron de mantequilla y lo cubrieron generosamente de mermelada. Entonces Francesca se volvió hacia la multitud expectante. Sonriendo, alzó su brioche ante ellos.

– Gracias a todos: por el día de hoy y el de mañana.

– Y gracias de mi parte también. -Gyles elevó su brioche bien alto-. ¡Por Lambourn!

Los vítores que se alzaron hicieron que los pájaros salieran volando de las ramas. Con un gesto de la mano, Gyles invitó a todos a acercarse a las bandejas. Intercambiando una mirada, Francesca y él se retiraron a donde la señora Cantle estaba sirviendo a su madre, Henni y Horace.

Los tres estaban profusamente manchados de zumo de ciruela. Lucían sonrisas radiantes.

– Querida, éste ha sido un acontecimiento maravilloso.

– Tendremos que repetirlo el año que viene.

– Todos los años.

Gyles se inspeccionó; aparte de unas pocas salpicaduras, había salido bien librado. El vestido de Francesca estaba totalmente embadurnado por las caderas y el pecho, donde se había limpiado descuidadamente los dedos sucios.

Dos mozos de cuadra sacaron unas flautas. Mientras iban dando cuenta de los brioches, un aire de fiesta fue dominando el ambiente. Gyles y Francesca, codo con codo, se pasearon entre su gente, dando las gracias y recibiéndolas.

– No hace falta que se den prisa en volver a la casa -le dijo Gyles a Wallace, ignorando el rojo zumo que escurría por el rostro de su atildado asistente-. Ya está todo hecho. Merecen disfrutar un rato.