Los trollocs se lanzaron hacia adelante. Lidrin cayó soltando una rociada de sangre, riendo. Sus hombres lo estaban pasando mal y se dividieron por el centro. Los piqueros formaron de nuevo, pero un pelotón de trollocs chocó con fuerza contra ellos. Algunos trollocs cayeron.
La mayoría no.
Los monstruos que se encontraban cerca aullaron y chillaron al ver la brecha en las defensas. Corrieron hacia allí pasando por encima de los cadáveres amontonados al pie de la colina y se lanzaron contra los piqueros.
Ituralde maldijo y después azuzó a Tejido del Alba para que avanzara.
En la guerra, como en la labranza, a veces uno tenía que meterse en el barro hasta las rodillas. Bramó a la par que caía sobre los trollocs. Su guardia se desplazó para rodearlo y la brecha se cerró. El aire se convirtió en una estrepitosa tormenta de acero contra acero y gruñidos de dolor.
Tejido del Alba resopló y pataleó mientras Ituralde descargaba golpes con la espada. Al caballo de batalla le desagradaba encontrarse cerca de los Engendros de la Sombra, pero estaba bien entrenado. Era un regalo de uno de los hombres de Bashere, el cual había afirmado que, en las Tierras Fronterizas, un general necesitaba una montura que ya hubiera luchado antes con trollocs. Ituralde bendijo al soldado en ese momento.
Realizó La garza en el tocón con un amplio movimiento —una maniobra de combate con espada a lomos de un caballo— y alcanzó a un trolloc en la garganta, degollándolo. Saltó una rociada de fétida sangre pardusca, y el ser se desplomó hacia atrás; en la caída, chocó contra otro monstruo con cabeza de jabalí. Un estandarte rojo —en el que se representaba la calavera de un carnero con un fuego detrás— ondeaba en la colina. Era el emblema del clan Ghob’hlin.
Ituralde hizo que el caballo se girara para esquivar el golpe de un hacha horrenda y después azuzó al animal para que se adelantara y hundió la espada en el costado del trolloc. A su alrededor, Whelborn y Lehynen —dos de sus mejores hombres— murieron mientras defendían su flanco. ¡Así la Luz abrasara a los trollocs!
La línea entera se estaba desmoronando. Sus hombres y él eran muy pocos, pero la mayoría de sus tropas ya se había retirado. «¡No, no, no!», pensó mientras trataba de salir de la batalla para retomar el mando. Pero, si retrocedía, los trollocs abrirían brecha por allí.
Tenía que correr ese riesgo. Estaba preparado para afrontar problemas como éste.
Sonó el toque de retirada.
Ituralde se quedó paralizado y escuchó con espanto el angustiado sonido que se propagaba por el campo de batalla. ¡Se suponía que los cuernos no lo tocarían a menos que él o un miembro de su guardia dieran la orden! Era muy pronto, demasiado pronto.
Algunos trompeteros oyeron el toque y lo repitieron, aunque otros no.
Se daban cuenta de que era demasiado pronto. Por desgracia, eso fue peor. Significaba que la mitad de los piqueros empezó a retroceder mientras que la otra mitad mantenía su posición.
Las líneas alrededor de Ituralde se rompieron y los hombres se desperdigaron a medida que la ingente masa de trollocs se les echaba encima.
Era un desastre, el peor en el que Ituralde había tomado parte. Sintió los dedos fláccidos.
«Si caemos, los Engendros de la Sombra destruirán Arad Doman».
Lanzó un rugido a la par que tiraba de las riendas del caballo y se apartaba de la embestida de los trollocs. Los componentes que quedaban de su guardia personal lo siguieron.
—¡Helmke y Cutaris! —llamó a voces a los dos hombres, unos domani robustos y de piernas largas—. ¡Id hasta la caballería de Durhem y decidle que ataquen el centro tan pronto como aparezca la brecha! Kappre, tú ve a la caballería de Alin. Ordénale que ataque a los trollocs por el flanco occidental. ¡Sorrentin, ve a traer a esos Asha’man! ¡Quiero que los trollocs sean pasto de las llamas!
Los mensajeros partieron a galope en tanto que Ituralde se dirigía hacia el oeste, al punto donde los piqueros todavía aguantaban. Empezó a reunir una de las filas de atrás para conducirla al sector que aguantaba mayor presión. Casi logró que funcionara. Pero entonces, atacando con rapidez, aparecieron los Myrddraal deslizándose como serpientes entre las filas de trollocs, y una bandada de Draghkar descendió al suelo.
Ituralde se encontró luchando para salvar la vida.
A su alrededor, el campo de batalla era un desastre terrible: filas deshechas, trollocs campando a sus anchas y matando a placer, Myrddraal azotándolos para que, en cambio, atacaran a los pocas formaciones de piqueros que quedaban.
El fuego voló en el aire cuando los Asha’man apuntaron hacia los trollocs, pero eran bolas de fuego más pequeñas y más débiles que las de días atrás. Los hombres gritaban, las armas repicaban y las bestias bramaban en el humo bajo un cielo de nubes negras.
Ituralde estaba jadeando. Sus guardias habían caído. Al menos había visto morir a Staven y Rett. ¿Qué habría sido de los otros? No los había visto. Tantas muertes, tantas… El sudor le entraba en los ojos.
«Luz —pensó—. Al menos he presentado batalla. He aguantado más de lo que creía posible».
Al norte se alzaron columnas de humo. Al menos algo había salido como estaba planeado; ese Asha’man, Tymoth, había hecho bien su trabajo. La segunda tanda de máquinas de asalto estaba ardiendo. Algunos de sus oficiales había dicho que era una locura mandar lejos a uno de sus Asha’man; sin embargo, en este desastre, habría dado igual tener un Asha’man más. Y, cuando los trollocs atacaran Maradon, que no tuvieran esas catapultas representaría una gran diferencia.
Tejido del Alba cayó. Una jabalina trolloc lanzada contra él había volado baja. El caballo relinchó con el arma alojada en el cuello mientras la sangre se deslizaba por la piel sudorosa. No era la primera montura que Ituralde perdía en combate y sabía cómo rodar hacia un lado, pero esta vez estaba muy desequilibrado en la silla. Oyó el chasquido de la pierna cuando se le rompió al chocar contra el suelo.
Rechinando los dientes, decidido a no morir tirado de espaldas, hizo un esfuerzo sobrehumano para ponerse sentado. Soltó la espada —aunque tuviera la marca de la garza— y asió una pica rota con un grácil movimiento. Clavó el arma en el pecho de un trolloc que se le venía encima.
Sangre oscura y apestosa impregnó el astil y se deslizó hasta las manos de Ituralde al tiempo que el trolloc chillaba y moría.
Sonó un trueno en el aire. No era extraño; a menudo retumbaban truenos en esas nubes, muchas veces misteriosamente desligados de los relámpagos.
Ituralde apartó con gran esfuerzo al trolloc hacia un lado haciendo palanca con la pica. Entonces lo vio, un Myrddraal.
Apretando los dientes, Ituralde alargó la mano hacia la espada, pero comprendió que acababa de ver a su asesino. Uno de esos seres era capaz de acabar con una docena de hombres, de modo que hacerle frente con una pierna rota…
Aun así, intentó ponerse de pie. No lo logró y cayó hacia atrás al tiempo que maldecía. Preparado para morir, enarboló la espada cuando ese monstruo se acercó silencioso, moviéndose como si fuera líquido.
Una docena de flechas se incrustó en el Fado.
Ituralde parpadeó al ver desplomarse a la criatura. Los truenos sonaban con más fuerza. Volvió a incorporarse y se sorprendió al ver miles de jinetes desconocidos cargando en formación a través de las filas trollocs y arremetiendo contra los monstruos que tenían delante.
«¡El Dragón Renacido! ¡Está aquí!»
Pero no. Esos hombres ondeaban la bandera saldaenina. Miró hacia atrás. Las puertas de Maradon se hallaban abiertas, y a los cansados supervivientes de Ituralde les permitían entrar, renqueantes. Desde las almenas volaban bolas de fuego; habían dejado que los Asha’man subieran allí para tener esa ventaja respecto al campo de batalla.