– La noche pondrá fin naturalmente a la cosa. -Francesca se recostó en el brazo de Gyles y sonrió a Wallace.
Él le devolvió la sonrisa.
– Sin duda, señora. Hemos coronado nuestra labor y podemos, por así decirlo, dormirnos en nuestros laureles.
– Disfrutemos de nuestros laureles -murmuró Gyles siguiendo camino-. Mañana es para la hacienda, pero las ciruelas son la cosecha del castillo. Ésta es la celebración del castillo. -Deslizó y apretó el brazo en torno a la cintura de Francesca; se lanzó con ella dando vueltas a la danza campestre que en aquellos momentos daba comienzo, haciendo las delicias del personal.
Francesca rió y bailó, siguiendo su guía, sus instrucciones. La gente aplaudía y les jaleaba para que no pararan; dieron vueltas hasta que ella estuvo mareada y sin aliento, embriagada de felicidad.
– ¡Oh! -Se derrumbó sobre Gyles, cuando él finalmente la sacó de entre la muchedumbre.
– Mamá se marcha.
Despidieron a lady Elizabeth, Henni y Horace y les vieron irse paseando por el parque. La luz del sol iba escaseando, se disipaban los últimos rayos por el oeste, y a pesar de todo la fiesta del huerto estaba aún en pleno bullicio.
Gyles inclinó la cabeza y murmuró al oído de Francesca:
– Creo que deberíamos dejarles a su aire. Si nos quedamos, les recordaremos sus deberes.
Francesca se recostó contra él, plegando las manos en torno a las suyas, sobre su cintura.
– Si ven que nos marchamos, se sentirán obligados a recogerse también.
– En ese caso, lo que nos toca es desaparecer sin que nos vean, e irnos a otro sitio que no sea a casa.
El seductor murmullo le hizo cosquillas en la oreja. Sonrió.
– ¿Dónde sugerís?
Se escurrieron entre los árboles, y sólo Wallace les vio marchar. Gyles le indicó por señas que hiciera como si nada. Francesca no se sorprendió cuando, llevándola de la mano, Gyles tomó el camino que bajaba zigzagueando por el risco. Hacia el saliente en que se levantaba el capricho.
Ella sentía el corazón ligero; se reía y se dejaba arrastrar por él. Su mundo era del mismo color rosa que el cielo de poniente. Había hecho bien en refrenar su temperamento, en poner sordina a su impaciencia, en callar todas sus exigencias; en resistir el impulso de presionarlo y dejar que él llegara a amarla a su manera, a su propio tiempo.
Había practicado la disciplina más de lo que lo había hecho nunca antes en su vida, y estaba ahora obteniendo su recompensa. En disposición de recolectar la única cosecha que había anhelado jamás. Él era tan fuerte, tenía tanto control y tanta resistencia… y, sin embargo, estaba casi persuadido. Pronto lo estaría del todo, y su sueño se haría realidad.
No quedaba una sola nube oscura en su horizonte. Llegaron al saliente cuando el sol ya se ocultaba y la franja de cielo entre las nubes y el horizonte ardía con el color de las guindas. Se detuvieron a mirar; ella separó los dedos de los de Gyles, deslizó el brazo en torno a su cintura y se apoyó en él. Él volvió la mirada de la puesta de sol a su rostro, y luego más abajo. Inclinó la cabeza; sus labios rozaron la espiral de su oreja.
Ella se giró. Sus miradas se cruzaron, y luego ella bajó los párpados y estiró el cuello mientras los labios de él cubrían los suyos. Se besaron largamente, demorándose, luchando por mantener a raya el ímpetu creciente del deseo.
Pero sin acabar de conseguirlo.
– Venid al capricho.
Sus palabras, su brazo en torno a ella, urgían a sus pies a seguirle. Sus labios se tocaron de nuevo, se restregaron; se detuvieron otra vez a festejar.
Para cuando finalmente llegaron al capricho y abrieron la puerta, eran por completo presa del deseo. Francesca sonrió, sintiéndose como un gato con un tentador plato de nata; ella lo condujo al interior, hasta el centro de la habitación.
Había ido allí a menudo, atraída por la privacidad y el silencio, por el aroma de la emoción allí propagado. Éste era un lugar de alegrías calladas y placeres compartidos; el pasado lo había hecho así; ahora era de ellos. Ella se volvió y le tendió los brazos. Él cerró la puerta, la contempló y luego se le acercó lentamente.
Sus ojos se veían muy oscuros; ella le sonrió y llevó las manos a su fular. Él bajó la vista hacia sus pechos; sus dedos encontraron los lazos a ambos lados del vestido.
– Habéis reorganizado la habitación.
– Un poco. -Había desplazado a un rincón el tapiz abandonado de su madre. Éste era su sitio, pero no tenía por qué estar en el lugar central, donde él no pudiera dejar de verlo-. Le dije a Irving que hiciera traer aquí el diván. -Con un gesto de la cabeza, llamó su atención sobre el ancho diván, colocado mirando a las vistas-. Será un placer tumbarnos aquí en verano y relajarnos.
Dejó que el tono de su voz transmitiera lo que en realidad quería decir. Él levantó fugazmente los ojos hacia los de ella: los tenía turbulentos, tormentosos. Ella captó un brevísimo destello de sus intenciones, un relámpago sobre el iris gris, antes de que los dedos de él se colaran entre los lazos aflojados de su vestido y se deslizaran por sus costillas.
Soltó una risa inquieta. Riéndose, intentó apartarse: tenía muchas cosquillas, y él lo sabía. No la soltó, y el jugueteo experto de sus dedos la dejó pronto hecha un guiñapo retorcido de risa. Ella trató de escapar, pero se vio atrapada contra el diván.
– ¡Oh, parad! -Se aferró a la cabecera del diván buscando apoyo, medio doblada sobre los cojines, intentando recuperar el aliento.
Él se detuvo. Por la espalda, cerró los brazos en torno a ella, sujetándola fuerte, apretándola contra sí. Sin dejar de reír, sollozando casi, ella dejó que la enderezara, que acoplara los muslos a sus caderas. Dejó que se apretara más contra ella haciéndole sentir la potencia de su erección.
– ¿Y en otoño, qué me decís? -Su grave susurro le acarició el oído-. ¿Creéis que sería agradable tendernos aquí ahora -apretó aún más sus caderas contra ella- y relajarnos?
Imprimió a sus palabras un matiz sexual mucho más acusado que el de ella.
– Sí. -A juzgar por lo que estaba sintiendo, pronto estaría sollozando por muy distinta causa. La perspectiva hizo correr un fuego plateado por sus venas. Se pasó la lengua por los labios-. Podríamos contemplar la puesta de sol.
Sintió que él alzaba la vista, y luego le oyó murmurar, en el mismo tono pícaro y oscuro:
– Sí que podríamos.
La tenía atrapada entre él y el diván. Su vestido estaba ya desabrochado. Notó que él se encogía. Girando la cabeza, vio su chaqueta aterrizar sobre una silla cercana.
Unos brazos envueltos en suave lino se cerraron en torno a ella, las duras manos extendidas sobre sus curvas.
– Creía que ibais a observar cómo cambia el cielo. Ella volvió a mirar el horizonte. Él agachó la cabeza y le pasó los labios por la nuca. Luego rozó con labios y dientes la larga línea de su garganta, y con las manos recorrió su cuerpo.
La conocían bien, aquellas manos aviesas, libertinas, sabían hacerla estremecer, temblar, sabían cómo hacer que floreciera para él bajo sus faldas. Su toque no era delicado, sino posesivo, cada caricia más primitiva que la anterior. La hacía ansiar más, desear con un nivel de desesperación que bloqueaba la respiración en su garganta.
Tenía los pechos ya hinchados y tensos, aunque él no le había bajado aún el vestido abierto para tomarlos entre sus manos. Sentía un hormigueo en los pezones; su estómago estaba hecho un nudo de imperiosa urgencia. Él parecía saberlo; con una mano, posesivamente extendida sobre su estómago, lo acariciaba provocativamente. Con la cabeza reclinada sobre el hombro de él, gimió presionándolo con las caderas. Él deslizó la mano hacia abajo; apretándole la falda entre los muslos, la frotó una y otra vez con el canto de la mano, despacio, con toda la intención, hasta que creyó volverse loca.