—¿Vas a meterte en el agua? —preguntó Robinson.
—¿Acaso crees que estoy loca? —rechazó ella, riendo.
Jamás nadaba en este sitio. Nadie lo hacía nunca, fuera en verano o en invierno. El agua estaba helada todo el año, como en toda la costa del Pacífico al norte de Santa Cruz, y un arrecife mar adentro volvía la superficie turbulenta e infranqueable. Cuando Elszabet quería nadar, lo hacía en la piscina del Centro. La playa para ella significaba otra cosa.
Al rato miró a Robinson, y vio que él la estaba mirando. El hombre sonrió y no desvió la mirada, como si hacerlo hubiera sido una admisión de culpa. En vez de eso, continuó mirándola un momento, y luego volcó su atención, deliberadamente, en las estrellas de mar.
Quizá esto no sea buena idea, pensó Elszabet. El nudismo era común en el Centro, pero aquí estaban los dos solos. Y sabía que Robinson estaba interesado en ella, aunque nunca lo había mencionado. Era una mujer atractiva, después de todo, y él un hombre fuerte, y existían lazos profesionales e intelectuales. Formarían un pareja ideal; todo el mundo en el Centro lo pensaba. Ella misma lo pensaba a veces. Pero no quería ataduras románticas, ni con Dan Robinson ni con nadie. No era el momento para ese tipo de cosas.
Se preguntó si había querido ser deliberadamente provocativa. O cruel. Esperaba que no.
Decidió no preocuparse más. Cautelosamente, se introdujo en el agua hasta que ésta le cubrió los tobillos. El frío le hizo soltar un silbido, pero pareció aliviar la presión que sentía en las sienes.
—He estado pensando en esos sueños —dijo Robinson—. Existe una posible explicación. Puede parecerte absurdo, pero a mí me lo parece menos que tratar de aceptar que un montón de personas tienen los mismos sueños raros por pura coincidencia.
A Elszabet no le apetecía mucho hablar de los sueños ni de ninguna otra cosa justo ahora, pero de todas formas, bastante amablemente, preguntó:
—¿Cuál es tu teoría?
—Que estamos recibiendo algún tipo de transmisión de una nave espacial que se aproxima.
—¿Qué?
—¿Te suena a locura?
—Diría que… es un poco rebuscado, ¿no?
—Yo diría lo mismo. Pero hay una evidencia racional que encaja en esto. ¿Sabes lo que era el Proyecto Starprobe?
Empezaba a sentirse incómoda, con los pies helados, desnuda y medio vuelta hacia él. Salió del agua y se sentó en la arena con la espalda apoyada en una roca y las rodillas recogidas contra el pecho. Su piel agradeció el roce del sol. No se puso la ropa, pero se notó un poco menos expuesta así sentada. Le pareció que el dolor de cabeza regresaba. Una ráfaga de aire le atravesó la frente.
—¿Starprobe? Espera un segundo… Se trataba de una expedición espacial no tripulada o algo por el estilo, ¿no?
—Sí, a Próxima Centauri, el sistema más cercano a la Tierra. La enviaron poco antes de la Guerra de la Ceniza, hacia el dos mil cincuenta o sesenta. Se puede comprobar la fecha. La idea era llegar a Próxima Centauri en veinte, treinta o cuarenta años, entrar en órbita, investigar los planetas y enviar imágenes…
Sí, el dolor de cabeza llegaba otra vez. Definitivamente.
—No veo qué tiene eso que ver con…
—Espera a ver qué te parece el resto. No lo he verificado, pero supongo que la Starprobe habrá alcanzado Próxima Centauri hace diez o quince años. Está a unos cuatro años luz de distancia, y creo que la nave podía alcanzar una cuarta parte de la velocidad de la luz, o algo así. En cualquier caso, aceptemos que la sonda ha llegado allí. Y que Próxima Centauri tiene formas de vida inteligente que viven en esos planetas. Salen en sus naves, inspeccionan la sonda y se ponen nerviosos. Así que desmantelan la sonda, y ésa es la razón de que nunca hayamos recibido mensajes de vuelta. Entonces envían una expedición por su cuenta para ver cómo es la Tierra y si es peligrosa para ellos, y todo lo demás.
—¿Y sugieres que esa misión espía anuncia su llegada bombardeando la Tierra al azar con alucinaciones de otros mundos? —preguntó Elszabet. Robinson era un hombre amable, pero deseaba que la hubiera dejado sola un rato—. No me parece muy plausible.
Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás para recibir directamente en la cara la luz del sol, rezando para que diera la discusión por terminada. Pero él pareció no darse cuenta del significado de su gesto.
—Bien, tal vez no vienen a espiarnos, ni a invadirnos —dijo—, sino sólo como embajadores.
Por favor, pensó ella. Que se calle. Que se calle.
—Y de alguna forma producen emanaciones telepáticas. Recuerda que son alienígenas, no podemos figurarnos siquiera cómo funcionan sus procesos mentales…, emanaciones que inculcan imágenes de sistemas solares distintos en las mentes de quienes son más susceptibles para recibirlos.
No había forma de pararle. Abrió los ojos y le miró, todavía lo suficientemente amable para no decirle que se fuera. Pero el tambor en su cabeza redoblaba. Antes parecía que algo quería salir; ahora sentía como si algo quisiese entrar.
—Tal vez enviar las imágenes es su forma de ablandarnos para la conquista, esparciendo confusión, miedo, pánico —prosiguió él—. ¿No crees? No…, sigue sin gustarte, ¿verdad? Muy bien. Sólo estoy especulando un poco, eso es todo. También a mí me suena increíble, pero no del todo imposible. Adelante, dime lo que piensas.
Robinson la miraba como un adolescente confundido. Claramente buscaba en ella alguna clase de confirmación de que su idea no era del todo descabellada. Pero ella no podía dársela. De repente dejó de importarle la idea, el propio Robinson, todo excepto la puñalada de dolor que había surgido entre sus ojos.
—¿Elszabet?
Ella trató de ponerse en pie, tropezó, casi cayó al suelo. Todo parecía verde y difuso. Notaba como si la hubieran cegado con una gruesa venda de lana verde. Y la lana intentaba escarbar hacia su mente como si fuera el tentáculo de una niebla intensa que invadiera su conciencia.
—Dan… No sé lo que me está pasando, Dan…
Pero lo sabía. Es el Mundo Verde intentando abrirse camino hasta mi mente, se dijo. Una loca alucinación. Sueño despierta. ¿Podría ser eso? ¿El Mundo Verde?
Me estoy volviendo loca, pensó.
Jadeando, sollozante, se arrastró por la arena y se introdujo en el mar. El agua era como hielo, como llamas rodeando sus muslos, sus pechos. Intentó rechazar a la cosa que reptaba hacia su mente. Se tiró de los pelos, como si con eso pudiera hacerla salir. Entonces tropezó con una roca sumergida, resbaló y cayó de rodillas Una ola la golpeó en la cara. Se estaba helando. Se ahogaba. Enloquecía.
Y entonces, tan bruscamente como había comenzado, terminó.
Dan Robinson estaba a su lado, con el agua por las rodillas, y la conducía hacia la orilla, la guiaba hacia la franja de arena, la envolvía en la toalla. Ella tiritaba, y el frío había hecho que sus pezones se endurecieran de tal forma que se sonrojó cuando los vio. Se apartó de él.
—Dame la ropa —dijo, mientras recogía la camiseta.
—¿Qué fue eso? ¿Qué te pasó?
—No lo sé —murmuró—. Algo me golpeó de repente. Una especie de ataque. No lo sé. Algo extraño, que duró un segundo o dos y se marchó.
No quiso hablarle de la niebla verde. La idea de que una imagen del Mundo Verde había intentado introducirse en su conciencia ya le parecía absurda, una estúpida fantasía terrorífica. Y aunque hubiera sucedido en realidad, no se habría atrevido a confesárselo a Dan Robinson. Él la confortaría, seguro. Estaría incluso envidioso. Pensó en cómo había lamentado sólo media hora antes no haber tenido la suerte de experimentar uno de los sueños espaciales. Pero su acercamiento al asunto había sido completamente diferente.