—Pero la parte de Dos Ríos fuiste tú.
—Sí —admitió Egwene.
—¿Y la última con Lan?
Egwene asintió con la cabeza.
—Lo siento. Pensé que si no lo hacía, nadie lo…
—Me alegro de que lo hicieras —la interrumpió Nynaeve—. Me mostró algo.
—¿De veras?
Nynaeve asintió con la cabeza, se recostó en la pared y, sujetándose la manta para que no se le cayera, cerró los ojos.
—Comprendí que, si tenía que elegir entre ser Aes Sedai o estar con Lan, lo elegiría a él. El tratamiento que me dé la gente no cambiará nada dentro de mí. Lan, sin embargo… Es más que un título. Aún puedo encauzar, aún puedo ser yo misma, aunque nunca me convierta en Aes Sedai. Pero no volvería a ser la misma persona si lo abandonara.
De algún modo, se sintió… libre al comprender aquello y al decirlo en voz alta.
—Ruega que las otras no se den cuenta de eso —la previno Egwene—, No sería bueno para ellas determinar que antepondrías lo que fuera a la Torre.
Me pregunto si, a veces, anteponemos la Torre Blanca, como institución, a las personas a las que servimos. Me pregunto si permitimos que se convierta en una consecución en sí misma, en lugar de un medio que nos ayuda a alcanzar logros mayores.
—La devoción es importante, Nynaeve. La Torre Blanca protege y guía al mundo.
—Y, sin embargo, muchas de nosotras lo hacemos sin familias —comentó Nynaeve—. Sin amor, sin pasión más allá de nuestros intereses particulares. Así que, aun cuando intentamos guiar al mundo, nos apartamos de él. Nos exponemos a caer en la arrogancia, Egwene. Siempre damos por sentado que sabemos más que nadie, pero corremos el riesgo de acabar siendo incapaces de llegar a comprender a la gente que decimos servir.
Egwene parecía preocupada.
—No expreses esas ideas mucho, al menos no lo hagas hoy. Ya se sienten bastante frustradas contigo. Pero esta prueba ha sido brutal, Nynaeve, y lo siento. No podía demostrar favoritismo hacia ti, pero quizá debí ponerle fin. Hiciste lo que se suponía que no debías hacer, y eso las condujo a ser cada vez más severas. Vieron el daño que te hacía lo de esos niños enfermos, así que metieron más y más en la prueba. Muchas parecían considerar tus victorias como un insulto personal, una pugna de voluntades. Eso las condujo a ser duras. Incluso crueles.
—Sobreviví —dijo, con los ojos cerrados—. Y aprendí muchísimo. Sobre mí misma. Y sobre nosotras.
Deseaba ser Aes Sedai, ser aceptada como tal absoluta y verdaderamente. Lo deseaba con todas sus fuerzas. Pero al final, si esas personas decidían no darle su aprobación, sabía que seguiría adelante y, de todos modos, haría lo que tuviera que hacer.
Por fin, las Asentadas —seguidas por Rosil— se acercaron. Nynaeve se puso de pie en señal de respeto.
—Tenemos que hablar sobre el tejido prohibido que utilizaste —dijo Saerin en tono grave.
—Es la única forma que conozco para destruir a los Sabuesos del Oscuro —argumentó Nynaeve—. Debía hacerlo.
—Tú no tienes derecho a decidir eso —replicó Saerin—. Lo que hiciste desestabilizó el ter’angreal. Podrías haberlo destruido, matándote a ti misma y quizás a nosotras. Queremos que jures que jamás volverás a usar ese tejido.
—No voy a jurar eso —contestó, cansada.
—¿Y si no hacerlo significa que obtengas el chal o que lo pierdas para siempre?
—Prestar un juramento así sería absurdo. Podría encontrarme en una situación en la que podría morir gente si no lo utilizara. ¡Luz! Estaré combatiendo en la Última Batalla al lado de Rand. ¿Y si me encuentro en Shayol Ghul y descubro que, sin el fuego compacto, no podría ayudar al Dragón a detener al Oscuro? ¿Querrías que tuviera que elegir entre un absurdo juramento y el destino del mundo?
—¿Crees que irás a Shayol Ghul? —preguntó Rubinde, incrédula.
—Voy a estar allí —respondió con suavidad—. Y no es una suposición. Rand me lo ha pedido, aunque también habría ido aunque no lo hubiera hecho.
Las mujeres intercambiaron una mirada, aparentemente preocupadas.
—Si vais a ascenderme, entonces tendréis que confiar en mi criterio respecto al fuego compacto. Si no confiáis en que sepa cuándo usar un tejido muy peligroso y cuándo no, entonces prefiero que no me ascendáis.
—Yo pensaría bien esa decisión —les dijo Egwene a las Asentadas—. Negarle el chal a la mujer que ayudó a limpiar la mácula del Saidin, la mujer que derrotó a Moghedien en combate, la mujer casada con el rey de Malkier, sentaría un precedente muy peligroso.
Saerin miró a las otras. Tres cabeceos de asentimientos: Yukiri, Seaine y, quién lo hubiera dicho, Romanda. Tres negaciones con la cabeza: Rubinde, Barasine, Lelaine. Sólo quedaba Saerin, lo cual le dejaba a ella el voto decisivo. La Marrón se volvió hacia ella.
—Nynaeve al’Meara, declaro que has superado esta prueba. Por poco.
A su lado, Egwene exhaló un suspiro de alivio, suave, casi inaudible. Nynaeve cayó en la cuenta de que ella misma había estado conteniendo la respiración.
—¡Se ha consumado! —dijo Rosil, que dio una fuerte palmada—. Que nadie hable de lo que ha pasado aquí. Que quede entre nosotras para compartirlo en silencio con la que lo ha experimentado. Se ha consumado. —Dio una segunda palmada.
Las mujeres asintieron en señal de conformidad, incluso las que habían votado contra Nynaeve. Nadie sabría que había estado a punto de no superarlo. Seguramente habían sacado a colación el tema del fuego compacto allí —en lugar de buscar un castigo formal— debido a la tradición de no hablar de lo ocurrido en el ter’angreal.
—Nynaeve al’Meara —añadió Rosil—, pasarás la noche en oración y contemplación por las obligaciones que cargarás a partir de mañana, cuando te pongas el chal de Aes Sedai. Se ha consumado. —Dio una tercera y última palmada.
Gracias, pero en realidad ya tengo mi chal y… —empezó Nynaeve.
Se calló al notar la mirada fulminante de Egwene; una mirada serena, pero, aun así, fulminante. Quizás ya había forzado bastante las cosas esa noche.
Y estaré encantada de seguir las costumbres —añadió, descartando la objeción que iba a hacer—. Siempre y cuando se me permita hacer una cosa muy importante. Después regresaré y cumpliré con la tradición.
Nynaeve necesitó un acceso para llegar a donde iba. No les había dicho exprofeso a las otras que tendría que salir de la Torre para solucionar ese asunto pendiente. Aunque tampoco había dicho que no lo haría.
Caminó a buen paso a través del oscuro campamento de tiendas instalado fuera del muro parcialmente construido. Era una noche oscura, con el cielo nublado, y las hogueras del campamento brillaban alrededor del perímetro. Quizá demasiadas. Los que vivían allí eran cautelosos en extremo. Por fortuna, los guardias le habían permitido entrar en el campamento sin el menor comentario; el anillo de la Gran Serpiente hacía maravillas cuando se utilizaba en los sitios adecuados. Incluso le habían dicho dónde encontrar a la mujer que buscaba.
A decir verdad, a Nynaeve le había sorprendido encontrar esas tiendas en el exterior, en lugar de dentro de los muros de la Torre Negra. A esas mujeres se las había enviado allí para vincular Asha’man, como Rand había ofrecido. Pero, según los guardias, a las enviadas de Egwene se las había hecho esperar. Los Asha’man habían dicho que «otras tenían preferencia para elegir», significara lo que significase eso. Sin duda, Egwene estaría enterada de algo más; había enviado mensajeros, ida y vuelta, a las mujeres reunidas allí, sobre todo para ponerlas sobre aviso respecto a las hermanas Negras que podría haber entre ellas. Aquellas a las que habían descubierto habían desaparecido antes de que llegaran los primeros mensajeros.
Nynaeve no tenía la mente para preguntar más detalles en ese momento. Tenía otro quehacer. Se dirigió hacia la tienda que buscaba; se sentía tan cansada por la prueba que tenía la impresión de que, en cualquier instante, se desplomaría en el suelo como si fuera un bulto de tela amarilla. Unos cuantos Guardianes pasaron caminando por el campamento a corta distancia y la observaron con expresión impasible.