El no era tan transparente. Si Diablo había logrado poner el dedo en la única llaga abierta por el éxito social de Francesca, era sólo porque él mismo se había sentido, o tal vez aún se sentía, igual. El ajetreo de la vida social no estaba pensado para propiciar la armonía matrimonial. Las bodas, sí, pero no lo que venía después. Y era eso, la fase de después de la boda, lo que ahora lo consumía.
Y Francesca. Las dificultades no las tenía él sólo, y daba gracias por eso. También ella se aferraba a las contadas horas que podían pasar juntos, en su biblioteca, leyendo cómodamente, discutiendo a veces, intercambiando puntos de vista…, conociéndose mejor el uno al otro.
Pero a medida que la alta sociedad la iba descubriendo, aquellas horas de intimidad se habían ido reduciendo. Hasta desaparecer.
Ella se pasaba las mañanas enteras de visita en visita -recepciones, tés matutinos-, habitualmente en compañía de su madre y de Henni, de Honoria o de alguna de las otras damas con que había trabado amistad. Todo muy inocente y correcto.
Rara vez iba a casa a comer, pero tampoco él. Mientras ella se pasaba las sobremesas haciendo nuevos contactos y fortaleciendo los que ya había hecho, él se las veía con el cúmulo de exigencias de la administración de su hacienda, o veía a sus amigos en sus clubes. Los dos se encontraban a la hora de la cena, pero nunca cenaban solos: ahora se les requería constantemente, a medida que más y más anfitrionas la descubrían a ella.
Después de cenar, habían de asistir a numerosos bailes y fiestas: siempre volvían tarde a casa. Y aunque ella siguiera entregándose a sus brazos deseosa y ardiente, aunque se amaran tan apasionadamente como siempre, no dejaba de crecer una sensación de privación, una carencia.
Él era conde: no debería sentir que le faltara nada.
– Un mensaje de la calle North Audley, señora.
Francesca dejó su rodaja de pan y cogió la nota plegada de la bandeja de Wallace.
– Gracias. -Desdobló la nota, la leyó y miró a Gyles-. Vuestra madre y Henni no se encuentran muy bien, pero dicen que no me moleste en pasar a visitarlas. Dicen que es sólo un resfriado.
– No hay por qué arriesgarse a pillarlo también. -Gyles la miró por encima de la Gazette de esa mañana-. ¿Afecta a vuestros planes su indisposición?
– Íbamos a acudir a un té en casa de las señoritas Berry, pero la verdad es que no me apetece ir sola.
– Claro que no. Seguro que allí la más joven os saca diez años. -Gyles dejó la Gazette a un lado-. Tengo una sugerencia.
– ¿Ah, sí? -Francesca alzó la vista.
– Venid a pasear conmigo. Hay algo que quiero enseñaros.
A ella le picó la curiosidad.
– ¿Dónde?
– Lo veréis cuando lleguemos allí.
Para asombro de Francesca, «allí» resultó ser Asprey, la joyería de la calle Bond. Y el «algo» era un collar de esmeraldas.
El dependiente le abrochó el cierre bajo la nuca. Maravillada, alzó una mano para tocar las grandes esmeraldas talladas en forma de óvalo. Gyles había insistido en que no se cambiara su vestido de día, de amplio escote; ahora entendía por qué. Las esmeraldas centelleaban, como fuego verde sobre su piel.
Se giró a un lado y a otro, admirando el juego de la luz sobre las piedras, observando que sus ojos se volvían más profundos, como si reflejaran el fuego de las esmeraldas. El collar no era ni demasiado pesado ni demasiado recargado. Tampoco era tan delicado que corriera el riesgo de quedar eclipsado por su propio rotundo exotismo.
Parecía que lo hubieran hecho expresamente para ella…
Miró detrás de su propio reflejo y vio a Gyles, detrás de ella, intercambiar una mirada de aprobación con el viejo propietario de la joyería, que había salido de la trastienda a mirar.
Francesca se volvió y cogió a Gyles de la mano.
– ¿Encargasteis esto para mí?
Él la miró desde su altura.
– No tenían nada que fuera del todo adecuado. -Le sostuvo la mirada un instante antes de apretarle los dedos y soltarse la mano-. Dejáoslo puesto.
Mientras él felicitaba al joyero, el dependiente ayudó a Francesca a ponerse su pelliza. Francesca se la abotonó hasta la garganta. Fuera hacía bastante frío, pero no era ésa la razón. Sospechaba que el collar valdría una pequeña fortuna. A lo largo de las últimas semanas, había visto muchas joyas, pero ninguna de tan sencilla y de tan extraordinaria valía.
Gyles deslizó en su bolsillo el estuche de terciopelo del collar, luego la recogió y abandonaron la tienda. Ya en la acera, él reparó en el cuello de su pelliza subido hasta arriba y sonrió. Tomándola del brazo, la condujo calle arriba.
– ¿Adonde vamos ahora? -preguntó Francesca. Habían dejado el coche en Piccadilly, en dirección contraria.
– Ahora que tenéis el collar, necesitáis algo que haga juego con el.
Lo que tenía en mente era un vestido, otra pieza creada según sus indicaciones. Había requerido los servicios de uno de los modistos más exclusivos de la alta sociedad; Francesca, de pie ante el espejo de cuerpo entero del probador privado de su salón de la calle Bruton, no pudo sino admirarlo.
Era un vestido sencillo, de líneas sobrias, pero sobre ella se convertía en una declaración de sensual aplomo. El canesú, confeccionado en gruesa seda verde esmeralda, le quedaba como una segunda piel; el escote, en pico, no era ni alto ni bajo, pero debido al corte del vestido había de atraer todas las miradas sobre sus senos…, de no ser por el collar. Collar y vestido se complementaban a la perfección, sin que uno menoscabara lo otro. Desde la cintura, alta, la seda caía con donaire, para estallar en sus caderas en una elegante falda a capas.
Francesca contempló a la dama del espejo, vio sus pechos subir y bajar, vio las esmeraldas despedir destellos de fuego verde. Sus ojos parecían enormes, su pelo un remolino de negros rizos anclado sobre su cabeza.
Miró a Gyles, que estaba sentado tranquilamente en una butaca, a un lado. Gyles captó su mirada, luego volvió la cabeza y dijo algo al modista en francés, una lengua que Francesca no entendía. El modista salió discretamente y cerró la puerta.
Gyles se incorporó; fue a ponerse de pie tras ella. Miraba su reflejo.
– ¿Os gusta?
La recorría con la vista de pies a cabeza. Francesca meditó su respuesta, estudiando lo que podía leer en la cara de él, desprovista de máscara en aquel momento.
– El vestido, el collar. -Alzó los brazos, con las palmas hacia arriba-. Son preciosos. Gracias.
Por lo que le había permitido llegar a ser. La había convertido en su condesa de nombre y de hecho. Ahora era suya. Suya para vestirla y cubrirla de joyas. Suya.
Ella lo había deseado, había soñado con ello, lo había aceptado. Había rezado para que él lo deseara también. Volvió la cabeza, le puso una mano en la mejilla y guió sus labios hasta los suyos. Sintió las manos de él cerrarse en torno a su cintura mientras sus bocas se encontraban, se rozaban y finalmente se fundían. Pero sólo un instante.
El súbito efluvio de calor y de deseo hizo que ambos se separaran rápidamente. Sus miradas se cruzaron; sus labios esbozaron idénticas sonrisas de complicidad.
Él le sostuvo la mirada; luego alzó una mano y rozó ligeramente la prieta cúspide de uno de sus pechos.
– Podéis agradecérmelo más tarde.
Así lo hizo, dedicando a esa ocupación la mayor parte de la noche. A lo largo del día siguiente, entre visitas y charlas, mientras escuchaba y bebía té, la mente de Francesca volvía una y otra vez a sus recuerdos embriagadores. En un cierto momento, Honoria le arqueó una ceja acusadora que la hizo ruborizarse. Se preguntó quién más habría sabido ver a través de su velo social y adivinado la causa de su distracción.
A la mañana siguiente, desayunó con Gyles, lo que se estaba convirtiendo para ellos en una costumbre inviolable. Él le preguntó por los compromisos del día y le sugirió luego que se pusiera la pelliza y lo acompañara a dar un paseo corto en la calesa para probar las maneras de su nuevo tiro de zainos.