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Se volvió, sonrió y se inclinó para dar a Henni un beso en la mejilla.

– No había caído en la cuenta de que estarían aquí.

– Pues vaya, por supuesto que estamos aquí, querido. Los Matheson son conocidos de Horace, ¿no lo recuerdas?

Por aquellos días casi no pensaba en otra cosa que no fuera su esposa.

– ¿Dónde está Francesca? -Henni le dirigió una mirada inquisitiva; estaba claro que esperaba que él lo supiera,

– Sentada con su Excelencia la duquesa de St. Ives. -Guió la mirada de Henni al otro extremo de la habitación.

– Ah. Gracias, querido. Por cierto, la cena de la otra noche fue excelente, y la pequeña reunión de la semana anterior fue muy bien, en mi opinión.

Gyles asintió. Henni lo dejó para dirigirse hacia Francesca, sorteando a la multitud. La cena había sido su estreno: la primera de Francesca en Londres, la primera de él de casado. La ilusión les había acercado, les había llevado a trabajar juntos más unidos incluso que antes.

Había sido un triunfo; el compartirlo le había agregado un valor adicional. Cuando Henni había calificado la cena de «excelente», no se estaba refiriendo a la calidad de los platos, aunque, con Ferdinando empeñado en complacer, habían sido excepcionales. Había sido Francesca la que había brillado y fascinado; a él le había resultado fácil representar el papel de marido orgulloso y cumplir con su parte para llevar adelante la velada.

La pequeña fiesta que habían dado la semana anterior había sido la primera incursión de Francesca en el terreno más amplio de las recepciones a la alta sociedad: eso también había resultado un éxito rotundo.

Ella era un éxito, y se lo estaba tomando con calma. El apoyo de su madre, Henni y los Cynster ayudaba también. El les agradecía su interés, pero sabía muy bien a quién debía su gratitud por encima de todos.

Observó a Francesca, inmersa en una dramática discusión con Honoria, alzar la vista al acercárseles Henni. Su sonrisa -aquella sonrisa gloriosa, reconfortante- le iluminó la cara, y se puso en pie para besar a su tía en la mejilla. Luego volvió con Honoria, atrayendo a Henni a la conversación.

Gyles no pudo evitar una leve sonrisa. Ella se entregaba siempre a las cosas de todo corazón; había hecho lo mismo con la alta sociedad, con sincera curiosidad, disfrutando de los entretenimientos que se le ofrecían. Su deleite, que no era el de alguien ingenuo sino el de la recién llegada, había hecho que él volviera a ver su mundo como viejo y gastado bajo una luz nueva.

Apoyando los hombros en la pared, siguió observándola, vigilándola.

Sentada en la chaise longue junto a Honoria, Francesca era consciente de la mirada de su marido. Se había acostumbrado a ella; de hecho, le resultaba reconfortante saber que si alguien no especialmente deseable la abordaba, él estaría allí, a su lado, en un santiamén. La alta sociedad estaba compuesta por muchas personas, y si bien ella conocía ya algunos de los nombres y las caras convenientes, había muchos que no conocía…, y algunos de éstos no le hacía ninguna falta conocerlos.

Uno de ellos era lord Carnegie, pero su señoría era lo bastante cauto como para no abordarla…, de momento. Pero ella sabía lo que era, lo que estaba pensando; cada vez que su mirada la rozaba, ella tenía que reprimir un escalofrío, como si una cosa viscosa se deslizara por su brazo desnudo. Su señoría entró en su campo visual y le dedicó una inclinación. Francesca miró ostensiblemente hacia otro lado.

Honoria lo fulminó con la mirada.

– ¡Infame engreído! -Bajó la voz-. Dicen que mató a su primera mujer, y también a dos amantes.

Francesca puso mala cara, pero la cambió de inmediato por una sonrisa al acercárseles Osbert Rawlings y hacerles una reverencia.

– Prima Francesca. -Con una mano sobre el corazón, Osbert le estrechó la mano; luego le hizo una inclinación a Honoria y estrechó la suya.

– Acabo de ver desaparecer a Carnegie. -Osbert miró a su espalda y acto seguido se acercó un poco más a ellas-. No es un hombre simpático.

– No, en efecto -convino Honoria-. Justamente le estaba contando a Francesca… -Hizo un ademán vago.

– Pues sí. -Osbert asintió, para luego decidir que Carnegie era un tema de conversación demasiado siniestro para aquella compañía; la forma en que su rostro se iluminó de pronto lo dejó claro-. ¡En fin! Acabo de oír algunos comentarios sobre la última producción del Theatre Royal.

Cuando Osbert hablaba de cualquier cosa que tuviera que ver con la representación oral, nunca era vago. Las tuvo entretenidas durante los diez minutos siguientes con un vivido informe sobre el más reciente éxito de la señora Siddons. Francesca lo escuchó, divertida, consciente de que Gyles les observaba, consciente de lo que estaría pensando; sin embargo, a pesar de su desdén, tampoco era que tuviera mal concepto de Osbert.

Osbert, ciertamente, se había convertido en su caballero. Asistía a la mayor parte de las recepciones a las que iban ellos, y siempre estaba dispuesto a prestarse a divertirla y entretenerla. Si alguna vez necesitaba que la escoltaran y Gyles no se encontraba cerca, se colgaba del brazo de Osbert sin el menor reparo. Y si bien empezaba a sospechar que Osbert reclamaba su compañía, al menos en parte, como defensa contra las madres que le tenían aún en su punto de mira, le agradaba guardarse esa sospecha para sí.

Osbert era un encanto: no se merecía ser arrojado a los leones.

– Vaya, vaya: ¡cómo caen los poderosos!

Gyles apartó la vista de su esposa y la fijó en Diablo, que se le acercaba despreocupadamente.

– Puedes hablar.

Diablo miró hacia el otro lado de la habitación, a Honoria, y se encogió de hombros.

– Nos llega a todos. -Sonrió aviesamente-. ¿Se me permite decir «ya te lo dije»?

– No.

– Seguimos negando la evidencia, ¿eh?

– Uno no puede menos que intentarlo.

– Ríndete. Es inútil.

– Todavía no.

Diablo soltó un resoplido.

– Así que, ¿por qué estás aquí aguantando la pared, en realidad?

Gyles ni siquiera trató de responder.

Diablo le dirigió una mirada estimativa.

– De hecho, quería preguntarte… ¿qué posibilidad tiene hoy por hoy tu primo Osbert de heredar?

– Pocas, y van disminuyendo.

– ¿Y cuándo se desvanecerían dichas posibilidades?

Gyles frunció el ceño.

– A mediados del verano. ¿Por qué?

– Humm… ¿Así que estaréis aquí para la temporada social?

– Supongo que sí.

– Bien. -Diablo miró a Gyles a los ojos-. Vamos a tener que hacer más presión con esos proyectos de ley si queremos sacarlos adelante.

Gyles asintió. Miró a sus respectivas esposas.

– Se me ha ocurrido que podríamos estar dejando pasar una buena oportunidad de convencer a algunos de nuestros pares para que apoyen nuestra causa.

Diablo siguió la dirección de su mirada.

– ¿Tú crees?

– Francesca comprende los puntos básicos tan bien como yo.

– Honoria igual.

– Entonces, ¿por qué no? Cuando están en la ciudad, pasan la mayor parte del día hablando con las esposas de los demás. ¿Por qué no pueden ellas orientar la conversación, introducir la idea, plantar la semilla y alimentarla, siendo por una buena causa?

Al cabo de unos instantes, Diablo sonrió.

– Se lo sugeriré a Honoria. -Lanzándole a Gyles una mirada, se enderezó; en sus ojos había un destello pecaminoso-. Eres consciente, por supuesto, de que, al sugerirle algo así, estarás animando a Francesca a dedicar más tiempo aún al ajetreo de la vida social. -Diablo frunció el ceño con fingida preocupación-. Yo entendería que no consiguieras reunir el valor de hacerlo: debe ser frustrante, recién casado como estás, ver a tu mujer tan solicitada.

Gyles no pudo evitar poner mala cara, y la puso aún peor cuando Diablo sonrió maliciosamente y, con un saludo, se alejó de él.