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Sexta parte

Sé más cosas que Apolo; pues a veces, cuando él duerme, contemplo las estrellas en sus guerras mortales y el firmamento herido de muerte. La luna abraza a su pastor y la reina del amor a su guerrero, mientras una le pone los cuernos a la estrella del día y la otra al mariscal celeste. Y mientras, canto: «¿Hay comida, alimento, alimento, bebida o ropa? Vamos, dama o doncella, no tengas miedo. El Pobre Tom no estropeará nada».
La Canción de Tom O’Bedlam

1

Elszabet sintió que uno de los sueños se apoderaba de ella mientras estaba aún despierta. En los principios, cuando la espiral de irrealidad comenzaba a invadir su conciencia, había sido aterrador, pero ya no. Un montón de cosas que la aterrorizaban habían dejado de hacerlo. No estaba segura de si debía preocuparse por ese hecho.

Yacía en la hamaca que colgaba de una pared a otra en la esquina de su cuarto, leyendo, pasando el rato, no dispuesta todavía a meterse en la cama. Faltaba poco menos de una hora para la fría medianoche otoñal, y una brisa marina soplaba entre los árboles. Y de pronto fue consciente de que el sueño estaba allí, llamando a la puerta de su mente, y ella lo dejó entrar, dándole la bienvenida.

Otra vez el Mundo Verde. Bien. Bien. A estas alturas ya había tenido también todos los otros sueños, la gama completa, los siete, a veces dos o tres la misma noche.

Había pasado una semana desde que el misterioso vagabundo, Tom, apareciera en el Centro, y durante todos esos días los sueños se le habían presentado nítidos y rápidos. ¿Habría alguna conexión? Parecía que sí, aunque le resultaba difícil comprender cómo era posible. En la semana que Tom llevaba allí, Elszabet había visto los Nueve Soles, las Estrella Doble Uno, Dos y Tres, la Esfera de Luz y el Gigante Azul.

Pero de todos los sueños, el que más le gustaba era el del Mundo Verde. En todos los otros mundos no era más que un observador sin cuerpo, un ojo invisible que flotaba por encima del extraño paisaje alienígena; pero cuando entraba en el Mundo Verde era partícipe de la vida del planeta, se adentraba en su rica y sofisticada cultura. Acudía a conocer el lugar y sus habitantes, y ellos a conocerla a ella. Y así, cada noche, en cuanto se iba a dormir, Elszabet esperaba que se le permitiera ir una vez más a ese lugar encantador donde empezaba a sentirse —que Dios la ayudara— como en casa.

Aquí viene. El Mundo Verde. Hola, hola.

Era como si no se hubiera marchado nunca de allí, como si nunca hubiera habitado ese lugar ruidoso y problemático llamado la Tierra, donde pasaba la otra parte de su vida. Era el día del Doble Equinoccio, y las Tríadas acudían a la gran sala para verlo. Aquí estaban los Misilynos, unidos brazo con brazo y con brazo, y tras ellos los elegantes y deliciosos Suminoors, y los de más allá… ¿no eran acaso los Thilineeru? Los Thilineeru se habían unido a los Gaarinar, según se rumoreaba, y evidentemente el rumor era cierto, porque allí estaban los Gaarinar, que brillaban con una inconfundible textura thilineeru, un resplandor como el tintineo de campanas.

¿Y éste quién era? ¿Quién era esta figura oscura con ese gran ojo saltón que destacaba en su cabeza como un domo amarillo? Se movía serenamente por la habitación seguido por un gran cortejo, y de todas partes la gente se acercaba a presentarle sus respetos. Elszabet pensó que lo había visto con anterioridad —o tal vez había sido a alguien de su raza—, pero no estaba segura de dónde.

Ah, ahora lo estaban presentando: un tintineo de sonido plateado danzaba en el aire, diciendo que éste no era otro sino el enviado Sapiil, Su Excelencia Horkanniman-zai, ministro plenipotenciario del imperio de los Nueve Soles y alto representante de Lord Maguali-ga ante todas las naciones. ¡Qué impresionante colección de títulos, qué extraordinario personaje! Elszabet esperó su turno para saludarle. «Ven», le dijo Vuruun, que había sido embajador ante los Nueve Soles en el tiempo de la Presidencia Skorioptin, de bendito recuerdo, «déjame presentarte». Y la adelantó hasta que Su Excelencia Horkanniman-zai reparó en ella. El enviado de los Sapiil extendió un miembro negro y grueso como un látigo a modo de saludo, y ella lo tocó con uno de sus dedos cristalinos, como había visto hacer a los otros, y se sintió inundada por la luz de nueve soles centelleantes.

«Es un regalo», dijo amablemente el enviado de los Sapiil. Y entonces se dio la vuelta, recalcando a uno de los Suminoors que ésta era la tarde más hermosa que había pasado desde el año pasado, en la investidura del Gran Delegado Kusereen ante Vannannimoli-nan, cuando los bailarines flotantes Poro le habían dedicado impulsivamente una sesión de representaciones, y…

Elszabet no oyó más de la historia. El enviado Sapiil había continuado moviéndose. Ahora estaba de espaldas a ella, enmarcado por luces verdes en la ventana norte de la sala. Pero no importaba; había otras diversiones. Habían llegado visitantes de toda la galaxia para ver el Doble Equinoccio. Algunos llevaban los cuerpos de sus mundos nativos; otros, no tan compatibles con las condiciones locales, habían adoptado la forma cristalina. En la habitación resonaba la charla de cincuenta imperios. «Tres Hojas del Imperio y un Magistrado», decía alguien. «¿Puedes imaginártelo? En la misma habitación». Y alguien más dijo: «Eran del Noveno Zygeron, estoy seguro. ¿Has visto alguno antes?». Y una especie de susurro: «Ella es de la Duodécima Poliarquía, bajo la gran estrella Ellulli-mülu. Han pasado años desde que estuvo uno aquí. Bien, por supuesto, es el Doble Equinoccio, pero incluso así…»

Desde algún lugar muy lejano le llegó un sonido insistente, sorprendente: Rat-tat-tat, rat-tat-tat.

Ella se volvió, buscando a uno de los Gaarinar para preguntarle algo sobre la princesa de la Poliarquía, el ser de Ellullimiilu.

Rat-rat-rat. Rat-tat-tat.

—Soy yo, Elszabet. Dan. Tengo que hablar contigo.

¿Dan? ¿Dan?

Se incorporó, parpadeando confundida, todavía envuelta en las delicadas zarabandas y minuetos de la gente del Mundo Verde. ¿Quién era Dan? ¿Por qué hacía ese ruido? ¿No sabía que ésta era la noche del Doble Equinoccio y…?

Más llamadas.

—¿Estás bien? Mira, si no me contestas voy a entrar ahí dentro para ver si…

—¿Dan? —preguntó, intentando librarse de la confusión—. Dan, ¿qué pasa? ¿Qué hora es?

—Casi medianoche. No quiero parecer un intruso, pero…

—De acuerdo. Espera un segundo.

Se frotó los ojos. Casi medianoche. Estaba en la hamaca, con un libro abierto boca abajo en su regazo. Debo de haberme quedado dormida. Soñaba. El Mundo Verde. El Doble Equinoccio, ¿no era eso? Había un embajador de los Nueve Soles, y alguien del Gigante Azul, y del Noveno Zygeron, fuera lo que fuese. Oh, Dios. Dios.

El brusco final de la visión interrumpida todavía restallaba en su cerebro. Se llevó las manos a las sienes. El dolor era casi insoportable.

—¿Elszabet?

—Ya voy…

Pasó las piernas por encima de la hamaca, se paró un momento con los pies apenas tocando el suelo, inspiró profundamente dos o tres veces, y se preguntó si sería capaz de conservar el equilibrio cuando se levantara. Estaba temblando. Dejarse arrastrar tan profundamente, volverse tan dependiente…

Era como una droga, pensó. Como un narcótico.

—Espera un segundo, Dan. Me… cuesta trabajo despertar, supongo.