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Gyles se levantó, se acercó a su butaca, la ayudó a ponerse en pie y cerró los brazos en torno a ella.

– ¿Habéis pasado miedo?

Ella se aferró a él.

– No. Bueno…, quizás un poco. No sabía qué estaba ocurriendo… No sabía que nuestros mozos iban armados ni que eran ellos los que habían disparado. ¡Creía que era a nosotros a quien disparaban!

Gyles estrechó su abrazo, la meció un poco y apoyó la mejilla en su pelo.

– Está bien. No ha pasado nada. -Gracias a Dios-. Me temo que esta clase de sucesos no son infrecuentes, y es por eso por lo que ordené a John que se llevara a dos mozos con él. En esta época del año, con toda la gente rica que se va de Londres, las afueras de la capital brindan los botines más sustanciosos.

Pero los salteadores normalmente asaltaban a los viajeros de noche, o al menos bien avanzada la tarde. Hacerlo a plena luz del día era demasiado arriesgado.

Francesca se apartó un poco, más tranquila.

– Tengo que ir a cambiarme. Creo que me daré un buen baño.

A Gyles no se le había pasado por alto su afición a los baños relajantes. La soltó.

– Esta noche cenamos en casa, ¿no?

– Sí. La ronda social se va calmando, así que no seremos más que nosotros dos. ¿Os aburriréis?

Gyles enarcó una ceja.

– Tendréis que ocuparos vos de que no sea así.

– Ah… Las obligaciones que comporta ser vuestra condesa… -Con aire lánguido, le hizo una reverencia y se dirigió a la puerta-. Iré a recuperar fuerzas.

Gyles se echó a reír. La puerta se cerró tras Francesca, y su risa se extinguió. Volvió a su escritorio.

Ella había dicho que valoraba la sinceridad; que quería que fuera sincero con ella. Cuando, después de cenar, entraron a la biblioteca, Gyles pensó en la verdad, pensó en qué parte de ella podía permitirse revelar. Pensó en por qué era necesario.

Francesca fue al escritorio a coger la última lista de referencias. Él le agarró la mano.

– No.

Se volvió hacia él, con las cejas arqueadas. Él le señaló la chaise longue.

– Sentémonos. Quiero hablar con vos.

Intrigada, se sentó junto al fuego. Él lo hizo a su lado. Los leños crepitaban sonoramente; Wallace los había encendido mientras cenaban.

Era mejor no pensárselo mucho. Mejor cabalgar simplemente hacia el combate como habían hecho sus antepasados, confiando en vencer.

Desvió la vista del fuego a los ojos de su esposa, de las llamas crepitantes al verde vibrante de su iris.

– Todo indica que tenemos un problema. Han estado ocurriendo cosas, cosas extrañas. Admito que no hay razón para pensar que sean intencionadas -bloqueó la visión de las riendas atravesadas en el sendero-, pero no puedo evitar el sentirme preocupado.

Se produjo un frufrú de sedas al girarse ella para mirarlo de frente.

– ¿Os referís a los salteadores? Pero dijisteis que esas cosas son de esperar.

– No exactamente de esperar, y no tal como ocurrieron. A la luz del día, sin que se exhibieran pistolas y -concentró la mirada en sus ojos- el carruaje se dirigía hacia Londres, no salía de la ciudad.

– Pero ha debido de ser…, vaya, una casualidad, que atacaran mi carruaje.

– Ha debido de ser. -Gyles sintió que su rostro se endurecía-. Como aquel incidente con vuestro aliño especiaclass="underline" debió de ser un accidente. Sin embargo…

Ella ladeó la cabeza, con los ojos fijos en los de él.

– ¿Sin embargo, qué?

– ¿Y si no lo hubiera sido? -Le cogió la mano, sosteniéndola simplemente, sintiendo su calor en la suya-. ¿Y si, por alguna razón que ahora mismo somos incapaces de imaginar, alguien está pensando en atentar contra vuestra vida?

De no haber sido por el tono de su voz y la expresión de sus ojos, puede que Francesca hubiera sonreído. En vez de hacerlo, recordando al padre que él había perdido, imaginando lo que podía significar ahora para él, enroscó sus dedos en torno a los de él.

– Nadie pretende atentar contra mi vida. No hay ninguna razón para que nadie quiera hacerme daño. Que yo sepa, no tengo enemigos.

Él bajó la vista hacia sus manos entrelazadas. Al cabo de un momento, correspondió a la presión afectuosa de los dedos de ella.

– Sea como sea, ése no es, en sí mismo, el problema al que he aludido.

Ella trató de verle los ojos, pero él seguía mirando sus manos enlazadas.

– Nuestro problema, sobre el que tenemos que discutir y llegar a algún acuerdo -levantó la vista-, es mi preocupación.

Los velos empezaban a brillar, a levantarse. No era, según estaba descubriendo ella, práctica habitual de John Coachman llevar consigo a un mozo de cuadras, y menos aún a dos bien armados. Le sostuvo la mirada a Gyles.

– Habladme de esta preocupación vuestra.

No era una exigencia, lo estaba animando.

Exhaló.

– No me es… cómodo. -Desvió la mirada al fuego. Transcurrió un momento, y entonces la miró a los ojos-. Desde el momento en que nos conocimos, siempre que estáis en peligro, peligro del tipo que sea, real o imaginado, esté yo con vos o no, siento… -Su mirada se tornó introspectiva, y después volvió a dirigirla a sus ojos-. Soy incapaz de describirlo: negrura, un frío gélido, dolor, aunque no físico. Un dolor de otro tipo. -Dudó, y luego añadió-: Un miedo infernal.

Ella correspondió a su mirada y le apretó más los dedos.

– Si estoy con vos, no es tan malo: puedo hacer algo, salvaros, y todo acabará bien. Pero si yo no estoy allí, y creo, no obstante, que estáis en peligro… -Apartó la vista. Al cabo de un momento, inspiró largamente y volvió a mirarla-. ¿Podéis entenderlo?

Ella lo consoló con los ojos, le presionó la mano.

– ¿Es por eso que me pusisteis tantos guardianes en el castillo?

Él se rió, breve y ásperamente.

– Sí. -Se puso en pie, y ella dejó que se soltara de su mano, le observó caminar hasta la chimenea, dio un puñetazo contenido en la repisa y se quedó mirando a las llamas-. Si no me es posible estar con vos, me siento obligado a hacer todo lo que esté en mi mano, a poneros tantos guardias como pueda, a protegeros en cualquier forma que pueda. -Al cabo de un instante, añadió-: No es algo sobre lo que pueda tomar una decisión racional. Es algo que debo hacer.

Ella se puso en pie, y fue con él.

– Siendo así… -Se encogió de hombros y le tocó el brazo-. Me aguantaré con los guardias… No tiene mayor importancia.

Él le dirigió una mirada severa.

– No os complace que los lacayos vayan pisándoos los talones por todas partes.

– Ni tampoco que mi doncella se tenga que pasar la mitad del día en mi habitación, sólo para vigilar mis cosas. No obstante, si eso os tranquiliza…, -se acercó a él, elevando la cara hacia la suya, hablando directamente a sus nublados ojos grises-… no dejaré que me moleste. No me agradará, pero esas cosas no me importan… -Se detuvo, sosteniéndole la mirada-. No tanto como me importáis vos.

El entusiasmo de Gyles chocó con algo más primitivo, con el temor que nunca se alejaba del todo de su mente. Durante un instante, sintió vértigo; luego se enderezó.

– ¿Aceptaréis tantos guardianes como os asigne?

– Siempre que me lo advirtáis, para no sorprenderme cuando los vea. -Sus ojos verdes se encontraron con los de él; sus cejas se arquearon.

Él hizo una mueca.

– Habrá siempre una doncella en vuestra habitación y un lacayo os acompañará en todo momento; habrán de teneros a la vista dentro de la casa, y de seguiros a corta distancia fuera de ella.

– A menos que esté con vos.

Él asintió.

– Y si salís a pasear a donde sea, dos lacayos os acompañarán.

– ¿Algo más?

– John irá con un mozo más cuando os lleve a vos.

Francesca esperó un poco y luego preguntó: