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¿Cómo sobrellevarlo? Después de aquella noche, en que los dos habían dejado, consciente y deliberadamente, que la pasión desnudara sus almas, ésa parecía ser la única cuestión pendiente.

Ella volvió con un voluminoso tomo. Cuando lo depositaba sobre el escritorio, él alargó la mano y le aferró la muñeca. Francesca alzó la vista, enarcando las cejas. Él dejó la pluma -la tinta se había secado en la plumilla- y tiró de ella; ella se dejó conducir alrededor del escritorio.

– ¿Sois feliz aquí en Londres, alternando con la alta sociedad? -La soltó, bastante a su pesar, y se reclinó en su asiento.

Ella se apoyó en el escritorio y lo miró, con ojos transparentes, con una mirada franca.

– Ha sido divertido… Una experiencia nueva.

– Os habéis hecho muy popular.

Los labios de Francesca esbozaron una discreta sonrisa.

– Cualquier dama, siendo vuestra condesa, atraería sobre sí cierta atención.

– Pero la clase de atención que vos habéis despertado…

Ya estaba dicho; lo había admitido y puesto sobre la mesa. Ella le sostuvo la mirada un momento antes de apartarla. Transcurrieron unos instantes en silencio, y luego dijo:

– No puedo decidir a quién atraigo, ni dictar la naturaleza de las atenciones que recibo. De todas formas -volvió a mirarlo a los ojos- eso no significa que yo las corresponda o que valore dichas atenciones.

Él ladeó la cabeza, admitiéndolo.

– ¿Qué elementos -hizo una pausa antes de proseguir- os harían ver con buenos ojos, apreciar de corazón, las atenciones de algún caballero en particular?

La pregunta la pilló por sorpresa; sus ojos se ensombrecieron, se tornaron distantes mientras pensaba en la respuesta.

– Sinceridad. Fidelidad. Devoción. -Volvió a mirarlo a los ojos-. ¿A qué aspira cualquiera, hombre o mujer, dama o caballero, en ese terreno?

Él no se esperaba verdades tan sencillas, no había contado con su valor, con su tendencia a seguirlo, con temeridad y a cualquier coste, dondequiera que él la guiara.

Mirándose fijamente, se quedaron reflexionando y haciéndose preguntas… Albergando esperanzas.

Gyles sabía muy bien el terreno que pisaban. Hacían equilibrios al borde del abismo.

– Una tal Madame Tulane, una soprano italiana, da un recital en la gala final de Vauxhall esta noche. -Sacó un programa de mano de debajo del secante.

A Francesca se le iluminó la cara; él le pasó el programa y la observó mientras leía ávidamente los detalles.

– ¡Es de Florencia! Ay, hace tanto tiempo que no escucho… -Alzó la vista-. Vauxhall… ¿Es un sitio al que pueda ir yo?

– Sí y no. Podéis ir únicamente si yo os llevo. -No era exactamente cierto, pero tampoco era mentira.

– ¿Vais a llevarme?

Era evidente que le hacía ilusión. Él señaló a las estanterías.

– Si me echáis una mano con esas referencias, podemos salir en cuanto acabemos de cenar.

– ¡Oh, gracias! -El programa de mano salió por los aires; ella le lanzó los brazos alrededor del cuello y le besó.

Era la primera vez que se tocaban desde la pasada noche, o, más exactamente, desde aquella mañana.

Francesca se echó atrás. Se miraron fijamente a los ojos. Verde y gris sin máscaras, sin velos. Entonces ella le sonrió, se hundió en su regazo, y le dio las gracias debidamente.

Dejó de llover al mediodía; a las ocho de la noche, los jardines del Vauxhall estaban abarrotados de juerguistas, ansiosos todos por disfrutar de una última fiesta. Una humedad helada flotaba en el aire; las alamedas secundarias estaban oscuras y sombrías, pero igualmente atestadas, y puntuales gritos femeninos daban fe de su atractivo.

Gyles maldecía para sus adentros mientras conducía a Francesca a través del gentío. ¿Quién hubiera pensado que medio Londres iba a acudir, con semejante noche? Las hordas que se arremolinaban allí incluían a londinenses de toda condición, desde damas como Francesca envueltas en abrigos de terciopelo a mujeres de tenderos, pulcras y remilgadas, que miraban a su alrededor con curiosidad, y putas pintarrajeadas y adornadas con plumas, tratando procazmente de captar la atención de los caballeros.

– Si vamos por las columnatas, saldremos cerca de nuestro reservado.

Francesca podía ver la silueta cuadrada de lo que debían de ser las columnatas al frente. La multitud estaba tan apretada que iban parándose, deteniéndose a cada momento. En uno de aquellos intervalos, miró a su alrededor y vio, a menos de tres metros, a lord Carnegie.

Su señoría la vio a ella. Desvió la mirada hacia Gyles, y luego de nuevo hacia ella. Sonrió e hizo una inclinación.

La multitud se movió, ocultándolo a la vista. Francesca miró al frente y reprimió un escalofrío.

Llegaron a las columnatas. Gyles giró bajo el primer arco, justo en el momento en que un grupo de juerguistas salía en dirección opuesta. Francesca se vio atrapada, arrancada del costado de Gyles y empujada a retroceder por el camino.

Creyó que iba a perder pie y caerse. Recuperando el equilibrio, se esforzó por liberarse del tumulto. Le tiraban de su aparatoso abrigo ahora para un lado, ahora para otro.

Sintió que unas manos la agarraban del brazo; aun a través del abrigo, supo que no era Gyles. Se soltó de un tirón y se giró, pero entre el gentío que se abría paso a empujones no pudo ver quién había sido.

Tomó aire e intentó abrirse paso de nuevo hacia las columnatas. La muchedumbre se abrió en dos, y ahí estaba Gyles.

– ¡Gracias al cielo! -Tiró de ella hacia sí y la agarró fuerte-. ¿Estáis bien?

Ella asintió, cerrando el puño sobre su chaquetón.

– Vamos.

Gyles trató de ignorar la inquietud primitiva que le estremecía. La mantuvo pegada a él mientras avanzaban por las columnatas. Llegaron a la rotonda. A partir de ahí, el camino resultó más fácil, al estar compuesta la multitud mayoritariamente por personas más tranquilas y menos dadas a propinarse empujones.

Tal y como él había dispuesto, sus invitados les estaban esperando en el reservado que había alquilado. Francesca quedó desarmada y encantada.

– Gracias -dijo, cuando volvió, radiante, junto a él-. Esto no me lo esperaba. Habéis estado muy ocupado.

– Me pareció una buena idea.

Allí estaban Diablo y Honoria, al igual que su madre, Henni y Horace. Los Markham y sir Mark y lady Griswold, viejos conocidos con quienes habían intimado más desde que Francesca había entrado en su vida, completaban el grupo.

La noche transcurrió plácidamente. El reservado tenía una situación privilegiada; estaban a cuatro pasos de la rotonda, donde habían reservado asientos para las señoras de cara al recital. Los caballeros condujeron hasta ellos a sus esposas y luego se retiraron a una distancia segura para discutir los proyectos de ley en los que habían estado trabajando y otros importantes asuntos, como la caza y la pesca que pudieran practicar durante el invierno.

Al acabar el recital, Francesca se puso en pie, contentísima. Junto con Honoria, se dirigió a donde se encontraban sus maridos.

– ¡Vaya! -Una mano firme apareció y la agarró de la muñeca.

Francesca se volvió y luego sonrió.

– Buenas noches.

– Y muy buenas que están siendo para vos, eso está claro. -Lady Osbaldestone se volvió hacia Helena, duquesa viuda de St. Ives, que estaba sentada detrás de ella-. Os dije que ocurriría, más temprano que tarde. -Girándose de nuevo hacia Francesca, le soltó la mano y le dio en ella un golpecito de amonestación-. Ahora que le habéis puesto los arreos, sólo tenéis que aseguraros de que no suelte el bocado, muchacha. ¿Comprendido?