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—Excelente. ¿Tenéis un plan de ataque? —inquirió Gallenne, ansioso.

—Bueno, imagino que si van a ser tan amables de alinearse, los contendremos con mis arqueros y encauzadores y los destruiremos.

—Apruebo el plan, siempre y cuando mis hombres puedan cargar para encargarse de la chusma que quede al final —manifestó Gallenne.

—Balwer —llamó Perrin—, escribe a los Capas Blancas. Diles que lucharemos y que escojan ellos el sitio.

Mientras pronunciaba esas palabras sintió una fuerte renuencia. Le parecía una pérdida absurda matar a tantos soldados dispuestos a luchar contra la Sombra. Pero no veía otra salida.

Balwer asintió con la cabeza; el hombrecillo olía a ferocidad. ¿Qué le habrían hecho los Capas Blancas? El huraño secretario estaba obsesionado con ellos.

La reunión empezó a disgregarse. Perrin fue hacia el costado abierto de la tienda y observó la marcha de los grupos separados; Alliandre y Arganda se dirigían a su sector del campamento. Faile caminaba junto a Berelain y, cosa extraña, las dos iban charlando. Los efluvios de ambas indicaban que estaban enfadadas, pero las palabras que pronunciaban sonaban amistosas. ¿Que se traerían entre manos esas dos?

En el suelo de la tienda sólo quedaban unas manchas húmedas de la bandeja caída. ¿Qué le pasaría a Maighdin? Un comportamiento imprevisible como el suyo resultaba perturbador; con frecuencia, lo seguía alguna manifestación del poder del Oscuro.

—Milord… —llamó una voz, precedido de una discreta tosecilla.

Perrin se volvió al caer en la cuenta de que Balwer seguía detrás de él. El secretario tenía las manos enlazadas ante sí. Su aspecto era el de un montón de palos que unos niños hubieran vestido con una camisa y una chaqueta muy usadas.

—¿Sí? —preguntó.

—Resulta que he oído por casualidad algunas noticias de… eh… cierto interés mientras visitaba a los estudiosos de Cairhien.

—Encontraste suministros, ¿verdad?

—Sí, sí. Tenemos existencias suficientes. Un momento, por favor. Creo que os interesará la conversación que oí sin poder evitarlo.

—Bien, cuenta, pues.

Perrin entró de nuevo en el pabellón que en ese momento abandonaba el último de los asistentes a la reunión.

—En primer lugar, milord —empezó Balwer en voz baja—, parece ser que los Hijos de la Luz están confabulados con los seanchan. Ahora lo sabe todo el mundo, y me preocupa que las fuerzas que tenemos cerca estuvieran plantadas ahí para…

—Balwer —lo interrumpió Perrin—, sé que odias a los Capas Blancas, pero ya me has contado esa noticia media docena de veces.

—Sí, pero…

—No quiero oír nada más de los Capas Blancas —advirtió, alzando una mano—. A menos que sean noticias específicas sobre esa fuerza que tenemos enfrente. ¿Algo nuevo sobre eso?

—No, milord.

—Muy bien, pues. ¿Alguna otra cosa que quieras decirme?

Balwer no dio señales de estar enfadado, pero Perrin olía su descontento. La Luz sabía que los Capas Blancas tenían que dar cuenta de muchas cosas, y comprendía que Balwer los odiara, pero ese asunto empezaba a empacharlo.

—Bien, milord, me atrevo a decir que los rumores de que el Dragón Renacido desea alcanzar una tregua con los seanchan son algo más que simples habladurías. Varias fuentes indican que ha pedido la paz a su cabecilla.

—Pero ¿qué le pasó en la mano? —preguntó Perrin, que apartó otra imagen de Rand en su mente.

—¿Qué habéis dicho, milord?

—No, nada.

—Además, circula un número alarmante de éstos —dijo buscando algo en una manga— entre rateros, ladrones y descuideros de Cairhien.

Sacó una hoja de papel con el dibujo de la cara de Perrin. El gran parecido era preocupante. Perrin tomó el papel, fruncido el entrecejo. No había nada escrito. Balwer le tendió otra hoja, idéntica a la primera. Le siguió una tercera, ésta con el dibujo de la cara de Mat.

—¿Dónde los conseguiste? —preguntó.

—Como he dicho, milord, se están repartiendo en ciertos círculos. Parece ser que se han prometido grandes sumas de dinero a quien entregue vuestro cadáver, aunque no logré determinar quién pagaría esa suma.

—¿Y lo descubriste mientras visitabas a los estudiosos en la escuela de Rand?

La cara afilada del escriba no denotó emoción alguna.

—¿Quién eres en realidad, Balwer?

—Un secretario. Con un poco de habilidad para descubrir secretos.

—¿Un poco? Balwer, no te he preguntado sobre tu pasado. Opino que un hombre merece tener una segunda oportunidad. Pero ahora tenemos aquí a los Capas Blancas y hay algo que te relaciona con ellos. Tengo que saber qué es.

Balwer guardó silencio unos segundos. Los faldones alzados del pabellón susurraron al moverlos el aire.

—Mi anterior patrono era un hombre al que respetaba, milord —dijo el hombrecillo—. Murió a manos de los Hijos de la Luz. Algunos podrían reconocerme.

—¿Eras un espía para esa persona?

Los labios de Balwer se inclinaron por las comisuras de forma notable. Cuando habló, lo hizo en voz más baja.

—Simplemente tengo cabeza para recordar datos, milord.

—Sí, tienes muy buena cabeza para eso. Tu labor me es muy útil, Balwer. Sólo intento dejar eso claro. Me alegro de que estés aquí.

El olor del hombre revelaba que se sentía complacido.

—Si se me permite decirlo, milord, es agradable trabajar para alguien que no ve mi labor de informador como un simple medio para traicionar o comprometer a quienes están a su alrededor.

Bueno, en cualquier caso, tal vez debería empezar a pagarte algo más.

Sus palabras provocaron un efluvio de pánico en el hombrecillo.

Eso no es necesario —dijo.

¡Pero hay un montón de señores o mercaderes con los que ganarías un sueldo más alto trabajando para ellos!

Hombres insignificantes, sin importancia —manifestó Balwer, que unió los dedos índice y pulgar como si sostuviera un pellizco de algo.

—Sí, pero sigo pensando que deberías cobrar más. Es simple sentido común. Si uno contrata un aprendiz de herrero para la forja y no le paga bien, el aprendiz impresionará a los clientes habituales con su trabajo y después, en cuanto pueda permitírselo, abrirá una forja nueva al otro lado de la calle.

—Ah, pero no os dais cuenta, milord. El dinero no significa nada para mí. La información es lo importante. Hechos y descubrimientos son… como pepitas de oro. Podría dar ese oro a un banquero corriente para que hiciera monedas, pero prefiero dárselo a un maestro artesano para que cree algo bello.

Por favor, milord, dejad que siga siendo un simple secretario. Veréis, una de las formas más fáciles de discernir si alguien no es lo que aparenta, es comprobar su salario. —Soltó una risita—. He descubierto a más de un asesino o espía de ese modo, oh, sí. No tenéis que pagarme por esto. La oportunidad de trabajar con vos es retribución suficiente.

Perrin se encogió de hombros, pero aceptó con un cabeceo y Balwer se retiró. Perrin salió del pabellón mientras se guardaba los dibujos en el bolsillo. Lo desasosegaban. Apostaría a que esos retratos andaban también por Andor, repartidos por los Renegados.

Por primera vez, se sorprendió a sí mismo preguntándose si iba a necesitar un ejército para estar a salvo. Era una idea inquietante.

La oleada de los bestiales trollocs irrumpió en la cima de la colina y asaltó las últimas fortificaciones. Gruñían y aullaban, mientras las manos de gruesos dedos desgarraban la oscura tierra saldaenina y aferraban espadas, lanzas con forma de gancho, martillos, garrotes y otras armas abyectas. Las armaduras negras iban decoradas con pinchos.

Los hombres de Ituralde aguantaban firme con él en la base de la ladera posterior de la colina. Había dado orden de desocupar el campamento de abajo y replegarse hacia el sur todo lo posible, a lo largo de la ribera del río. Entretanto, el ejército se había retirado de las fortificaciones. Detestaba rendir el terreno alto, pero que los empujaran cuesta abajo por esa pendiente escarpada durante un ataque habría sido suicida. Tenía espacio para replegarse, de modo que lo utilizó, ahora que las fortificaciones se habían perdido.