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Dale algo, pensó Elszabet.

—Puedo decirte que no estás solo en esto.

—Lo sé. Teddy Lansford, Dante… Creo que también Naresh Patel, por algo que dijo hace unas pocas semanas. Y probablemente alguno más de nosotros.

—Probablemente.

—Entonces, no es sólo un fenómeno psicótico limitado a los pacientes.

—Nunca estuvo limitado a los pacientes. Casi desde el principio ha estado alcanzando a miembros del personal.

—¿También psicóticos, entonces? ¿Los primeros estadios del síndrome de Gelbard?

Ella meneó la cabeza.

—Escúchame. A, deja de hablar como si fueras un psicótico, ¿vale?B, compartir una manifestación como ésta con víctimas del síndrome de Gelbard no significa necesariamente que te estés contagiando del síndrome; solamente que algo muy peculiar tiende a afectar más pronto a los pacientes que al personal, aunque también afecte al personal. Y C…

—Estoy asustado, Elszabet.

—Yo también. C, lo que tenemos no es un fenómeno confinado al Centro Nepente, como intentaré aclarar mañana en la reunión de personal.

Waldstein se sorprendió.

—¿Qué quieres decir?

—Date la vuelta y mira la pantalla.

Él giró sobre sus talones, y ella activó la pantalla, en la que apareció un mapa de los estados del Pacífico.

—Estos sueños han sido también reportados en los centros de San Francisco, Monterrey y Eureka. —Pulsó una tecla y la pantalla se encendió en esos lugares—. Me he puesto en contacto con los directores. Las mismas siete descripciones, no necesariamente las siete en cada centro. Inicialmente experimentadas por los pacientes, con menor frecuencia entre el staff.

—Pero… qué…

—Espera. —Aparecieron más luces en la pantalla—. Paolucci, en San Francisco, ha estado reuniendo informes de la incidencia de los sueños espaciales fuera del norte de California, y parece que los nuevos datos están llegando justo ahora.

Nuevas luces de colores surgieron en la parte baja del estado.

—Mira eso. Tengo que llamarle. Tengo que conocer los detalles. Mira: una densa concentración de informes de sueños en el área de San Diego, ¿lo ves? Y lo mismo en Los Ángeles. Y ahí arriba también. ¿Dónde es eso, Seattle, Vancouver? ¡Oh, Cristo, Bill, mira eso! Está en todas partes. Es una plaga.

—También en Denver —señaló Waldstein.

—Sí. En Denver, que está casi donde se nos terminan las comunicaciones. Pero… ¿quién sabe qué pasará más allá de las Montañas Rocosas? Así que no eres tú solo, Bill. Casi todo el mundo está teniendo esos malditos sueños.

—Eso no me hace sentir mejor —dijo Waldstein.

4

—¿Sabes qué me gustaría hacer? —dijo Ferguson—. Salir de este maldito lugar lo más pronto posible y empezar a ganar dinero con todo este sinsentido.

—¿Y cómo lo harías? —preguntó Aleluya.

—Infiernos, no sería difícil. A la entrada del Centro hay una verja, pero en este lado no hay más que bosque. Puedes largarte una tarde y guiarte hasta el exterior dejando el sol a tu espalda al atardecer y al frente por la mañana. En un par de días estás fuera, si tienes agallas para hacerlo. Luego, sales a la carretera vieja, cruzas Ukiah y…

—No. Quiero decir, cómo ganarías dinero con esto.

Ferguson sonrió. Yacían en un tranquilo claro a unos veinte minutos al este del Centro, entre pinos, helechos y un arroyuelo. El lugar estaba dispuesto de tal forma que sería difícil que alguien los sorprendiera. Era su sitio favorito. Se había asegurado de introducir la situación en su anillo registrador para no tener así problemas en encontrarlo, aunque borraran el dato de su mente cada vez que viniera aquí. Unas cosas se olvidaban, otras no. Nunca podías estar seguro.

—Es sencillo. Los sueños espaciales no los tienen únicamente los pacientes de aquí. Lo sé positivamente.

—¿Sí?

—Escucha con atención. ¿Sabes quién es Lansford, el técnico? Los ha tenido dos o tres veces. He oído hablar a Waldstein, Robinson y la doctora Lewis. Creo que quizás el pequeño doctor hindú los ha tenido. E incluso Waldstein. Pero los sueños también suceden fuera del Centro.

—¿Cómo sabes eso?

—Tengo buenas razones para creerlo.

Ferguson pasó la mano suavemente sobre los muslos de Aleluya, deteniéndose justo en la entrepierna. Su piel era suave como la seda. Tal vez incluso más. Había pasado media hora desde que habían hecho el amor y él todavía se sentía sudado, pero Aleluya no. Eso es lo que pasaba con las mujeres artificiales: eran perfectas, nunca sudaban demasiado.

—Tengo una amiga en San Francisco que me contó un sueño hace unas semanas, el mismo que tú tuviste una vez. ¿Lo recuerdas? El ser cornudo, la losa de piedra blanca, los dos soles…

—Creí que eras tú quien había tenido ese sueño.

—¿Yo? No. Fuiste tú. Yo no tengo nunca esos sueños. Nunca. Te dije que fue mi amiga, la de San Francisco. Si los tienen aquí y los tienen allá, puedes apostar a que los tienen por todas partes.

—¿Y entonces?

Deslizó la mano hasta el pecho de la mujer. Ella se repantigó y se apretó contra él. Le gustó eso. Se sentía casi dispuesto a hacerlo otra vez. Como un chaval, pensó, siempre preparado para un coito.

—¿Te conté por qué me trajeron aquí?

—Me lo contaste, pero me lo borraron.

—Tenía organizada una estafa. Ofrecía enviar a la gente a otros planetas donde podrían empezar de nuevo, escaparse del tumulto de la Tierra, ¿sabes? Déme unos pocos miles de pavos y en cuanto el proceso esté perfeccionado, podrá…

—¿Todavía puedes recordar eso?

—No parece borrarse cuando paso por el tratamiento.

—¿Y quieres iniciar otra vez tu estafa?

—¿Cómo podría no hacerlo? Todo el mundo está al caer. Los sueños son como anuncios de los planetas que puedo proporcionar, ¿no lo ves? Está el mundo de los soles rojo y amarillo, el planeta del cielo verde, el planeta de los nueve soles… Ya ves, los conozco todos. Tengo mi método, Ale. Haga su elección, déme el dinero, yo me encargo de todo, haré que se le envíe al lugar adecuado. Los sueños son sólo los otros planetas enviándonos sus carteles de turismo para decirle a la gente lo maravillosos que son. No puede fallar, chica. No puede fallar.

—Te atraparán de nuevo. Te atraparon una vez, y volverán a atraparte. Y esta vez no se conformarán con recluirte en el Centro Nepente.

—Eso no pasará.

—¿No?

—Nunca. Lo primero que haré es salir de la jurisdicción. Me iré al norte, a Oregón, a Washington. Usaré una empresa como tapadera, ¿sabes lo que es eso?, y otra tapadera encubriendo la primera, una serie de escudos, todo a través de terceros. Con un apartado de correos en Portland, o tal vez en Spokane, y…

—Ed.

—¿Sí?

—No me interesa, Ed. ¿Lo sabes?

—Claro. ¿Por qué iba a interesarte? No te interesa nada, ¿verdad?

—Sólo una cosa.

—Una cosa, sí. Y bendito sea Dios por eso. Pero no lo comprendo. ¿Qué falta le hacen los impulsos sexuales a un sintético? El sexo sirve para reproducirnos, ¿no? Y vosotros no os reproducís, no por medio del sexo, ¿no? ¿No?

—Está ahí por una razón. Para hacernos creer que somos humanos —dijo Aleluya—. Así no nos sentimos infelices ni desplazados, y no intentamos dominar el mundo. Podríamos hacerlo, ¿sabes? Somos seres altamente superiores. Cualquier cosa que puedas hacer, nosotros podemos hacerla cincuenta veces mejor. Si no tuviéramos impulsos sexuales, nos creeríamos todavía más diferentes de lo que somos, una especie de raza suprema, ¿sabes? Pero nos dieron sexo y eso nos mantiene en calma.