—¡Maravilloso! —dijo Charley—. Escucha eso. Es poesía auténtica. Lo dice todo. Desvíate, Mujer. Creo que no queremos entrar en Modesto.
—Canta el resto —pidió Charley.
Pero Tom guardó silencio.
—Es aquí donde termina. Donde ejércitos ignorantes se enfrentan en la noche.
Tom cerró los ojos. Veía la Eternidad acercándose, un anillo de luz resplandeciente que se estiraba de un extremo al otro del universo. Se preguntó si venía una visión…, pero no, se esfumó tan rápidamente como había aparecido. Lástima, pensó. Sin embargo, sabía que regresaría antes de que pasara mucho tiempo; todavía la sentía revolviéndose al filo de su conciencia, dispuesta a saltar de nuevo. Algún día, se dijo, una visión llegará y me arrebatará hasta los cielos, como a Elías cuando fue tomado por el remolino, como a Enoc, que caminó con Dios y Él lo tomó.
—Mirad —dijo Charley—. Ahí empieza la carretera a San Francisco.
La furgoneta se dirigió hacia el norte, flotando, flotando, flotando hacia el mar sobre un colchón de aire. Mi carroza, pensó Tom. Soy conducido en esplendor hacia la ciudad blanca de la bahía. Una carroza de aire, no como la que vino en busca de Elías, que era de fuego con caballos de fuego y se lo llevó en un remolino al cielo.
—Hay un tipo de carroza en el Quinto Mundo Zygeron que está hecha de agua —dijo Tom—. Quiero decir del agua de ese mundo, que no es exactamente como la que tenemos aquí. Los del Quinto Zygeron viajan como dioses en esas carrozas.
—Escuchadle —dijo Stidge desde la parte trasera de la furgoneta—. El puñetero loco. ¿Para qué lo quieres, Charley?
—Cierra la boca, Stidge —ordenó Charley.
Tom miró al cielo y el cielo se convirtió en el cielo blanco del Quinto Mundo Zygeron, un escudo resplandeciente casi como el de la Gente Ojo, aunque no tan total, no tan sólidamente brillante. Los dos grandes soles, amarillo y azul, se alzaban en la bóveda de los cielos, y había una especie de arco rojo entre ellos y en derredor. Y los habitantes del Quinto Zygeron se dirigían flotando de sus palacios a sus templos, porque era la fiesta conocida como el día del Desconocimiento, cuando todo el dolor del año anterior era arrojado al mar.
—¿Podéis verlos? —susurró Tom—. Las carrozas son como lágrimas, tan grandes que pueden albergar a una familia completa, los padres de sangre y los padres de agua. Y la gente del Quinto Zygeron flota por el cielo como príncipes y señores…
Su mente se unificó con los mundos. Lo vio todo, y pudo comprender las palabras escritas en los libros, aunque los libros no eran libros ni las palabras palabras. Siempre le había ocurrido así, pero las visiones se hacían más y más nítidas cada año, los detalles más ricos, mas profundos.
—Sigue conduciendo, Mujer —dijo Charley—. No te detengas por ninguna causa. Y no digas ni una palabra.
—Los del Quinto Zygeron son los más grandes, los señores. ¿Podéis verlos ahora, bajando de sus carrozas? Tienen cabezas como soles, y docena y media de brazos como látigos que les salen de la cintura. Ésos son. Llegaron a esta estrella hace mil cien millones de años, en tiempos de la Supremacía Veltish, cuando su antiguo sol empezó a morir y se volvió grande y rojo y se comió sus planetas uno a uno; pero para entonces los Zygeron ya se habían mudado a otros planetas. El Quinto Mundo es el más grande, pero hay otros diecinueve.
»Los Zygeron son los señores de los Poro, ¿sabéis?, lo cual resulta sorprendente cuando lo piensas, porque los Poro son tan grandes que si uno de sus siervos inferiores, uno de sus simples lacayos, viniera a la Tierra, reinaría sobre todos nosotros. Pero comparados con los Zygeron no son nada. Y aún hay una raza que manda sobre los Zygeron. Ya os lo he contado, ¿no? Son los Kusereen, y mandan sobre galaxias completas, docenas, cientos, un auténtico Imperio. ¿Crees que los Kusereen tendrán también un señor a quien servir, Charley, y así sucesivamente?
»A veces creo que hay una galaxia remota donde todavía gobiernan los reyes Theluvara, y cada medio millón de años un supervisor Kusereen se arrodilla ante su trono. Aunque realmente los Kusereen no tienen rodillas, claro. Cada uno de ellos es como un río brillante que se mantiene unido como por un lazo de hielo. Pero entonces, ¿quiénes son los reyes a los que los reyes Theluvara rinden tributo? Y también está Dios, en Su majestad, sobre toda la creación, triunfante sobre todos los seres vivos y muertos y los que han de venir. No Le olvidéis.
—¿Habéis oído alguna vez una locura semejante? —preguntó Stidge—. Chicos, este tipo sí que está tocado.
—Me gusta más que las canciones —dijo Mujer—. Las canciones son una lata, pero esto es como ver un láser-show, aunque con palabras. La verdad es que lo cuenta bastante bien, ¿no?
—Lo ve como si fuea real, sí —dijo Buffalo.
—Lo ve porque es real —señaló Charley.
—¿Te he oído bien?
—Sí, me has oído bien, Mujer. Él ve esos mundos. Mira a través de las estrellas. Lee el Libro de los Soles y el Libro de las Lunas.
—Eh, chicos, ¡escuchad a Charley ahora!
—Cierra el pico, Stidge. Sé lo que digo. Ciérralo, o irás a pie a San Francisco el resto del camino.
—Frisco ya no está lejos —dijo Buffalo—. ¡Muchachos, cómo me lo voy a pasar en Frisco!
—No les hagas caso, Tom —le dijo Charley en voz baja—. No les hagas caso y sigue contando.
Pero había terminado. Todo lo que Tom veía ahora era la carretera casi desierta, el calor reverberando en el pavimento y las grandes madejas de plantas rodadoras dando vueltas por la autopista y chocando contra las cercas oxidadas. El Quinto Mundo Zygeron se había marchado.
Muy bien. Ya volvería, él o cualquiera de los otros. Esa era la única cosa que no temía, que las visiones le abandonaran de repente. Lo que le asustaba de verdad era que, cuando llegara el momento en que la gente de la Tierra abrazara los mundos del Imperio, él fuera dejado a un lado y no pudiera efectuar el Cruce. Había una profecía al respecto. Una antigua historia, ¿no? Moisés muriendo a las puertas de la Tierra Prometida. «Te he permitido verla con tus ojos, pero no irás más lejos», dijo el Señor.
Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas. Se quedó sentado llorando, mirando la carretera. La furgoneta se dirigía silenciosamente hacia San Francisco, flotando, flotando, flotando.
—San Francisco, cuarenta y cinco minutos —dijo Buffalo, y empezó a cantar.
2
—Usted espera aquí —dijo el hombre del tumbondé—. Usted espera aquí. Nosotros llamamos cuando Senhor Papamacer listo para hablar. Usted no sale de habitación, ¿comprende?
Jaspin asintió.
—¿Comprende? —repitió el tumbondé.
—Sí —dijo Jaspin con voz ronca—. Comprendo. Esperaré aquí hasta que el Senhor Papamacer esté dispuesto a recibirme.
No podía creerlo. El lugar era apenas una casucha de cuatro o cinco habitaciones que se caía en pedazos, el tipo de panorama que uno esperaría encontrar en Tijuana, excepto que Tijuana no había tenido este aspecto en cincuenta años. ¿Era esto el cuartel general de un culto que tenía la obediencia de miles y ganaba a centenares de nuevos conversos cada día? ¿Esta chabola?
La casa se encontraba en la zona sureste de National City, en alguna parte a la derecha de Chula Vista, sobre la cima de una colina arenosa más allá de la vieja carretera. Parecía que tuviera unos doscientos años de antigüedad, y probablemente los tenía. Era, con mucho, de principios del siglo veinte, arreglada y remendada mil veces y sin el menor detalle moderno. No había pantallas de protección, ni ventanas luminiscentes, ni discos de servicio en el tejado, ni siquiera las corrientes antenas iónicas de las que todo el mundo disponía, los tótems que habían sido creados para repeler cualquier ráfaga de radiación que pudiera soplar desde el este. Por lo que Jaspin podía apreciar, no había luz eléctrica, ni teléfono, ni quizá tampoco instalación de agua corriente. No había esperado nada tan remotamente primitivo.