Y no es que no echara eso en falta. A veces lo hacía, terriblemente. Añoraba ese maravilloso abrazo cálido, manos sobre sus pechos, vientre contra vientre, ojos mirando en sus ojos, la dura y repentina acometida, el cálido flujo de la culminación, suyo, suya, de ambos. No había olvidado nada de eso. O solamente la presencia del otro, dejando el sexo aparte, sólo el confortable conocimiento de que había alguien más, que no estaba sola.
Había experimentado aquello antes, o así lo había creído; quizás lo volvería a experimentar algún día. Pero no ahora, y no aquí; no mientras estuviera tan cerca del borde del precipicio. Lo que más temía era recuperar ese sentimiento y perderlo de nuevo. Mejor no buscarlo hasta que no se sintiera interiormente más fuerte. Sin embargo, a veces se preguntaba: si no ahora, ¿cuándo? Y no tenía respuestas.
Se quitó la ropa y permaneció un rato en la oscuridad del porche.
La noche era cálida. Los búhos canturreaban en la copa de los árboles. Al largo y dorado verano del norte de California todavía le quedaban unas pocas semanas. Quizá incluso algo más. Estaban apenas en septiembre. A veces las lluvias no comenzaban hasta mediados de noviembre. ¡Qué cambio había entonces, cuando la inacabable procesión de días soleados se convertía de repente en las implacables lluvias del invierno de Mendocino! Podía llover durante semanas sin parar, diciembre, enero, febrero. Y entonces sería primavera otra vez, los árboles reverdecerían, la tierra empezaría a secarse.
Oyó una risa lejana. La gente del personal se divertía. Para algunos de ellos, este lugar era sólo un gran campamento de verano para adultos. Trabajas durante el día, te diviertes por la noche, te acuestas con alguien en esta habitación o en esa otra, tal vez el fin de semana te acercas a Mendocino a pasar el rato en un club o un restaurante o algo por el estilo.
Mendocino era lo más parecido a una ciudad que tenían alrededor. Cincuenta años antes había tenido incluso su pequeño boom comercial, y había intentado convertirse en la rival de San Francisco por el predominio en el norte de California cuando Frisco sufría un montón de heridas autoinfligidas; pero al final se aclaró lo que todo el mundo sabía en realidad, que San Francisco había sido designada geográficamente para ser una ciudad importante y Mendocino no. Así y todo, todavía parecía una ciudad, y se podía pasar un buen rato allí los fines de semana, según había oído Elszabet. Incluso con el mundo en estas condiciones, la gente se lo podía pasar bien si generaba la habilidad de cerrar los ojos a lo que realmente estaba sucediendo.
Nuevas risas, más agudas esta vez. Un chillido o dos. Elszabet sonrió, entró en la habitación y se acostó. ¿Un poco de música mientras te quedas dormida?, pensó. ¿Bach? No, ya había tenido bastante Bach por esta noche. Schubert, el quinteto de cuerdas. Seguro. La cálida red de sonidos, profundos, melodiosos, reflexivos. Conectó el mecanismo automático para que el sistema se apagara cuando la música terminara, y encendió el cubo. Y se quedó allí tumbada, medio escuchando, pensando más en la reunión de mañana que en la música.
Sueños espaciales en Vancouver, en San Diego, en Denver. En todas partes. Paolucci venía de San Francisco para dar un informe. Había incluso la posibilidad de que Leo Kresh pudiera venir desde San Diego. Algo extraño sucedía en San Diego, eso se decía. Pero lo que sucedía en todas partes era extraño. Se había reído de la idea de Dan Robinson esa tarde, cuando estaban en la playa, acerca de que los sueños eran mensajes de una nave alienígena que se aproximaba a la Tierra. Entonces había pensado que era una idea inverosímil, pero ahora no estaba tan segura. Se preguntó si Robinson habría seguido investigando para verificar si tal cosa pudiera ser posible. Mañana en la reunión le preguntaría…
Todavía pensando en la reunión, se quedó dormida. Y tuvo uno de los sueños espaciales esa noche.
Primero llegó el color verde. Pequeños tentáculos de densa niebla se introducían en su mente. Estaba aún lo bastante consciente para saber lo que empezaba a ocurrir, pero suficientemente dormida para que no le importase. Había combatido esta cosa todo lo que había podido, pero ahora ya no podía resistirse más. Era casi un alivio rendirse. Vamos, le dijo al sueño. Adelante. Ya es hora, ¿no? ¿Mi turno? Muy bien, mi turno entonces.
Verde.
Cielo verde, aire verde, nubes verdes. El paisaje estaba formado por tonos de verde. Había una colina, un río al pie de ella, prados extendiéndose hasta el horizonte. Todo parecía suave y amistoso, un dulce paisaje tropicaclass="underline" elegantes árboles sin hojas, esbeltos troncos verdes, grandes ramas escamosas enroscándose, arqueándose hacia el suelo. El sol era apenas visible tras el velo de niebla. Tal vez el sol también era verde, aunque resultaba difícil asegurarlo por la difícil manera en que la luz atravesaba la densa niebla, que se arremolinaba como jirones de lana espesa.
Algo le hacía señas.
Figuras cristalinas, flexibles, casi delicadas. Sus cuerpos de largos miembros relumbraban. Sus ojos oscuros centelleaban, en grupos de tres en cada una de las cuatro caras de sus cabezas. Se movían hacia un resplandeciente pabellón en la colina, justo detrás de ella, y la invitaban a acompañarles, llamándola por su nombre, Elszabet, Elszabet. Pero la forma en que lo decían era extraña, un susurro reverberante que resonaba una y otra vez, un eco que tenía una cualidad misteriosa en su silbido y un tono como el rugir de vientos distantes. Elszabet, Elszabet.
Ya voy, les dijo. Y puso su mano sobre sus frías manos cristalinas y se dejó llevar. Flotaba sobre el suelo. Ocasionalmente un anillo de densa hierba se aferraba a sus tobillos; cuando lo hacía, sentía un tintineo agudo, pero no desagradable, y oía el sonido de campanas.
Ahora entraba en el pabellón. Parecía hecho de cristal, pero un cristal peculiar, cálido y suave al tacto, como lágrimas congeladas. A su alrededor la gente cristalina se movía, sonriendo, inclinándose, saludándola, diciéndole sus nombres. El príncipe de esto, la condesa de aquello. Un gato de cristal se abrió camino entre ellos. Frotó sus orejas cristalinas contra la pierna de Elszabet, y cuando ella miró hacia abajo vio que su pierna era también de cristal, que de hecho tenía un cuerpo como el de ellos, brillante y maravilloso.
Alguien le ofreció una bebida. Sabía como a flores; estalló en un millar de brillantes colores mientras recorría su cuerpo. ¿Te gusta?, le preguntaron. ¿Quieres otra? Elszabet, Elszabet. Allí está el duque de algo. Junto a él están la duquesa y el duque de otra cosa, y el marqués de algo más. Mira, mira, ahí está la ciudad. ¿La quieres? Le pondremos a la ciudad tu nombre si te gusta. Ya está: Elszabet, Elszabet. Todos la felicitaban. Se acercaron más y ella oyó el suave tintineo de sus brazos y piernas al moverse, un susurro plateado, como los adornos de un árbol de Navidad mecidos por la brisa. ¿Te gusta, Elszabet? ¿Te gustamos? Tenemos un poema para ti. ¿Dónde está el poema? ¿Dónde está el poeta? Ah, aquí. Aquí. Dejad paso al poema. Dejad paso al poeta.
Un cristalino a quien no había visto antes, más alto que los demás, se le acercó, sonriendo tímidamente. Ven, le dijo. Tengo un poema para ti. Salieron del pabellón y el color verde cayó sobre ellos como una lluvia esmeralda. Él puso algo en su mano, un pequeño e intrincado objeto que parecía como un puzzle de cristal, un estrato dentro de otro estrato, transparente hasta el corazón, con una malla de brillantes encajes de cristal que daba vueltas y vueltas en el centro. Éste es tu poema, dijo él. Lo llamo Elszabet. Ella lo tocó y una llamarada de luz surgió de él y saltó hacia el cielo, y desde el pabellón se oyó el tintineante sonido de aplausos. Elszabet, decían todos. Elszabet, Elszabet.