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La puerta se cerró, suavemente, tras ella.

Gyles se quedó mirando a la puerta cerrada. El frío que sentía por dentro se hizo más profundo, se intensificó hasta dolerle. Había creído que no podía sentir más frío; se había equivocado también en eso. Se había equivocado en tantas cosas…

Equivocado tanto al pensar que amar era una decisión que dependía de él tomar. Sí o no. No había resultado así.

Un sonido en la puerta principal le hizo mirar hacia allí. Con un gesto seco, indicó a Wallace que se retirara. Necesitaba un rato para volver a colocarse bien la armadura, para disponerse a soportar el frío. Había sentido temor anteriormente, pero nunca como éste. Nunca tan profundo, tan negro, tan gélido. Cada vez que ella lo hacía surgir se volvía más poderoso, más hondo. Pensaba que lo había vencido, o al menos que había llegado a una edad en que podía lidiarlo y salir triunfante. Aquel momento en el bosque, revivido con más intensidad en los túmulos, le había dejado una sensación de victoria.

Una victoria hueca. Si él estaba con ella cuando la amenazaba el peligro, todo iba bien. Todavía sentía miedo, pero no estaba impotente ante él, y lo sabía. Lo había demostrado. Él era el que era, en su plenitud; había pocos peligros de los que no pudiera defenderla. Protegerla daba ánimos al bárbaro, alimentaba a su yo más bajo.

Pero su verdadero yo carecía de armadura contra enemigos invisibles, o de habilidad alguna para defenderla de ellos.

Contra toda dirección consciente, su verdadero yo se había enamorado profundamente de su mujer.

Dejó caer el fular y empezó a aflojarse los puños. Había sentido la primera punzada helada cuando levantó su gorro destrozado de la bandeja de Wallace. Había intentado hacer como si nada, no prestarle atención, como si actuando así pudiera negar su realidad. Luego había venido el incidente del aliño.

Se había visto indefenso, incapaz de negar su miedo. Desde entonces, le gobernaba.

Saber que el aliño no había sido envenenado no había supuesto diferencia alguna; no cambiaba nada.

Estaba irremediablemente enamorado de su esposa. Su mundo había llegado a girar alrededor de su sonrisa, y no podía hacer frente ni a la más nimia posibilidad de que pudiera serle arrebatada.

Wallace había regresado. Gyles oyó el sonido quedo de su ayuda de cámara y asistente colgando la chaqueta que se había quitado en el ropero.

La puerta que comunicaba con la habitación de Francesca se abrió. Ella entró, toda agitación, sacudiendo el faldón de su bata. Tenía el pelo revuelto, como si se hubiera restregado las manos por él.

Gyles lanzó una mirada furtiva a Wallace para ver una vez más a su asistente desaparecer sigilosamente de la habitación. Blindándose interiormente, hizo frente a Francesca.

– ¿Y ahora qué?

Ella tenía la cara pálida. Gyles no quería mirarla a los ojos, no quería ver la marca del dolor en el verde de sus iris.

– ¿Por qué me hacéis esto?

Habló con voz baja, no sensual, sino temblorosa de emoción contenida.

– Porque tengo que hacerlo.

– ¿Por qué? -Francesca aguardó, con el corazón como un puño de plomo en su pecho.

– Francesca… -Gyles suspiró entre dientes y a continuación la miró a los ojos, con los suyos tormentosos, imposibles de interpretar-. Os casasteis conmigo. -Hablaba en voz tan baja como ella, pero mucho más dura, más imperiosa-. Aun tras aquel último encuentro en el bosque, os casasteis conmigo. Sabíais muy bien con qué os casabais; vos, de entre todas las mujeres, lo sabíais.

– Sí. Pero sigo sin comprender. -Cuando él se volvió, ella se movió de forma que no dejara de verle la cara. No pensaba retirarse, ni dejar que él le cerrara el paso. Con una inspiración ahogada, extendió los brazos en cruz-. ¿Qué he hecho para merecer esto? ¿Por qué me tratáis como si fuera un criminal que tuvierais en casa? -Aquello dio en el blanco. Él le lanzó una mirada punzante-. Sí -prosiguió ella-, como a un ladrón en potencia, alguien a quien hay que vigilar en todo momento.

– Todo lo que hay aquí es vuestro…

– ¡No! -Sus ojos colisionaron con los de él-. ¡Todo lo que hay aquí no es mío!

Un súbito silencio les envolvió; ambos se quedaron quietos. Suspendidos sobre el borde de un precipicio. Mirándose a los ojos fijamente. Ninguno de los dos respiraba. Ella sintió que la voluntad de Gyles la alcanzaba, la empujaba a retroceder…

En aquella tensa calma, con gran parsimonia, ella dejó caer sus palabras:

– Lo único que quiero, lo único que he querido nunca de este matrimonio, no es mío.

El rostro de Gyles se endureció. Se enderezó.

– Os dije desde un principio lo que os daría… ¿He faltado a alguna de mis promesas?

– No. Pero yo os he ofrecido más, más de lo que negociamos; y vos lo habéis tomado. De muy buen grado.

No podía negarlo. Apretó las mandíbulas, pero no dijo nada.

– Os he dado más de lo que acordamos. Me he esforzado mucho por ser todo lo que deseabais de una esposa: he llevado esta casa, he hecho de anfitriona para vos, he cumplido con todo lo que prometí. Y he hecho más, dado más, sido más.

Le sostuvo la mirada y luego, más dulcemente, preguntó:

– Ahora decidme, por favor: ¿qué he hecho para merecer vuestro distanciamiento?

No tenía sentido fingir que no la entendía, que no sabía lo que quería, lo que había esperado. Lo que había soñado. Gyles sostuvo su mirada sombría deseando que aún pudiera, pero habían llegado demasiado lejos para eso. Desde un principio, habían tratado las cosas directamente, a un nivel de comunicación que no había compartido con nadie más, aunque fuera una comunicación sin palabras. Estaban sintonizados: eran conscientes del estado de ánimo del otro, de las sutilezas de su pensamiento. Ella había sido transparente desde un principio. Y él le había dejado creer que podía leer en su corazón, en su alma, cuando en realidad su corazón estaba blindado para siempre y su alma estaba guardada a buen recaudo donde nadie podía alcanzarla.

Por eso -por todo lo que ella había sido y era- le debía su sinceridad.

– Nunca prometi que os amaria.

El esmeralda de sus ojos se oscureció. Se quedó mirándole largo rato y luego, tragando saliva, alzó la barbilla.

– El amor no es algo que uno pueda prometer. Dio media vuelta y le dejó, arrastrando tras ella el faldón de su bata.

Capítulo 17

El amor era algo que llegaba lentamente, con pasos silenciosos. Algo que se cernía sigilosamente sobre un hombre, le cogía desprevenido y le hacía prisionero. Ella había dicho que se sentía ahora como una prisionera; y estaba cautiva, bien lo sabía, del mismo amor que le tenía a él en sus garras. Ni él ni ella podían liberarse. Ya no.

Era demasiado tarde para echarse atrás. Demasiado tarde para maniobras evasivas. Una vez que el amor te golpeaba, era una enfermedad incurable. Imposible de erradicar.

Gyles lo había admitido, finalmente, aunque no sin resistencia; pero las largas horas que había pasado la noche anterior abrazándola fuertemente contra sí le habían revelado una realidad mucho más absoluta de lo que él creía posible.

El amor era, sin más. No pedía permiso, no precisaba decisión alguna. Vivía. Vivía en él.

Los pensamientos de Gyles se sucedían mientras él se desabotonaba la camisa junto a su cómoda. Wallace volvió a entrar; Gyles se sentó en una silla y le permitió quitarle las botas. Se quedó en la silla, con la mirada fija al otro lado de la habitación, pero sin ver.

¿Qué hacer? El recuerdo de sus ojos, justo antes de darse media vuelta y dejarle, estaba grabado en su mente. Podía erradicar esa mirada con dos sencillas palabras, reinstalar su gloriosa sonrisa. Podía decírselas, y luego intentar construir un marco para su vida en común. ¿Sería eso prudente? ¿Podía confiar en ella?