Выбрать главу

—Sí, lo comprendo. Tiene sentido.

Ferguson le besó la punta de los pezones, y luego los labios. Nunca había pasado tanto tiempo con una sintética, y estaba aprendiendo mucho. Como la mayoría de la gente, había intentado guardar las distancias, pues consideraba a los sintéticos como una rareza. No eran demasiados, tal vez medio millón. O menos. Recordaba cuando los construyeron, unos treinta años atrás, más o menos, justo antes de la Guerra de la Ceniza.

Los crearon para usos militares, según recordaba: seres perfectos para combatir en una guerra perfecta. Un experimento de los viejos tiempos. Pero al parecer no salieron tan perfectos. Tenían un montón de defectos humanos, los suficientes para que tuvieran que encerrarlos en centros de terapia como habían hecho con ésta. Bien, eran también lo bastante humanos para que les encantara joder. Sumando los pros y los contras, el resultado no era malo.

Le acarició los pechos.

—Cuando salga de aquí, te vienes conmigo, ¿vale? —le dijo suavemente—. Te enseñaré algunos de mis trucos.

—Y yo te enseñaré algunos de los míos.

5

La carretera se extendía como una gran serpiente gris sobre el agua, a veces dejándola muy abajo, otras a su mismo nivel, atravesando un túnel en un lugar, saltando y convirtiéndose en dos enormes puentes colgantes en otro. Al final, blanca y resplandeciente a la luz de la tarde, estaba San Francisco, emplazada firmemente en su pequeña parcela del planeta. El aire frío entraba por las abiertas ventanas de la furgoneta.

—Este puente data de tiempo atrás —dijo Charley—. Lo construyeron hace mucho, y aún aguanta. A pesar de los terremotos y quién sabe qué otras cosas, todavía está en pie.

—¡El Golden Gate! —dijo Buffalo—. ¡Increíble!

—No, el Golden Gate no —dijo Charley—. El Golden Gate está en el otro lado, hacia el norte. Éste es el Puente de la Bahía, ¿verdad, Tom?

—No sé —dijo Tom—. Nunca he estado en San Francisco.

Stidge se rió.

—Has estado en la Undécima Galaxia Zorch y no has estado en San Francisco. Eso sí que está bien.

—Yo tampoco he estado aquí nunca —dijo Buffalo.

—Bien, pues aquí estamos ya —intervino Charley—. Ésta es la ciudad más hermosa que existe. Cuando era un crío, viví aquí seis años. Apuesto a que no ha cambiado nada. Este sitio no cambia nunca.

—¿Ni siquiera cuando hay terremotos? —preguntó Buffalo.

—Los terremotos no significan nada. Revuelven un poco las cosas, y después la gente levanta la ciudad y todo queda como antes. Cuando yo tenía diez años, uno lo destrozó todo. A los seis meses, no se podía notar la diferencia.

—¿Estuviste aquí durante el Gran Terremoto? —preguntó Mujer.

—No. El Grande fue hace cien años, en el dos mil seis. Lo llamaron el Segundo Gran Terremoto. El Primero lo tuvieron en mil novecientos seis, con el fuego y lo demás, que se lo cargó todo. Entonces, cien años después, cuando estaban preparando la conmemoración del aniversario, con desfiles y discursos, ya sabéis, el hijo de puta del Segundo apareció dos días antes del aniversario, y lo destruyó todo otra vez. Así es esta ciudad.

—Pero tú no estuviste aquí entonces —dijo Mujer.

—Claro que no. Eso fue hace noventa y siete años. Me lo perdí. Y luego tuvieron el Pequeño Gran Terremoto, treinta o cuarenta años más tarde, no lo sé. Eso fue también antes de mi época. Al terremoto que viví no le pusieron nombre. Fue grande, pero no lo bastante. Lo tiró todo de los estantes, rompió ventanas, hizo que me cagara de miedo. Yo tenía entonces diez años. Las casas se salieron de los cimientos, y algunas se veían con una pared caída y parecían una casa de muñecas, con todas las habitaciones a la vista. Dijeron que había sido más que un terremoto ordinario, pero no tan importante como el Grande. No hay uno de los grandes más que una vez cada cien años o así.

—Entonces está al caer el próximo —dijo Tamal, desde el fondo de la furgoneta.

—Sí —dijo Choke—. Mañana por la tarde, según he oído. A las tres y media.

—Mierda —comentó Buffalo—. Eso es lo me hace falta en mi primer día en San Francisco. Empezar con un meneo.

—Ya sé lo que haremos —dijo Mujer—. Nos metemos en la furgoneta antes de que empiece. Ponemos el motor en marcha y nos quedamos flotando en el colchón de aire hasta que el suelo deje de moverse, ¿eh? Estaremos bien. Y cuando se pare, nos bajamos, nos dedicamos a buscar en las casas destruidas y llenamos la furgoneta con todo lo que nos guste, y luego nos largamos al norte o a donde sea.

—Claro —dijo Charley—. ¿Sabes qué hacen con los saqueadores que atrapan en los terremotos? Los cuelgan por las pelotas. Ésa es la regla aquí.

—¿Y si no tienen pelotas? —preguntó Choke—. No todo el mundo tiene pelotas, Charley.

—Entonces te meten en la sección de cambio de sexo del hospital más cercano. Y luego te cuelgan por las pelotas. En esta ciudad no bromean con los saqueadores. Eh, Tom, ¿has visto alguna vez una ciudad más hermosa que ésta?

Tom se encogió de hombros. Estaba distraído.

—¿Tom? ¿Dónde estás ahora, Tom?

—En la Galaxia Zorch —se burló Stidge.

—Calla. —Charley chasqueó los dedos. Se volvió hacia Tom—. Cuéntanos lo que ves.

En la mente de Tom, las cosas surgían y se multiplicaban. Veía la ciudad llamada Meliluulii del mundo llamado Luiiliimeli, bajo la gran estrella azul tórrida conocida por Ellullimiilu. Ése era uno de los mundos Thikkumuuru de la Duodécima Poliarquía. Grandes reyes habían reinado aquí durante setecientos mil grandes ciclos del Potentastio.

—Tienen terremotos todo el tiempo —dijo Tom—. Pero no les preocupa. El suelo es como lava: hierve y burbujea como un caldero, pero la ciudad flota por encima.

—¿Dónde está eso? —preguntó Charley—. ¿En qué planeta?

—Es Meliluulii, en Luiiliimeli, uno de los Mundos Centrales, los grandes que forman el Designio. La luz en Luiiliimeli es tan fuerte que golpea como un martillo. Es una luz azul, un martillo que quema. Nos derretiríamos en un segundo. Pero la gente de allí no son como nosotros, así que no les importa. No es un planeta para los humanos, sino para ellos. Éste donde estamos es el único planeta para los humanos. La gente de Luiiliimeli son como fantasmas brillantes, y la ciudad es una burbuja flotante. Eso es, una burbuja.

—Escuchadle —dijo Charley—. ¿Pensáis que San Francisco es hermosa? Lulimuli es como una burbuja gigantesca y maravillosa. Casi puedo verla flotando y brillando cuando le oigo hablar así. Fantástico.

—Todas las ciudades son hermosas en todas partes de la galaxia. No existe una ciudad fea en ninguna parte. Esa de ahora es Shaxtharx, la capital Irikiqui. Está en el mundo grande del sistema Sapiil, el imperio de los Nueve Soles. Todo está construido allí con un material como la tela de araña, que es diez veces más fuerte que el acero. Se estira y resplandece, y cuando hay un terremoto (porque tienen terremotos muy a menudo, la gravedad de los Nueve Soles siempre empuja al planeta en toda clase de direcciones diferentes), cuando hay un terremoto, sabéis, la ciudad se convierte todavía en más hermosa, por la forma en que se mueve. Casi como un tapete, mostrando todos los colores diferentes de los soles. En la época de los terremotos, los Sapiil llegan de todas partes para ver a Shaxtharx moverse.

—¿Has estado allí? —preguntó Buffalo.

—No, yo no. Pero lo veo, ¿comprendes? Las visiones vienen, y veo todos los mundos, y algún día tal vez realizaré el Cruce. —Los ojos de Tom brillaban—. No se puede ir en carne y hueso. En cualquiera de esos mundos moriríamos como un mosquito en una fundición. El único mundo adecuado para los humanos es éste, ¿entienden lo que digo? Pero cuando llegue el Tiempo del Cruce, podremos abandonar nuestros cuerpos y entrar en los suyos.