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Su despampanante y cautivadora condesa, tan hermosa que era imposible quitarle los ojos de encima. La redomada estupidez que había demostrado al sugerirle que se pusiera el vestido nuevo se había vuelto contra él. En realidad, lo había hecho sólo porque se moría de ganas de vérselo puesto, y Almack's era seguramente el más inocente de los escenarios para ello; o ése había sido su razonamiento sobre la marcha. La verdad le había golpeado entre los ojos cuando, con petulante expectación, había salido de la biblioteca al oír sus pasos bajando las escaleras y la había visto, vestida y enjoyada, cien veces más sensual y provocativa de lo que él se la había representado en su imaginación.

El público de Almack's era esencialmente inofensivo. Cualquier caballero allí presente no sería de mala índole. Pocos lobos se molestarían en ir ahí a husmear. Todo eso y más cosas por el estilo era lo que se había repetido mientras pugnaba por concentrarse en el texto de un proyecto de ley.

Todo inútil. Había tenido que apartar los papeles y subir a cambiarse; y había sorprendido a Wallace sonriéndose cuando le pidió los bombachos.

De no haber sido por el efecto que Francesca ejercía sobre él así vestida y pegada a él, estaría poniendo muy mala cara. En vez de eso…, no se sentía tan reacio a pasar una hora dando vueltas en su compañía.

La mayor parte de aquellas matronas lo conocían. Los paraban a Francesca y a él continuamente; algunas de ellas osaban interrogarla, pero la mayoría se mostraban francamente intrigadas -gratamente sorprendidas- por su presencia. Francesca charlaba con su aplomo habitual. Estaba ya casi relajado cuando, al separarse de lady Chatham, se dieron de bruces con un caballero bastante corpulento, de rasgos rubicundos.

– Chillingworth. -Tras una cordial inclinación de cabeza, lord Albermale dirigió la vista hacia Francesca-. Y la señora es, supongo, vuestra flamante condesa, de quien tanto he oído hablar.

Gyles rechinó los dientes e hizo las presentaciones. Tenía la mano sobre la de Francesca, cogida de su manga; le apretó los dedos cálidamente.

– Milord. -Francesca acusó recibo altivamente de la presentación sin hacer ademán de apartar su mano del amoroso contacto de la de Gyles. Los ojos de lord Albermale le resultaban demasiado fríos, su mirada sobradamente calculadora.

Su señoría sonrió, fascinado, claramente decidido a satisfacer su curiosidad, aparentemente sin comprender el peligro al que se estaba exponiendo. Ella notó que Gyles se ponía tenso; se puso tensa ella misma, esperando que Gyles les excusara a ambos con algún frío comentario…

– ¡Gyles! ¡Qué alegría volveros a ver! -Una dama, alta e imponente, apareció a un costado de Gyles. Era bien parecida, de facciones duras y deslumbrantes. Fijó su mirada en los ojos de Francesca-. Lo cierto es que oí decir que os habíais ido a provincias a buscaros una esposa. ¿Debo suponer que se trata de la distinguida dama?

Siguió un silencio prolongado. Si antes estaba tenso, Gyles se había puesto ahora rígido. Francesca le hundió los dedos afectuosamente en la brazo, sosteniendo la mirada de la dama.

Finalmente, Gyles dijo, arrastrando las palabras y lanzándole una mirada fugitiva:

– Querida, permitidme presentaros a lady Herron.

Francesca esperó, con la cabeza alta y expresión serena. Al cabo de un instante, dos manchas de color afloraron en las mejillas de lady Herron. Le hizo una reverencia, un punto menos que cordial.

– Lady Chillingworth.

Francesca sonrió con frialdad, hizo una inclinación de cabeza y apartó la vista.

Desafortunadamente, hacia lord Albemarle.

– Mi querida lady Chillingworth, parece que los músicos van a obsequiarnos con una danza. Si quisierais…

– Lo siento, Albemarle. -Gyles interceptó la mirada sorprendida de su señoría-. Esta danza -enfatizó estas palabras para que Albemarle le entendiera bien- es mía.

Con una seca inclinación de cabeza a su señoría y otra a lady Herron, dio un paso atrás. Francesca le siguió, tras dedicarle a él una inclinación altiva. A lady Herron la ignoró completamente.

En el mismo instante en que comenzaron a bailar, Gyles supo que estaban en problemas. Gracias a lord Albemarle, se estaba sintiendo próximo en exceso a su bárbaro interior, con su máscara civilizada reducida a una capa de barniz. Por añadidura, el rostro de Francesca, el brillo desdeñoso de sus ojos, le revelaron al primer golpe de vista que había adivinado la naturaleza de su relación con lady Herron. En la mano que tenía puesta en su espalda, notaba la tensión con que vibraba toda ella, la onda expansiva de su furia al desplegarse.

Se armó de valor, jurándose que, dijera ella lo que dijera, no le fallaría; no reaccionaría mal, no en aquel lugar…

Ella alzó la vista; la expresión de sus ojos era de altivo disgusto.

– Qué grosera es esa mujer. -Su mirada resbaló hasta los labios de Gyles; transcurrió un momento, y volvió a alzar la vista para mirarlo a los ojos. Su enfado había desaparecido; alguna otra cosa, parecida a un ánimo posesivo, ardía en el verde de sus iris-. ¿No os parece?

Gyles se encontró apurado de repente: desechando de su mente la idea de que ella estaba a punto de montarle una escena a cuenta de sus relaciones pasadas, intentando hacerse a la idea de que estaba enfadada. Sí, lo estaba, pero no con él. Y que ese enfado había dado lugar, en este caso, a… intenciones de otro tipo.

La súbita erupción de su reacción lo pilló por sorpresa: estrechó su abrazo en torno a ella. Francesca, sin pestañear, se le acercó. Sus senos le rozaron la levita, y ella se estremeció y se apretó contra él aún más.

Gyles habría debido ponerse a rezar para que todos los que estaban observándoles se quedaran ciegos de pronto; en vez de eso, evolucionó con ella, dando vueltas lentamente por la pista, atrapado, encadenado voluntariamente, en el fuego de sus ojos.

Francesca comprendió de forma súbita, cegadora, y fue a tomar aquello que necesitaba. Celos, ánimo posesivo: había visto ambas cosas en él, pero nunca pensó que sentiría los mismos impulsos devoradores corroerle las entrañas. Aquella tensión les sostenía, se alimentaba y crecía entre los dos, de igual a igual, reflejados el uno en el otro. Fue ella la que movió la mano hacia su nuca, pasó las uñas suavemente entre sus cortos pelos, y él quien, durante un giro, la atrajo hacia sí tan fuerte que sus cuerpos se frotaron sensualmente, se fundieron durante un instante antes de separarse.

La ajustada funda de satén esmeralda la apretaba de pronto, era una piel de la que necesitaba deshacerse. Los dos estaban respirando superficialmente, entrecortadamente, cuando la música cesó.

– Venid. -Con rostro como esculpido en piedra, sin soltarle la mano, se dio la vuelta y la remolcó hacia la salida.

– Esperad. -Francesca volvió la vista atrás-. He venido con Henni y vuestra madre.

Deteniéndose bajo el arco de entrada, la miró.

– Supondrán que os habéis ido conmigo.

No había pregunta alguna en sus ojos, sólo un desafío. Francesca no vaciló: asintió y salió por delante de él.

Había traído el carruaje grande. La ayudó a subir; ordenó lacónicamente:

– ¡A casa! -Y entró tras ella. Nada más cerrarse la puerta, mientras el coche arrancaba con una sacudida, ella se lanzó sobre él.

Y él sobre ella.

Ella le enmarcó la cara entre las manos y sus labios se encontraron, se fundieron. Ella abrió los suyos, invitándolo a entrar, incitándolo a tomar. Y él tomó. Con tanta ansia como ella, con el mismo furor, la misma urgencia. Sus lenguas se tocaron, se enredaron, se enzarzaron en un duelo. Ella se acercó aún más a él, extendió las manos sobre su pecho; topó con un gemelo de su pechera y lo soltó.