Gyles se detuvo; Francesca lo miró y luego siguió la dirección de su mirada. Estaba observando la hondonada en donde se estaba asando un buey entero bajo la rigurosa supervisión de Ferdinando.
– Tiene aún menos sentido sospechar de Ferdinando. Él sí que no está en absoluto enfadado conmigo, ni con vos.
Gyles la miró.
– ¿No le molestó que no os mostrarais receptiva a sus apasionadas súplicas?
– Es italiano: todas sus súplicas son apasionadas. -Sacudió el brazo de Gyles-. Os estáis preocupando por nada.
– Vuestro gorro de montar, una de vuestras prendas favoritas, fue deliberadamente hecho trizas y hallado escondido en un jarrón. No dejaré pasar el asunto hasta haber descubierto quién lo hizo.
Ella exhaló entre dientes. Un granjero y su mujer se les acercaban tímidamente.
– Qué obstinado sois. No es nada. -Con una sonrisa deslumbrante, se soltó del brazo de Gyles.
– Está muy claro que es cualquier cosa menos «nada». -Gyles hizo educadamente una inclinación de cabeza al granjero y se adelantó a saludarlo.
Se separaron. Pese a sus propósitos en contrario, Francesca se sorprendió volviendo en sus pensamientos al misterio de su gorro destrozado. Tenía que haber una explicación sencilla.
Después de pasar quince minutos con un grupo de doncellas que se deshacían en risitas, estuvo segura de haberla encontrado. Cuando Gyles volvió para escoltarla hasta el campo de tiro con arco, sonrió y le tomó del brazo.
– Ya lo tengo.
– ¿Ya tenéis qué?
– Una explicación lógica para lo de mi gorro.
Gyles afiló la mirada.
– ¿Y bien?
– Para empezar, si alguien hubiera querido arruinar mi gorro para entristecerme, para vengarse por algo que yo hubiera hecho o dejado de hacer, no lo habría escondido en ese jarrón. Podían haber pasado meses, o incluso años, antes de que lo encontráramos.
Gyles frunció el ceño.
– Pero -prosiguió ella-, ¿y si yo lo hubiera olvidado en alguna parte y lo hubieran estropeado accidentalmente, con cera para muebles, pongamos por caso? Cualquier doncella se habría espantado; habría estado convencida de que sería despedida, aunque vos y yo sepamos que eso no ocurriría. ¿Qué haría una doncella? No podría esconder el gorro y llevárselo: sus vestidos y delantales carecen de bolsillos. De forma que lo escondería donde nadie pudiera encontrarlo.
– Lo destrozaron e hicieron jirones.
– Eso pudo ocurrir cuando la doncella intentara poner las ramas en el jarrón. Acabo de hablar con ella. Ha dicho que el gorro estaba en redado en el extremo de las ramas cuando las sacó para ver cuál era el problema.
Francesca sonrió conforme se acercaban a la multitud reunida al rededor del improvisado campo de tiro.
– Creo que deberíamos olvidarnos de mi gorro. Sólo era un trozo de terciopelo, después de todo. Siempre puedo hacerme con otro.
Gyles no tuvo ocasión de responder; ella escurrió la mano de su brazo y se adelantó a entregar los trofeos del concurso de tiro con arco para hombres. Él se quedó atrás; sus pensamientos siguieron dando vueltas en torno al gorro.
Un trozo de terciopelo y una pluma juguetona. Puede que realmente no fuera nada de valor, pero dijera ella lo que dijera, era una de sus prendas favoritas. Él mismo le había tomado apego.
Apoyando los hombros contra un árbol, la observó, cuidando de mantener una expresión relajada, impasible. Su explicación tenía sentido; eso había de admitirlo. Aparte de Lancelot y Ferdinando, no se le ocurría nadie que hubiera podido querer darle un disgusto. Incluso imaginar semejante acción por parte de ellos era ya sacar las cosas de quicio…
Según los empleados, Lancelot no había sido visto por la hacienda desde que se le advirtió que no se acercara, y aunque ella lo hubiera reprendido, Ferdinando parecía sentir por Francesca la misma devoción que siempre le había profesado. Lo que resultaba aún más revelador, siendo Lancelot y Ferdinando lo bastante aficionados a los gestos dramáticos como para destrozar el gorro, nunca hubieran escondido sus restos, tal y como ella había observado: ¿dónde estaría el gesto si no?
De forma que… la destrucción del gorro era un desafortunado accidente. Lo único que podían hacer era encogerse de hombros y olvidarse.
Esa conclusión no alivió la tensión de su pecho, ni su inclinación compulsiva a permanecer vigilante y alerta.
Entre risas y vítores, Francesca volvió de las dianas de los arqueros. Él echó a andar a su lado. Ella sonrió y le permitió tomarla de la mano, colocándola sobre la manga de su chaqueta. Le permitió retenerla junto a él el resto del día.
La fiesta de la cosecha fue un éxito clamoroso. Cuando el sol se iba poniendo y los arrendatarios se marchaban por fin a casa, Francesca y Gyles se reunieron con su personal y ayudaron a desmontar los caballetes y llevar al interior todo lo que fuese perecedero antes de que las brumas del río se extendieran por el parque. Lady Elizabeth, Henni y Horace también echaron una mano. Cuando estuvo todo hecho, se quedaron a cenar: una simple sopa, seguida de unos entrantes fríos.
A lady Elizabeth, Henni y Horace les llevó a casa Jacobs en un coche, y todos los habitantes de la casa cayeron rendidos en sus camas.
No fue hasta mediados del día siguiente que las cosas volvieron a la normalidad.
Gyles y Francesca estaban sentados a la mesa para comer, sirviéndose de las fuentes que Irving y un lacayo les ofrecían, cuando Cook asomó la cabeza por detrás de la puerta para entrar luego sigilosamente. Francesca la vio y le sonrió.
Cook hizo una reverencia.
– Venía sólo a traerle esto a Irving. -Levantó en la mano una botella de cristal con tapa de plata-. Vuestro aliño especial.
A Francesca se le iluminaron los ojos.
– ¡La ha encontrado! -Extendió el brazo.
Cook le pasó la botella.
– Estaba en una repisa de la despensa, muy apartada. He dado con ella cuando iba a guardar parte de la mermelada.
– Gracias. -Francesca sonrió, encantada. Cook hizo una inclinación de cabeza y se retiró.
Gyles observó a Francesca agitar vigorosamente la botella y rociar las verduras con la emulsión.
– Pasádmelo. -Extendió una mano cuando ella hubo acabado-. Dejádmelo probar.
Ella le tendió la botella. Tenía una tapa cónica con un agujero en la parte superior.
– ¿Qué lleva?
Ella cogió su cuchillo y tenedor.
– Una mezcla de aceite de oliva y vinagre, con varias hierbas y aderezos.
Gyles hizo lo que había hecho ella, dejando caer un chorrito del líquido ya agitado sobre las patatas, zanahorias y alubias. Agachó la cabeza y olisqueó; se reclinó contra la silla.
Miró la botella, que sostenía todavía en la mano; miró a Francesca, que se llevaba una rodaja de zanahoria a los labios…
Se lanzó sobre la mesa y la agarró de la muñeca.
– ¡No os comáis eso!
Ella se le quedó mirando con ojos como platos.
Estaba mirando el trozo de zanahoria alanceado en su tenedor; se veía brillante con su ligera capa de aliño. La forzó a bajar la mano.
– Dejadlo.
Ella soltó el tenedor. Cayó sobre su plato repiqueteando.
– ¿Milord?
Irving estaba sobre su hombro. Echándose atrás, con los dedos cerrados aún en torno a la muñeca de Francesca, Gyles le alcanzó la botella a su mayordomo.
– Huela eso.
Irving cogió la botella y olisqueó. Abrió mucho los ojos. Miró fijamente la botella.
– ¡Vaya, a fe mía! ¿No huele a…?
– Almendras amargas. -Gyles miró a Francesca-. Haga venir a Wallace. Y a la señora Cantle.
Irving envió al lacayo a la carrera. Él mismo retiró en un santiamén los platos que tenían delante.
Francesca estaba mirando la botella.
– Déjeme olerlo.
Irving se la alcanzó con cautela. Ella la cogió y olisqueó, luego cruzó la mirada con Gyles. Él enarcó una ceja.
– Huele a almendras amargas. -Dejó la botella sobre la mesa.
Se abrió la puerta; entró la señora Cantle, seguida de Wallace.
– ¿Milord?
Gyles se explicó. Se fueron pasando la botella. El veredicto fue unánime: el aliño olía a almendras amargas.
– No entiendo cómo es posible… -Wallace miró a la señora Cantle.
El ama de llaves, con el color subido, se volvió hacia Gyles.
– La botella la habíamos echado a faltar… Llevaba desaparecida al menos una semana. Cook la acaba de encontrar, hace sólo unos minutos.
Gyles hizo una seña a Irving.
– Traiga a la señora Doherty. -Irving partió. Gyles volvió con la señora Cantle-. Hábleme de este aliño.
– Yo pregunté si podían hacérmelo. -Francesca retorció la mano y agarró a Gyles de los dedos-. Es una costumbre que adquirí en cuanto llegué a Inglaterra… Encuentro los platos de aquí demasiado insulsos…
Llegó Cook, pálida y conmocionada.
– No tenía ni idea. Vi la botella allí, la cogí y la traje directamente: sabía que milady la había echado de menos esta semana pasada.
– ¿Quién hace el aliño? -preguntó Gyles.
La señora Cantle y Cook intercambiaron una mirada. Respondió la señora Cantle.
– Ferdinando, milord. Conocía qué era lo que describía lady Francesca; puso mucho esmero, y estaba muy convencido, de verdad, de estar haciéndolo bien.
– ¿Ferdinando?
Gyles miró a Francesca. Pudo ver en sus ojos el deseo de negar todo lo que él estaba pensando.
Cook arrastró los pies.
– Si no os importa, milord, me desharé de este mejunje endemoniado.
Gyles asintió. Cook cogió la botella y se fue.
Wallace se aclaró la garganta.
– Si queréis perdonarme el comentario, milord, yo aseguraría que Ferdinando es la última persona que habría utilizado el aliño para envenenar a lady Francesca. Adora a su señoría, y a pesar de su histrionismo ha sido siempre infaliblemente bueno en su trabajo; últimamente ha hecho todo lo que le hemos pedido sin rechistar. Desde que llegó la señora condesa, se lleva mucho mejor con Cook, que era en realidad lo único que podía reprochársele con anterioridad.
La señora Cantle asintió manifestando su acuerdo. Gyles se volvió para ver a Irving asintiendo también.
– Y -prosiguió Wallace- si Ferdinando quisiera envenenar a alguien, podría hacerlo, muy fácilmente y con bastantes menos posibilidades de ser descubierto, introduciendo veneno en los platos mucho más aderezados que él prepara, que no añadiendo almendras amargas al aliño de la señora condesa.
Gyles les miró a todos. Teniendo en cuenta lo que él estaba sintiendo, resultaba difícil inclinar la cabeza y aceptar sus razones. Al final, fue lo que hizo.
– Muy bien. Pero entonces, ¿quién puso el veneno en esa botella? ¿Quién tiene acceso a almendras amargas?
La señora Cantle hizo una mueca.
– Lo único que se necesita es un almendro, milord, y es un árbol muy común: hay tres en el prado sur.
Gyles se la quedó mirando.
Llamaron a la puerta. Cook asomó la cabeza.
– Disculpad, señor, pero pensé que esto os interesaría. -Entró, cerró la puerta y luego, inspirando profundamente, se volvió hacia todos ellos-. Estaba tirando esa porquería por el desagüe cuando apareció Ferdinando. Vio lo que estaba haciendo y me preguntó por qué. Vaya, estaba a punto de arrancarse con una de sus pataletas en italiano, así que se lo dije. Se quedó horrorizado; bien y verdaderamente horrorizado. Al principio no podía ni decir palabra. Luego dijo: «Ay, espere.» Parece ser que utilizó los últimos restos de una vieja botella de aceite de almendra; de hecho, me acuerdo que no le quedaba suficiente del de oliva la última vez que preparó el aliño, y yo le dije dónde encontrar el de almendra. Yo, es que lo uso para mis cortezas dulces, ¿sabéis? Y recuerdo que él me comentó que había tenido que usar lo último que quedaba. -Cook apretó los puños con fuerza-. Así que, en fin, puede que lo que han olido todos fuera tu aceite de almendra agriado.
Gyles miró a Wallace, y luego a la señora Cantle. Ella asintió.
– Podría ser.
Gyles hizo una mueca.
– Traiga otra vez ese mejunje.
Cook palideció.
– No puedo, milord. -Se retorció las manos-. Tiré todo por e desagüe y puse la botella a enjuagar.