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La tuvo secuestrada todo el día.

Haciendo oídos sordos a sus protestas, atravesó las calles zumbando para llevarla al centro, a St. Paul's, donde pasearon cogidos de la mano, contemplando los monumentos y las placas; a la Torre y el Puente de Londres; luego a ver la Aguja de Cleopatra; después al Museo.

Fue, en más de un sentido, una jornada de descubrimientos compartidos; como ella lo acribillaba a preguntas, él acabó por admitir que no había visitado aquellos lugares en mucho tiempo: desde que tenía diez años.

Eso la hizo reír; él se vengó sometiéndola a un tercer grado sobre su vida en Italia.

De hecho, sus preguntas fluían con tanta soltura, se encadenaban tan fácilmente, que ella empezó a sospechar que el propósito oculto de la excursión era, al menos en parte, el de saber más de ella.

Respondió a su interrogatorio de buena gana, con el corazón alegre.

Gyles captó sus miradas sagaces, reparó en la luz que centelleaba en sus ojos. Ella se habría emocionado más incluso, de haber sabido cuál era su principal motivación. Era cierto que quería saber más de ella, pero su motivo más profundo, el más poderoso, para pasar con ella el día entero era sencillamente que lo necesitaba.

Gyles necesitaba pasar tiempo en su compañía para mitigar una extraña inquietud, para tranquilizar al bárbaro haciéndole saber que seguía siendo suya de día, tanto como lo era de noche. Necesitaba ese tiempo para atraerla hacia sí con algo más que sus brazos y sus besos. Necesitaba demostrarse a sí mismo que podía.

Cuando encaminó a los zainos de vuelta a casa, Francesca suspiró; sonriendo suavemente, apoyó la cabeza en el hombro de su marido. Él agachó la suya y depositó un beso fugaz sobre su frente. La sonrisa de Francesca se ensanchó, y se arrimó más a él. A Gyles se le pasó por la cabeza que la estaba cortejando, aunque no en el sentido habitual. No la estaba cortejando para que se enamorara de él. Estaba cortejando a su esposa para que ella no dejara de amarlo.

Seguiría haciéndolo hasta su muerte.

Almack's. Francesca había oído hablar de ello, por supuesto, pero no se había imaginado que fuera tan insulso, tan… aburrido. El de esta noche no era uno de los habituales bailes de abonados: el año estaba demasiado avanzado para eso. En esta ocasión, las anfitrionas habían invitado graciosamente a los admitidos en sus círculos que se encontraban todavía en la ciudad a una última velada en los salones consagrados.

Echando un vistazo crítico a su alrededor mientras paseaba por la sala principal del brazo de Osbert, Francesca tenía la impresión de que a los salones consagrados les iría bien un cambio de decoración. Por otra parte, el gentío que los llenaba era lo bastante glamuroso y deslumbrante como para desviar la atención del desangelado, casi desaliñado, decorado.

Lady Elizabeth y Henni la habían animado a acompañarlas; le habían explicado que aquélla era una ocasión de dejarse ver que una condesa nueva no podía permitirse desaprovechar. Al enterarse de sus planes durante el desayuno, Gyles había sugerido que se pusiera el traje nuevo y las esmeraldas.

Cuando se la encontró en el recibidor, a punto de salir, se había quedado parado, vacilando. Tenía el rostro oculto en las sombras; luego le había cogido la mano, se la había llevado a los labios y le había dicho que estaba deslumbrante.

El vestido y el collar la habían armado de seguridad. Los sentía como una coraza, con la atención que habían despertado. La conciencia de que su aspecto era magnífico le había permitido afrontar tanta mirada escrutadora con serenidad incomparable. Bajo los auspicios de lady Elizabeth y lady Henrietta, como era formalmente conocida Henni, había sido presentada a todas las anfitrionas. Todas le habían expresado su aprobación; todas le habían manifestado su deseo de que las visitara asiduamente en los años venideros.

– ¿Por qué? -Francesca le tiró a Osbert de la manga. Había llegado poco después que ellas y había ido directamente a su lado-. ¿Por qué habría de querer venir aquí a menudo?

– Bueno -contemporizó Osbert-, en vuestro caso, supongo que no hay mucha necesidad. Querréis dejaros caer de vez en cuando para estar al tanto de cuáles son las más agraciadas de las nuevas remesas de jóvenes damas, qué caballeros están buscando esposa, etcétera. Pero hasta que no tengáis una hija casadera, no veo qué utilidad os puede deparar este lugar. Excepto en ocasiones como ésta, por supuesto.

– Incluso así. -Francesca hizo un gesto señalando a la multitud-. ¿Dónde están los caballeros? La mayor parte de los que veo son muy jóvenes, y dan la impresión de que sus madres los han traído a rastras. La mitad están de morros. -Le recordaban poderosamente a Lancelot Gilmartin-. Se ven pocos que, como usted, hayan osado meterse en la boca del lobo. -Le dio unas palmaditas en el brazo-. Se lo agradezco.

Osbert se ruborizó y pareció sumamente halagado. Francesca sonrió. Examinando el gentío, suspiró.

– Aquí no hay caballeros como Gyles.

Osbert se aclaró la garganta.

– Los caballeros como Gyles suelen…, eh…, frecuentar más sus clubes.

– Después de pasarse todo el día en sus clubes, pensaba que preferirían pasar las noches en compañía femenina.

Osbert tragó saliva.

– Al primo Gyles y los de su tipo no se les anima precisamente a traspasar los umbrales de este lugar. Vaya, no parece que vayan buscando doncellas casaderas, ¿no?

Francesca buscó la mirada de Osbert.

– ¿Está seguro -murmuró- de que no se trata más bien de que las anfitrionas traten de evitar a invitados que no puedan controlar?

Osbert enarcó las cejas; parecía muy sorprendido.

– La verdad, nunca lo vi de esa manera, pero…

Un revuelo cerca del arco de entrada atrajo su atención. Francesca no alcanzaba a ver nada entre la multitud; Osbert estiró el cuello, echó un vistazo y se volvió de nuevo hacia Francesca, con expresión atónita.

– ¡Vaya! Qué aparición.

– ¿Qué pasa? -Francesca le tiró de la manga, pero Osbert volvía a mirar en dirección a la entrada. Levantó la mano saludando.

Al cabo de un instante, el gentío que había ante ellos se disgregaba hasta abrir un paso. Gyles apareció andando con paso resuelto.

– Señora. -Hizo una breve inclinación de cabeza y le cogió la mano, ignorando su expresión atónita.

Miró a Osbert, que estaba pugnando por ocultar una sonrisa. Gyles le miró a los ojos; Osbert se refugió de golpe tras su acostumbrada máscara indefinida. Hizo una inclinación de cabeza.

– Primo.

Gyles correspondió con otra inclinación y luego miró a Francesca.

Sonriendo encantada, liberó los dedos de su mano, sólo para agarrarle de la manga y deslizarse hasta su posición acostumbrada, a su lado, en la que tan cómoda se encontraba.

– Creía que a los caballeros como vos no se les animaba a acudir aquí.

Su mirada topó con unos duros ojos grises.

– Vos estáis aquí.

Gyles deslizó la vista por sus hombros, por las esmeraldas que centelleaban sobre su fina piel. El frufrú de faldas acercándose le hizo volverse, librándole de hacer comentarios más explícitos.

– Gyles, querido… ¡qué sorpresa! -Su madre lo interrogaba con los ojos. El la besó en la mejilla y miró a Henni.

Henni señaló con la cabeza el arco de acceso.

– Desde luego, has hecho una entrada espectacular. La condesa Lieven todavía está ahí parada, estupefacta.

– Le vendrá bien. -Gyles echó un vistazo a la multitud. No había tantos caballeros como esperaba. Como se temía-. Venid. -Dirigió una mirada a Francesca-. Ya que he hecho el supremo sacrificio de ponerme unos bombachos, bien podemos darnos una vuelta.

– Sí, hacedlo. -Su madre le interceptó la mirada-. Id por allí. -Señaló hacia un arco que daba a una serie de antesalas. Gyles hizo una inclinación de cabeza y se fue con Francesca en esa dirección. Presumiblemente, habría alguien ahí a quien convenía hacer saber que estaba pendiente de su esposa.