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—Dejaste la UCLA. ¿Cuándo?

—A principios del año pasado.

—¿Te despidieron?

—Sí.

—Lo sabemos. Sabemos cosas de ti. ¿Por qué hicieron eso?

—No acudía a mis clases. Me dio por hacer un montón de tonterías. No sé. Fue un período oscuro y difícil en mi alma. De verdad.

—La verdad, sí. ¿Y por qué al tumbondé?

—Curiosidad —lanzó Jaspin, y cuando las palabras salieron de él, fue como si se rompiera una soga alrededor de su pecho—. Soy antropólogo. Lo era. ¿Sabes lo que es un antropólogo?

La mirada glacial le advirtió que había cometido un error.

—A veces no sé si comprendes mis palabras. Lo siento —se excusó Jaspin—. Antropólogo. Años de entrenamiento. Aunque ya no sea profesor, aún pienso en mí como si lo fuera. —El color regresaba a sus mejillas. Vamos, cuéntale la verdad, pensó. Te ha calado de todas formas—. Así que quise estudiar vuestro movimiento. Para comprender lo que era realmente el tumbondé.

—Ah, la verdad. ¿Sienta bien, la verdad?

Jaspin sonrió, asintiendo. El alivio era enorme.

—¿Escribes libros?

—Planeaba escribir uno.

—¿No has escrito todavía?

—Piezas cortas. Ensayos. Artículos para revistas antropológicas. No he escrito mi libro todavía.

—¿Escribes un libro sobre el tumbondé?

—No. Ya no. Pensé que quizás podría, pero ahora creo que no.

—¿Por qué no?

—Porque he visto a Chungirá-el-que-vendrá.

—Ah. Eso es verdad también.

Otra vez un largo silencio, pero no un silencio frío. Jaspin se sintió completamente a merced de este extraño hombrecillo. Era absolutamente aterrador. Como desde una gran distancia, el Senhor Papamacer le dijo:

—Vendrá Chungirá-el-que-vendrá.

Jaspin utilizó la respuesta ritual.

—Maguali-ga, Maguali-ga.

La ira estalló en los ojos de obsidiana.

—¡No! ¡Quiero decir otra cosa! El vendrá, es lo que digo. Pronto. Marcharemos al norte uno de estos días. Partiremos. Diez mil, cincuenta mil, no lo sé. Cien mil. Daré la señal. Es el tiempo del Séptimo Lugar, Yas-peen. Iremos al norte, a California, a Oregón, a Washington, a Canadá. Al Polo Norte. ¿Estás dispuesto?

—Sí. Y es verdad.

—La verdad, sí. —El Senhor Papamacer se inclinó hacia delante; sus ojos ardían—. Te diré lo que harás. Marcha conmigo, con la Senhora Aglaibahi, con la Hueste Interna. Escribe el libro de la marcha. Tienes las palabras. Tienes el conocimiento. Alguien debe contar la historia para los que vengan después: cómo fue Papamacer el que abrió el camino a Maguali-ga, que abrió el camino a Chungirá-el-que-vendrá. Eso es lo que quiero, que marches junto a mí y digas lo que hemos conseguido. Tú, Yas-peen. ¡Tú!

»Te vimos en la colina. Vimos al dios entrar en ti. Tienes las palabras, la cabeza. Eres profesor y tumbondé. Ésa es la verdad. Eres nuestro hombre.

Jaspin le miró asombrado.

—Di qué harás. ¿Rehusas? —preguntó el Senhor Papamacer.

—No. No. No. No. Lo haré. He estado unido a la marcha desde julio. Sabes que estaré allí. Sabes que escribiré lo que quieres.

—He caminado con los dioses verdaderos, Yas-peen. Conozco las siete galaxias —dijo el Senhor Papamacer con una voz rica en oscuros misterios, más allá de la comprensión de Jaspin—. Estos dioses son verdaderos. Cierro los ojos y acuden a mí, y ahora incluso cuando no los cierro. Tú contarás eso, la verdad.

—Sí.

—¿Has visto a los dioses?

—He visto a Chungirá-el-que-vendrá. Los cuernos, la losa de piedra blanca.

—En el cielo, ¿qué hay?

—Un sol rojo desde aquí hasta aquí. Y más allá, un sol azul.

—Es la verdad. Has visto. ¿A los otros no?

—No. A los otros no.

—Los verás. Los verás a todos, Yas-peen. Cuando marchemos, verás todo, las siete galaxias. Y escribirás la historia. —El Senhor Papamacer sonrió—. Sólo contarás la verdad. Será muy malo para ti si no lo haces, ¿comprendes? La verdad, sólo la verdad. O cuando la puerta se abra, Yas-peen, te daré a los dioses que sirven a Chungirá-el-que-vendrá, y les diré lo que has hecho. No todos los dioses son amables. Si no dices la verdad, te daré a los dioses que no son amables. ¿Sabes, Yas-peen? ¿Sabes? Yo te lo digo: no todos los dioses son amables.

3

Las rondas de la mañana eran una de las tareas regulares. La rutina era importante, un asunto clave, para los internos y a veces incluso para ella. Ahora, especialmente para ella. Ir de dormitorio en dormitorio, verificar el estado de los pacientes, ver cómo se comportaban a medida que sus mentes se recobraban del barrido matutino, alegrarlos si podía, hacerlos reír un poco, eso les ayudaría a recuperarse. La sonrisa era una cura conocida para un montón de cosas. Ese pequeño movimiento de los músculos faciales disparaba el flujo de hormonas tranquilizantes y enviaba al sistema sanguíneo toda clase de sustancias beneficiosas.

Tú también deberías sonreír más a menudo, pensó para sí Elszabet.

Habitación número siete: Ferguson, Menéndez, Doble Arcoiris. Llamó.

—¿Puedo entrar? Soy la doctora Lewis.

Esperó. Silencio. A esta hora de la mañana normalmente no tenían mucho que decir. Bien, ninguno le había dicho que no entrara, ¿no? Colocó la mano en la cerradura identificadora. Cada una de las placas estaba programada para aceptar sus huellas, y también las de Bill Waldstein y Dan Robinson. La puerta se abrió.

Menéndez estaba sentado a los pies de su cama con los ojos cerrados. Tenía puestos unos audífonos, y movía la cabeza como si escuchara música muy rítmica. En el otro lado de la habitación, Nick Doble Arcoiris se hallaba tendido boca abajo sobre su manta india, mirando a la nada y con la barbilla apoyada en los puños. Elszabet se le acercó, deteniéndose junto a la cama para activar la pantalla protectora que aseguraría su intimidad. Una luz sonrosada convirtió el rincón de Nick Doble Arcoiris en un cubo privado.

En ese preciso momento, cuando la pantalla se elevaba, Elszabet sintió su mente invadida por un tentáculo de niebla verde, como si alzar la pantalla la hubiera dejado entrar. Sorpresa, miedo, conmoción, angustia, algo surgía del suelo para atraparla. Contuvo la respiración.

No, pensó con fiereza. Vete de aquí. Vete. Vete.

El color vagabundo se marchó. Entonces, a Elszabet le resultó difícil creer que había estado dentro de ella hacía sólo un momento y por un breve instante. Recobró el aliento. El indio no daba muestras de haberse dado cuenta. Todavía estaba boca abajo, hierático.

—¿Nick?

Continuó ignorándola.

—Nick, soy la doctora Lewis. Elszabet Lewis. Me conoces.

Tocó ligeramente su hombro. Él reaccionó como si le hubiese picado una avispa.

—¿Sí? —dijo, sin mirarla siquiera.

—¿Mala mañana?

—Se ha ido —comentó el indio, sin inflexión alguna—. Todo se ha ido.

—¿El qué, Nick?

—La gente. Esa cosa que teníamos. Maldición, usted sabe que teníamos una cosa y nos la quitaron. ¿Por qué? ¿Qué razón había para hacerlo?

Otra vez estaba perdido en la contemplación de la suprema injusticia de todo, su Complejo de Piel Roja. Los médicos podían borrar, y borrar, y borrar, y de alguna forma nunca se conseguía llegar hasta el fondo para librarlo de aquello. Y estaba aquí principalmente por esta causa. Había venido al Centro sufriendo de desesperación profunda y permanente, lo que Kierkegaard había llamado «enfermedad hacia la muerte», que consideraba peor que la muerte en sí, y que hoy en día era llamado el síndrome de Gelbard. Eso sonaba más científico.