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Más que su gordura, le molestaba la forma en que le funcionaba la cabeza, siempre dispuesta a creer todo tipo de fantasías. Que todos habían vivido cientos de vidas y era posible ponerse en contacto con sus encarnaciones anteriores, y que había gente capaz de leer la mente, y que los dioses y los espíritus y quizá hasta las brujas y los duendes eran reales… Cosas así. Todas esas creencias no tenían sentido para él. El mundo real no la había tratado muy bien, y por eso vivía en un puñado de reinos imaginarios. Le había enseñado fotos en las que aparecía disfrazada con trajes medievales. En una de ellas vestía incluso armadura, una gorda damisela dispuesta a marchar a las Cruzadas. Oh, Jesús. No le extrañaba que le encantaran los sueños espaciales.

Pero tenía que averiguar si todo este tinglado sucedía realmente.

En el bosque había total tranquilidad. El viento en la copa de los árboles, nada más. Y un dulce olor a pino. Empezaba a gustarle ese sitio.

—¿Por qué no crees que de verdad tenemos esos sueños? —le preguntó ella.

Ferguson la miró.

—Por dos cosas. Una, porque toda mi vida he estado tratando con gente que experimenta cosas que yo no experimento. Gente que va a la iglesia, gente que cuelga guirnaldas en los árboles de Navidad, gente que piensa que sus plegarias son contestadas… Gente que se siente segura. ¿Sabes de lo que hablo? Nunca he tenido segundad en nada, excepto en que tuve que fabricarme mi propia suerte porque nadie más la iba a fabricar por mí. ¿Me sigues?

»A veces me gustaría rezar, como hace todo el mundo, pero sé que eso no vale para nada. Así que me siento aislado de lo que un montón de gente sabe con certeza. Y cuando esos extraños sueños llegan y todo el mundo dice «qué maravilla, qué maravilla», y yo no los tengo… ¿Sabes cómo me siento? Vamos, dime que soy un paranoico. Debo de serlo, o no estaría en un sitio como éste; pero nunca he podido creer en nada que no pudiera tocar con mis propias manos…, y no estoy tocando esos sueños.

—Dijiste que había dos cosas, Ed.

—Ésta es la otra: ¿sabes que se supone que yo debería estar en la cárcel?

Ferguson se preguntó por qué le estaba contando tantas cosas sobre su vida. Ella podría utilizarlas después para lastimarle. No, pensó: ella no. La dulce April no.

—Me declararon culpable por fraude. Vendía viajes al planeta Betelgeuse Cinco. Prometíamos enviarte a no me acuerdo cuántos años-luz, quince, cincuenta, no en carne y hueso, sino a través de tu mente, por un proceso de metem…, metem…

—¿Metempsicosis?

—Sí, eso es. La gente picaba por docenas. Me extraña que no estuvieras en la lista. Cristo, a lo mejor estabas… Todo el mundo quería ir, pero por supuesto era una farsa: íbamos a decir que teníamos problemas con el proceso y devolveríamos el dinero más tarde…, pero entretanto acumulábamos intereses, ¿comprendes? Millones. Y entonces nos pescaron. Me pescaron. Algunos escaparon, a mí me cayó una buena.

»Pero lo que me está royendo es que ahora la estafa se hace real, April, en reverso, y el maldito Betelgeuse Cinco está metempsicotizándose a la Tierra. Eso es lo que me resulta tan increíble: pensar que de repente las mentes de la gente se han puesto en contacto con otras estrellas, justo lo que yo vendía. Sabía que lo mío era un timo, pero esto…

—Esto es real, Ed.

—¿Cómo puedo saberlo? A veces pienso que los bastardos me están engañando, preparando todo esto para confundirme…

Ahora estaban en el interior del bosque. Los dos solos. ¿Es eso realmente lo que creo?, se preguntó Ferguson. ¿Que es una especie de conspiración? Lacy, allá en San Francisco, veía a la cosa con cuernos grande y dorada. Aleluya ha visto lo mismo. ¿Podía Lacy estar también en el ajo? No, ¿cómo podría haberle contado su sueño a Aleluya? Ni siquiera sabía de la existencia de Aleluya. Incluso él tenía que admitir que era imposible dudar acerca de los sueños…, pero lo hacía.

—Cuéntame lo que viste esta mañana, April. Lo de la gente medusa.

—Se supone que no puedo desobedecer…

—Jesús… —dijo él.

Estaban completamente solos. No había nadie alrededor más que las ardillas. Sonrió y se aproximó a ella. Por un instante, ella le dirigió una mirada temerosa, preocupada.

—Podrías ser muy atractiva, ¿sabes? —le dijo Ferguson, atrayéndola hacia sí.

Ella vestía un jersey azul de cachemira, muy suave al tacto. Él introdujo la mano bajo el jersey y sintió su pecho desnudo, tan grande que no podía abarcarlo con los dedos. Ella cerró los ojos y comenzó a gemir. Ferguson encontró el pezón y lo frotó lentamente con el pulgar, y en un instante se endureció como un guijarro. Ella apretó su vientre contra el de él, una y otra vez, y emitió unos débiles jadeos.

Entonces él retiro la mano.

—No te detengas…

—Quiero saber. Necesito saber. Dime lo que viste.

—Ed…

Él sonrió. La beso en la boca, y deslizo la lengua por entre sus labios, y le palpó el pecho otra vez, por fuera del jersey.

—Cuéntame.

—De acuerdo. De acuerdo. —gimió ella—. No te pares y te lo diré. El cielo del mundo con el que soñé esta todo encendido, hay un billón de estrellas rodeando a ese planeta, así que es de día todo el tiempo, de día y brillante. Y esos seres flotan por la atmósfera. Son gigantescos, y parecen enormes medusas transparentes, con apéndices que se mueven, muy intrincados. ¡Oh, Ed, no debería contártelo!

Él acarició su pezón erecto.

—Lo estás haciendo muy bien. Sigue.

—Cada entidad es como una colonia de seres. El cerebro es la zona oscura del centro, y luego están las cosas que se mueven, que son las que cazan la comida, y las patitas como remos, que son las que impulsan la colonia, y los que… hacen la labor reproductora, y… Oh, no sé, debe de haber otras cincuenta clases, todos juntos, cada uno con una mente propia pero todos conectados a la mente principal. Y por fuera de todo están los perceptores, que funcionan como ojos en medio de toda esa luz resplandeciente, pero no son exactamente ojos, porque están por todo el exterior y…

—¿Era igual que el otro sueño que tuviste?

—No lo sé, Ed. Me borraron los recuerdos. Lo perdí. Pero creo que debe de haber sido el mismo, porque es una proyección real de un mundo auténtico, ¿y cómo iba a ser diferente cada vez?

Él no sabía si era una proyección o no, pero su descripción era la misma, ciertamente. Había usado algunas frases exactas de la otra vez, hacía dos, tres o cuatro días, cuando por primera vez le había hablado de la gente medusa y el cielo lleno de luz. Él no podía recordar ese día más que ella, pero todo estaba registrado en su anillo. Y eso era lo que ella había dicho y él transcrito, seres apiñados, y apéndices, y un cerebro oscuro en un cuerpo transparente.

—No debes decir que te lo he contado, Ed…

—No, por supuesto que no.

—Abrázame otra vez, ¿quieres?

Él asintió. La cara de April se acercó a la suya, los ojos brillantes, los labios entreabiertos, la punta de la lengua bien visible. Pobre saco de grasa, pensó. Probablemente desea poder abandonar ese cuerpo y saltar a ese otro mundo y vivir como una medusa de tentáculos flotantes para siempre jamás.

—Oh, Ed, Ed…

Maldita sea, pensó. No hay manera de evitarlo: todos tienen esos sueños, todos menos yo. Comparten los mismos sueños, sólo Dios sabe cómo. Bastardos, bastardos… Todo el mundo menos yo.

Se preguntó qué utilidad podría sacar de eso. Tenía que haberla. Toda la vida había usado en su propio provecho los sucesos que otra gente experimentaba y él no. Muy bien, pues será igual con esto. Tal vez necesiten a alguien que sea inmune a los sueños, y quizá yo pueda utilizarlo para acabar con la maldita sesión de barrido diario, o algo semejante. Tal vez.