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La sonrisa de Honoria se hizo más ancha; se volvió hacia Francesca.

– Tenéis que venir a comer con nosotros; Diablo querrá volveros a ver, y os hemos de presentar a los demás. ¿Cuánto tiempo vais a quedaros?

Gyles dejó que respondiera Francesca. Encaramado junto a ella en el asiento de la cabina de la calesa, se sentía cada vez más expuesto. Se alegró cuando, una vez intercambiados todos los detalles de interés, se despidieron de Honoria y sus acompañantes y pudo seguir adelante.

No llegaron muy lejos.

– ¡Chillingworth!

Conocía esa voz. Le llevó un momento localizar el turbante que coronaba un par de ojos color obsidiana que eran el terror de la alta sociedad. Lady Osbaldestone le indicaba imperiosamente que se acercara. Sentada junto a ella en su vieja berlina, observando con una sonrisa resabiada, se hallaba la duquesa viuda de St. Ives.

Gyles se tragó un exabrupto; no habría hecho sino intrigar a Francesca, y de todas formas no tenía elección. Desvió la calesa hacia el lateral y la condujo junto al cupé.

Lady Osbaldestone sonrió de oreja a oreja, asomando por la ventanilla de la berlina, y se presentó.

– Conocía a vuestros padres, querida mía: tuve ocasión de visitarlos en Italia; vos sólo tendríais tres años por entonces. -Se reclinó en el asiento y asintió benévolamente. Sus negros ojos relucían de profunda satisfacción-. Me complació enormemente enterarme de vuestra boda.

Gyles sabía que el comentario iba dirigido a él.

Francesca sonrió.

– Gracias.

– Y yo, querida mía, debo añadir también mis felicitaciones. -La duquesa viuda, con una expresión cálida en sus ojos verde claro, tomó la mano de Francesca-. Y sí -dijo, sonriendo en respuesta a la pregunta que asomaba en el rostro de Francesca-, habéis conocido a mi hijo y él me ha hablado maravillas de vos; y, por supuesto, Honoria me lo ha contado todo.

– Estoy encantada de conoceros, Excelencia.

– Y vais a vernos más, querida mía, no me cabe duda, así que no os retendremos más a Chillingworth y a vos. Va a empezar a hacer fresco, y estoy segura de que vuestro marido estará deseando privarnos de vuestra compañía.

A Gyles no se le pasó por alto el centelleo de sus ojos, pero replicar estaba fuera de lugar: era demasiado peligroso. Tanto Francesca como él hicieron una reverencia; y escapó tan deprisa como se atrevió.

– ¿Son… cómo se las describe…? Grandes dames?

– Las más grandes. No os engañéis. Ejercen un poder considerable, a pesar de su edad.

– Son más bien imponentes, pero me han gustado. ¿A vos no os gustan?

Gyles soltó un resoplido y siguió adelante.

– ¡Gyles! ¡Hoo-la!

Gyles hizo reducir la marcha a sus caballos.

– ¿Mamá?

Tanto él como Francesca buscaron en derredor, hasta que él vio a Henni saludando desde un carruaje aparcado más adelante.

– Santo cielo. -Condujo hasta donde estaban y tiró de las ríendas-. ¿Qué diantre estáis haciendo aquí?

Su madre lo miró con los ojos muy abiertos.

– No sois los únicos a los que puede apetecer una vuelta por la capital. -Soltó la mano de Francesca-. Y, por supuesto, Henni y yo queríamos estar aquí para respaldar a Francesca. Es una buena oportunidad para llegar a conocer a las grandes anfitrionas fuera del jaleo de la temporada social.

– Ya nos hemos encontrado con Honoria y lady Louise Cynster, y con la duquesa viuda de St. Ivés y lady Osbaldestone -dijo Francesca.

– Un excelente comienzo. -Henni asintió decididamente-. Mañana te llevaremos con nosotras a visitar a unas cuantas más.

Gyles se esforzó por no fruncir el ceño.

– ¿Pero dónde os alojáis? -preguntó Francesca.

– En la casa Walpole -repuso lady Elizabeth-. Está justo a la vuelta de la esquina, en la calle North Audley, así que estamos cerca.

Gyles dejó corcovear a sus caballos.

– Mamá…, mis caballos. Está refrescando…

– Ah, sí, claro; debéis continuar, pero da iguaclass="underline" os veremos esta noche en casa de los Stanley.

Él notó que Francesca lo miraba, pero rehuyó su mirada. Se despidieron y marcharon. Tomó el camino más próximo para dejar la avenida y salir del parque.

Francesca se reclinó en el asiento y lo estudió.

– ¿Vamos a ir esta noche a casa de los Stanley?

Gyles se encogió de hombros.

– Nos han invitado. Supongo que es un sitio tan bueno como cualquier otro para empezar.

– ¿Para empezar con qué?

Con expresión adusta, él condujo sus dos caballos fuera de las verjas.

– Con vuestra presentación en sociedad.

Hubiera preferido retrasarla tanto como pudiera: ahora lo comprendía. Y sabía por qué. Entre los vividores de la alta sociedad su esposa ejercería la misma fascinación visceral que la miel sobre las abejas. En esta época del año, los presentes eran los de la variedad más peligrosa, sin hallarse diluidos entre los petimetres más inocuos que llegaban de provincias para la temporada social. En casa de los Stanley estarían los lobos de Londres, quienes, como había hecho él, raramente iban a cazar fuera de la capital, con sus presas seductoramente perfumadas.

Tomó la decisión de no separarse ni un segundo de Francesca antes incluso de que hubieran saludado a su anfitriona.

Ella, como era de prever, estaba emocionada.

– Es un gran placer veros aquí, milord. -Lady Stanley hizo una inclinación de cabeza en señal de aprobación y luego desvió la mirada hacia Francesca. Su expresión se hizo más cálida-. Y estoy encantada de ser una de las primeras en daros la bienvenida a la capital, lady Francesca.

Francesca y su señoría intercambiaron las frases de rigor. Gyles notó la transparente cordialidad de la condesa, algo que no podía darse por descontado en el toma y daca de la alta sociedad. Por otra parte, hacía ya semanas que sus miembros estaban de vuelta en Londres; la noticia de que se había casado y de que su matrimonio había sido concertado habría llegado a todos los oídos.

Tales noticias le habrían granjeado a Francesca más simpatías y aceptación que si el caso hubiera sido otro. Ella no había llegado a entrar en competición con las damas de la alta sociedad o con sus hijas, puesto que su posición como condesa nunca había salido al mercado nupcial.

Esas eran las buenas noticias. Al separarse de sus anfitriones y conducir a Francesca hacia la multitud, Gyles reparó en cómo su traje de noche de seda tornasolada revelaba los marfileños montículos de sus pechos, y deseó poder retirarse. Llevársela a su biblioteca y encerrarla allí, de forma que pudieran verla sólo aquellos hombres que contaran con su aprobación.

Nadie sabía mejor que él que las noticias de que el suyo había sido un matrimonio concertado la expondrían al escrutinio inmediato de quienes hasta hace poco habían sido sus iguales. Con sólo ponerle la vista encima, cualquier vividor digno de tal nombre acudiría a la carrera. Ella emanaba el aire de una mujer de apetitos sensuales, que nunca se contentaría con las tibias atenciones de un marido indiferente.

La idea era risible. Sacudió la cabeza. Ella lo advirtió, y le arqueo una ceja.

– Nada. -Para sus adentros, volvió a sacudir la cabeza. Debía de estar loco para haberse prestado a esto.

– ¿Lady Chillingworth? -Lord Pendleton hizo ante ellos una elegante reverencia; al enderezarse, miró a Gyles-. Vamos, milord; haced el favor de presentarnos.

Muy a regañadientes, Gyles lo hizo. Tampoco podía negarse. Y ése fue el pistoletazo de salida: al cabo de diez minutos, estaban rodeados por una partida de lobos babeando muy educadamente, todos ellos esperando a que él se excusara para caer sobre la presa.

Podían esperar sentados.

Francesca charlaba con naturalidad. Su aplomo en el trato ampliaba su atractivo ante este público en particular. El los conocía a todos, sabía cuál era la pregunta que estaba haciendo surgir en sus mentes al seguir anclado a su lado. Y la pregunta que básicamente ocupaba la suya era cómo escapar antes de que uno de sus antiguos iguales adivinara su verdadera posición y decidiera sacar partido de ella.