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Francesca se la quedó mirando.

– ¿Cuándo ha sido eso?

– Esta tarde, señora. Después de salir vos a pasear. -Millie se le acercó para cogerle el manto.

– ¿Llevas toda la tarde esperando aquí arriba?

Millie se encogió de hombros; sacudió el manto.

– Tenía que ordenar vuestras cosas. Mañana me traeré lo que tengo para remendar.

Francesca la observó colgar el manto y luego se dio la vuelta.

– Pide agua. Deseo darme un baño.

Un largo baño caliente no le mejoró el humor. Sí le dio, en cambio, tiempo para planear su estrategia, ordenar sus argumentos y ensayar lo que había de decir más tarde.

A su marido, cara a cara.

Cuanto antes se produjera esa entrevista, mejor. Envuelta en una bata de seda, con el pelo todo ensortijado por el vapor, Francesca le hizo un gesto a Millie señalándole los dos amplios roperos que contenían su ropa.

– Ábrelos los dos; deseo elegir un vestido especial para esta noche.

Gyles supo a lo que se enfrentaba en el mismo instante en que puso los ojos encima de su mujer aquella noche. Entró en el salón familiar seguido de Irving. Ella, sentada en la butaca junto a la chimenea, levantó la vista y sonrió.

Él se detuvo. La contempló mientras Irving anunciaba que la cena estaba servida.

Ella no se movió, esperando obviamente a que él se acercara, la tomara de la mano y la invitara a levantarse.

Al no hacerlo él, le enarcó una ceja.

El hizo un gesto indicando la puerta.

– ¿Vamos?

Ella le miró a los ojos; luego se incorporó y fue junto a él. Una parte de Gyles quería darse la vuelta y marcharse, salir corriendo, buscar refugio en su despacho. La mayor parte de él quería…

Apartó la vista de la cremosa extensión de sus pechos, resaltada por el magnífico vestido de seda broncínea. El vestido era sencillo; con él, ella estaba espectacular. No pudo evitar que sus sentidos se empaparan de aquella visión, recorrer con la vista su rostro, su pelo, sus labios.

La miró fugazmente a los ojos y luego le ofreció el brazo. Ella le tomó de la manga; se deslizó, suave y grácil, junto a él mientras se dirigían al comedor. Él se sentía rígido como una tabla.

La comida le vino de perlas para distraer la atención. Pero sabía que no iba a durar mucho.

– La fiesta de la cosecha fue muy bien, ¿no creéis?

Él asintió e hizo un gesto a un lacayo para que le sirviera más alubias.

– Ciertamente.

– ¿Observasteis algo, cualquier cosa que hubiera podido resultar mejor de otra manera? -Hizo una fioritura con el tenedor-. ¿Alguna queja?

Él le dirigió una mirada fugaz a los ojos.

– No. Ninguna.

Había dado por hecho que la presencia de Irving y los lacayos le haría contener su ímpetu temporalmente; de pronto, ya no estaba tan convencido.

Ella le sonrió, como si le hubiera leído el pensamiento, se llevó un trozo de calabaza a la boca y bajó la vista.

Pese a la resolución que había visto asomar en sus ojos, no hizo ninguna referencia más a acontecimientos recientes, sino que empezó a interesarse por Londres. Apreció la aprobación que ella manifestó de sus deseos. Iba a tener que hablar con ella -su vestido era toda una declaración de su postura al respecto-, pero semejante intercambio tendría lugar en un momento que él eligiera, y, sobre todo, en su dormitorio, un terreno en el cual él podía poner fin a cualquier discusión en cuanto quisiera.

– ¿Habéis tenido noticias de St. Ives?

Él respondió concisamente, revelando lo menos posible. Sería necesario trazar algunas líneas generales; él por su parte ya había trazado algunas, pero no había determinado aún las posturas que otros pudieran adoptar.

Terminaron de comer. Se pusieron en pie al unísono y caminaron hacia el pasillo. Haciendo una pausa, ella se medio volvió y le miró a los ojos.

Él podía sentir su calidez, no sólo la de su carne, sino otra más profunda, una calidez femenina e infinitamente más tentadora. El verde de sus ojos le estaba llamando; la promesa de su cuerpo realzado por la broncínea seda tiraba de sus sentidos. Lo atraía hacia ella.

Ella estaba alzando la mano para tocarle el brazo cuando él retrocedió un paso.

Cerró los párpados y agachó la cabeza.

– Tengo muchos asuntos que atender. Sugiero que no me esperéis levantada.

Dio media vuelta y se dirigió a grandes pasos a su despacho. No le hacía falta verle la cara a ella.

Aparentemente calmada, Francesca se retiró al salón familiar. Estuvo una hora sentada junto al fuego; entonces llegó Wallace empujando el carrito del té. Le permitió servírselo y después le despidió. Se quedó sentada al lado del fuego una hora más, luego dejó su taza, se levantó y subió al piso de arriba.

Se cambió y apartó el vestido color bronce. Después despidió a Millie.

Con un camisón de fina seda bajo una bata de seda más gruesa, permaneció de pie junto a una ventana en la penumbra del cuarto, con templando la noche empapada de luna. Y esperó.

Pasó otra hora antes de que escuchara abrirse la puerta de la habitación contigua, y cerrarse a continuación. Oyó las pisadas de Gyles al cruzar la habitación. Le oyó dirigirse a Wallace. Imaginó a Gyles desvistiéndose…

Volvió la cabeza y se quedó mirando a la puerta que conectaba ambas habitaciones. A continuación se encontró cruzando hacia ella y agarrando el pomo. Si iban a discutir alguna cosa, quería que su marido estuviera completamente vestido.

Abrió resueltamente la puerta y la cruzó.

– Deseo hablar con vos.

El, ya sin chaqueta y con el fular aflojado en torno al cuello, se detuvo un momento antes de acabar de soltarse la prenda de lino.

– Me reuniré con vos en un instante.

Ella se quedó parada a tres metros de él, cruzó los brazos por debajo de sus pechos y le miró a los ojos. -No veo razón para esperar.

Gyles advirtió la emoción que bullía en sus ojos. Echó un vistazo alrededor de la habitación. Wallace estaba desapareciendo por la puerta. Afirmando la mandíbula, miró a Francesca.

– Muy bien. -Su tono era cortante, frío-. ¿De qué se trata?

Palabras imprudentes; ella despidió llamas por los ojos. Pero el hecho de que controlara su genio le dejó a él aún más inquieto. Ya la había visto furiosa; esta vez estaba ardiendo con llama fría: más cortante que abrasadora.

– No soy una niña.

Pronunció estas palabras muy claramente. Él, mirándola a los ojos, alzó las cejas, y luego dejó que su mirada se deslizara por su sensual figura.

– No era consciente de haberos tratado…

Cerró la boca.

Ella se rió con frialdad.

– ¿Como a una criatura incapaz de protegerse a sí misma en absoluto? ¿Una cretina que no puede pasear por el parque sin caerse y hacerse daño? ¿O es acaso que supusisteis que me atacarían y violarían bajo los árboles -lanzó un brazo al aire- ahí mismo, en vuestro propio parque?

Volvió a cruzar los brazos como abrazándose, como si su propia furia la hubiera dejado helada. Le miró fijamente a los ojos.

– Habéis dado órdenes que me han convertido en prisionera en esta casa, esta casa que se supone que es mi hogar. ¿Por qué?

Aquella sencilla pregunta burló su guardia y le trastornó. Estaba esperando que arremetiera contra sus restricciones, no que tomara el atajo directo hasta su corazón y le preguntara por qué. Dejó transcurrir los segundos, dejó que se apaciguara su respiración, se armó de valor antes de afirmar:

– Porque es mi deseo.

Ella no reaccionó; no alzó las manos al cielo ni le colmó de reproches. Lo estudió, con mirada fija y directa. Luego, pausadamente, sacudió la cabeza.

– Ésa, milord, no es respuesta suficiente.

– Es, no obstante, la única respuesta que obtendréis.

Una vez más, ella no reaccionó como él esperaba. Abrió mucho los ojos, recorrió su rostro con la vista y luego giró sobre sus talones y caminó de vuelta a su habitación.