Doble Arcoiris había perdido la fe en el universo. Pensaba que todo era inútil y sin sentido, si no malévolo. Y no mejoraba. Ahora había lagunas por toda su memoria, claro, pero la enfermedad que conducía a la muerte persistía, y Elszabet sospechaba que no tenía nada que ver con su alegada herencia india, sino sólo con el hecho de que había sido lo bastante desafortunado para vivir en la segunda mitad del siglo veintiuno, cuando todo el mundo, exhausto tras ciento cincuenta años de estupidez autodestructiva, empezaba a ser invadido por esta desesperación epidémica a todos los niveles. Bill Waldstein podía tener razón en lo de que Doble Arcoiris ni siquiera era indio, pero eso carecía de importancia. Cuando se sufría de la enfermedad hacia la muerte, cualquier pretexto era bueno para hacerte saltar a la fosa.
—Nick, ¿sabes quién soy?
—La doctora Lewis.
—¿Y mi nombre?
—Elsa… Ezla…
—Elszabet.
—Eso. Sí.
—¿Quién soy?
Él arrugó el ceño.
—¿No lo recuerdas?
La miró, con una mirada distante, remota, que concentraba los oscuros ojos en su cara. Era un hombre de anchos hombros, fornido, con una nariz ancha y roma y un tono de piel grisáceo, no exactamente cobrizo, como se suponía que debía de tener su raza, aunque bastante cercano. Desde que la había golpeado, hacía un par de semanas, no había sido capaz de mirarla directamente a los ojos. Nadie había podido hallar una explicación, ya que no recordaba en absoluto haberse vuelto violento o haberla lastimado. Pero algún vestigio debía de permanecer, sospechaba Elszabet. Cuando ella estaba cerca, parecía reticente y avergonzado, y también arisco, como si se sintiera culpable de algo pero no estuviera seguro de qué, y eso le hiciera enfadarse con la persona que le hacía sentirse así.
—Profesora —dijo—. Doctora. Algo por el estilo.
—Bastante cerca. Estoy aquí para ayudarte a que te sientas mejor.
—¿Sí?
Una chispa de interés.
—¿Sabes qué quiero que hagas, Nick? Que te levantes de esa cama y vayas al gimnasio. Dante Corelli está llevando a cabo una serie de ejercicios rítmicos en este momento. ¿Sabes quién es Dante?
—Dante. Sí. —Un poco dubitativo.
—¿Y sabes dónde está el gimnasio?
—El de techo rojo, sí.
—De acuerdo. Acércate por allí y empieza a bailar, y mueve bien el culo, ¿me oyes, Nick? Baila hasta que oigas la voz de tu padre diciéndote que pares. O hasta que suene el timbre para el almuerzo, lo que suceda primero.
Él se animó un poco ante la idea de oír a su padre. Sentido de estructura tribal. Le hacía bien.
—Sí —dijo, y comenzó a levantarse de la cama.
—¿Tuviste algún sueño anoche? —preguntó Elszabet como de pasada.
—¿Sueños? ¿Qué sueños? ¿Cómo? No tengo forma de saberlo.
Había soñado con el Gigante Azul. Esa misma mañana, durante la sesión de tratamiento, había hablado de la luz dura y penetrante. Sin embargo, parecía sincero al decir que no recordaba nada.
—De acuerdo. Vete a bailar ahora. —Le dirigió una sonrisa—. Baila una danza de la lluvia. En esta época del año nos vendría bien un poco de lluvia.
—Es una pérdida de tiempo bailar pidiendo lluvia ahora. Demasiado pronto. Las lluvias no llegan hasta octubre. Además, ¿qué le hace pensar que un simple baile puede atraer la lluvia? Lo que trae la lluvia son los sistemas de bajas presiones que vienen del Golfo de Alaska, en el mes de octubre.
Elszabet se echó a reír. Así que no está completamente ido todavía, pensó. Bien. Bien.
—Vete a bailar de todas formas. Hará que te sientas mejor. Te lo garantizo.
Tocó con el pie el interruptor que desconectaba la pantalla y se acercó a la cama de Tomás Menéndez. Éste continuaba enfrascado en su audición, igual que antes. Cuando Elszabet activó su pantalla de intimidad, se preparó para otro contacto con la niebla verde, pero esta vez no sucedió nada.
Casi todos los días tenía una sensación extraña, como si la alucinación sobrevolara a su alrededor como un buitre esperando tomar tierra. Era tan fuerte que tenía miedo de dormir, y se preguntaba si ésta sería la noche en que el Mundo Verde se abriría paso hasta su conciencia. Eso la aterrorizaba aún más: el miedo a cruzar la línea entre ser médico y ser el paciente.
—¿Tomás? —preguntó suavemente.
Menéndez era uno de los casos más interesantes, un cuarentón yanki-mexicano de segunda generación, un hombretón ancho con brazos como de gorila, pero amable, el hombre más amable que Elszabet había conocido: dulce, cálido, de voz suave. A su manera, era un poeta y un erudito. Estaba tan profundamente imbuido de su propia herencia étnica como Nick Doble Arcoiris, pero Menéndez parecía tomárselo auténticamente en serio. Había convertido el área en torno a su cama en un pequeño museo de cultura mexicana: hologramas y pinturas de Orozco, Rivera y Guerrero Vázquez, un par de sonrientes esqueletos del Día de Difuntos, y un puñado de animales de yeso brillantemente pintados: perros, lagartos y pájaros.
Dos años antes, Menéndez había estrangulado a su esposa en su casita de San José. Nadie sabía por qué, y menos aún Menéndez, que no recordaba haberlo hecho y ni siquiera sabía que su esposa estaba muerta, y continuaba esperando que viniera a visitarle la próxima semana o la siguiente. Esa era una de las más extrañas manifestaciones del síndrome de Gelbard, los asesinatos sin motivo de parientes cercanos a manos de personas que parecían incapaces de matar a una mosca. Decirle a Menéndez que había matado a su esposa le habría hecho reaccionar como si se le hablara en turco o en babilónico; las palabras, simplemente, no tenían significado para él.
—Tomás, soy yo, Elszabet. Puedes oírme, ¿no? Sólo quería saber cómo te va.
—Estoy bastante bien, gracias —contestó, todavía con los ojos cerrados, meneando los hombros rítmicamente.
—Esas son buenas noticias. ¿Qué estás escuchando?
—La plegaria a Maguali-ga.
—¿Qué es eso, un antiguo canto azteca?
Él meneó la cabeza.
—Maguali-ga, Maguali-ga —cantó, ausente durante un momento—. ¡Chungirá-el-que- vendrá!
Elszabet se acercó más, intentando escuchar lo que oía, pero los audífonos sólo transmitían sonidos a su portador.
La tapa del cubo que estaba sonando se hallaba encima de la cama. La recogió. Tenía una especie de etiqueta, editada tan toscamente que parecía casera, media docena de líneas en un lenguaje que al principio identificó como español, pero ella entendía algo de español y no podía leer eso. ¿Portugués?
La etiqueta tenía una dirección de San Diego. Tomás siempre recibía envíos de cosas de sus amigos de la comunidad chicana: música, poesía, dibujos. Era un hombre muy querido. A veces se preguntaba si deberían cribar todos esos cubos y cassettes que recibía. Quizá contenían cosas que podían impedir su recuperación. Pero, por supuesto, lo que quiera que fuera, era barrido de su mente al día siguiente, de todas formas, y obviamente le hacía feliz estar en contacto con los desarrollos culturales de su gente.
—Maguali-ga es el que ha de abrir la puerta —dijo con voz firme y lúcida, como si la frase lo explicara todo. Abrió entonces los ojos, sólo por un instante, y frunció el ceño. Parecía sorprendido de tener compañía.
—Eres… Elszabet —dijo.
—Eso es.
—¿Tienes un mensaje de mi esposa? ¿Va a venir Carmencita este fin de semana?
—No. Este fin de semana no, Tomás. —No merecía la pena dar explicaciones—. ¿Qué era eso que escuchabas?