—No es deshonroso elegir otro camino —le dijo.
—Pues los otros hacen que lo parezca.
—Los otros se equivocan —afirmó Gawyn—. Reúne a los que quieren quedarse con los Cachorros y os presentáis mañana al mayor Chubai.
Yo hablaré con él. Apuesto a que le vendrá bien organizaros como una división de la Guardia de la Torre. Ha perdido un montón de hombres en el ataque seanchan.
—¿Haríais eso, milord? —preguntó Celark, al que se notaba mucho más relajado.
—Por supuesto. Ha sido un honor capitanearos.
—¿Creéis que…? ¿Tal vez podríais uniros a nosotros? —La voz del joven rebosaba esperanza.
—He de seguir otro camino —repuso, negando con la cabeza—. Pero, si la Luz quiere, acabaré estando lo bastante cerca para no perderos de vista. —Señaló el cuarto con la barbilla—. Vuelve con los demás. Hablaré también a Makzim sobre vosotros.
Makzim era un Guardián adusto, de brazos musculosos, que en la actualidad se encargaba de las sesiones de entrenamiento. Celark inclinó la cabeza en un gesto de agradecimiento y volvió presuroso con los otros.
Gawyn siguió pasillo adelante; ojalá le resultara tan sencillo elegir como a sus hombres.
Absorto en sus pensamientos, subió la mitad de los niveles que había hasta los aposentos de Egwene antes de pararse y darse cuenta de lo que hacía.
«Necesito algo que me distraiga». Aún no era demasiado tarde; a lo mejor encontraba a Bryne despierto para charlar un rato.
Se dirigió hacia los aposentos del general. Si él se encontraba en una posición rara entre las Aes Sedai, la de Bryne era casi tan peculiar como la suya —Guardián de una exAmyrlin derrocada, general del ejército conquistador de Egwene, y renombrado capitán general. La puerta de Bryne estaba entreabierta una rendija por la que se proyectaba una línea de luz a través de las baldosas azules del pasillo. Tenía por costumbre hacer eso cuando se encontraba dentro y despierto, por si alguno de sus oficiales lo necesitaba. Muchas noches Bryne se hallaba ausente porque se quedaba en alguno de los puestos de mando que había alrededor de la isla o en uno de los pueblos aledaños.
Gawyn dio unos golpes suaves con los nudillos.
—Adelante.
La voz de Bryne sonaba firme y familiar. Gawyn entró y después dejó la puerta abierta una rendija, como la había encontrado. Bryne escribía una carta, sentado detrás de un escritorio de aspecto desvencijado. Alzó la vista hacia Gawyn.
—Espera un momento —dijo.
Gawyn esperó. Las paredes estaban empapeladas con mapas de Tar Valon, Andor, Cairhien y regiones colindantes. En muchos había anotaciones recientes hechas con tiza roja. Bryne se preparaba para la guerra. Las anotaciones dejaban claro que tenía el pálpito de que, antes o después, tendría que defender la propia Tar Valon contra los trollocs.
Varios mapas mostraban pueblos a lo ancho de la zona septentrional de la campiña, con una lista de sus fortificaciones —si las había— y su lealtad a Tar Valon. Los utilizaría como depósitos de suministros de puestos avanzados. Otro mapa tenía círculos que marcaban antiguas torres de vigía, fortificaciones y ruinas.
En los cálculos de Bryne había una inevitabilidad metódica y una sensación de urgencia. Su propósito no era construir fortificaciones, sino usar aquellas que ya estaban levantadas. Desplazaba tropas a los pueblos que consideraba más estratégicos; otro mapa señalaba el progreso en el reclutamiento que había en marcha.
Hasta el instante en que puso un pie allí dentro y olfateó el olor mohoso de papel antiguo y el de velas quemándose, Gawyn no había sido consciente de la realidad de una guerra inminente. No tardaría en llegar. El Dragón rompería los sellos de la prisión del Oscuro. El lugar en que le había dicho a Egwene que se reuniera con él, Campo de Merrilor, estaba marcado con un rojo intenso en los mapas. Se encontraba al norte, en la frontera de Shienar.
El Oscuro. Suelto por el mundo. ¡Luz! Eso convertía sus problemas en algo intrascendente.
Bryne terminó de escribir la carta, echó arena en el papel, lo sacudió, dobló la hoja y alargó la mano hacia la cera y el sello.
—Es un poco tarde para hacer visitas, hijo.
—Lo sé, pero pensé que a lo mejor estabais despierto.
—Y así es. —Bryne vertió un poco de cera en la carta—. ¿Qué quieres?
—Consejo. —Gawyn se sentó en un taburete.
—A no ser que esté relacionado con el mejor modo de alojar a un grupo de hombres o cómo fortificar la cima de una colina, mi consejo te parecerá limitado. Pero, dime ¿sobre qué querías hablar?
—Egwene me ha prohibido que la proteja.
—Estoy convencido de que la Amyrlin tendrá sus razones para hacerlo
—dijo Bryne mientras sellaba la carta con parsimonia.
—Razones absurdas. No tiene Guardián y hay un asesino que anda suelto por la Torre.
«Uno de los Renegados», pensó.
—Ambas cosas son ciertas —convino Bryne—. Pero ¿qué tiene que ver eso contigo?
—Necesita mi protección.
—¿Te pidió ella que se la dieras?
—No.
—Por supuesto. Que yo recuerde, tampoco te pidió que vinieras con ella a la Torre ni te pidió que empezaras a seguirla a todas partes como un sabueso que ha perdido a su amo.
—¡Pero es que me necesita!
—Interesante. La última vez que pensaste eso, tú, con mi ayuda, diste al traste con el trabajo que había hecho durante semanas para reunificar la Torre Blanca. A veces, hijo, nuestra ayuda no es necesaria. Por mucho que la ofrezcas de buen grado o lo urgente que parezca precisarla quien sea.
Gawyn se cruzó de brazos, si bien no se apoyó en la pared, no fuera a ser que moviera un mapa que indicaba las plantaciones de árboles frutales por toda la campiña del entorno. Por alguna razón, había un pueblo cercano al Monte del Dragón que estaba marcado con cuatro círculos.
—De modo que vuestro consejo es que la deje desprotegida, tal vez expuesta a que le claven un cuchillo en la espalda.
—No te he dado ningún consejo —repuso Bryne, que hojeó algunos informes que había en el escritorio, el rostro de rasgos firmes iluminado por el brillo de las velas—. Sólo he hecho algunas observaciones, aunque me parece curioso que tu conclusión sea que debes dejarla en paz.
—Yo… Bryne, ¡no actúa de forma racional!
Una sonrisa irónica curvó la comisura de la boca de Bryne, que dejó los papeles y se volvió hacia él.
—Te advertí que mi consejo no te sería de mucha utilidad. No estoy seguro de que haya respuestas que te satisfagan. Pero permíteme que te pregunte una cosa: ¿Qué es lo que quieres tú, Gawyn Trakand?
—A Egwene —repuso de inmediato—. Quiero ser su Guardián.
—Vamos a ver, ¿en qué quedamos?
Gawyn lo miró con el entrecejo fruncido.
—¿Quieres a Egwene o quieres ser su Guardián? —preguntó Bryne.
—Ser su Guardián, por supuesto. Y… En fin, casarme con ella. La amo, Bryne.
—A mi entender son dos cosas distintas. Parecidas, pero independientes. Mas, aparte de cosas relacionadas con Egwene, ¿qué es lo que quieres?
—Nada. Ella lo es todo.
—Bien, pues, ése es tu problema.
—¿Cómo va a ser un problema? La amo.
—Eso dices tú.
Bryne se quedó mirándolo, con un brazo en la mesa y el otro apoyado en la pierna. Gawyn resistió el impulso de rebullir bajo aquella intensa mirada.
—Siempre fuiste apasionado, Gawyn —dijo después el general—. Como tu madre y tu hermana. Impulsivo, nunca calculador, como tu hermano.
—Galad no es calculador. Se limita a actuar —afirmó.
—No. Quizá me he expresado mal. Tal vez Galad no sea calculador, pero desde luego no es impulsivo. Serlo es actuar sin pensar bien las cosas. Galad siempre ha reflexionado mucho sobre todo. Así es como se ha forjado su código moral. Si es capaz de actuar con rapidez y de forma decisiva es porque ya tiene decidido lo que ha de hacer.
Tú actúas con pasión. No te conduces por lo que piensas, sino por lo que sientes, en un arrebato, con un pronto emocional. Eso te proporciona fuerza. Te da capacidad para actuar cuando has de hacerlo, y luego ya tomarás en cuenta las consecuencias. Tus impulsos suelen ser acertados igual que le pasaba a tu madre, y gracias a eso nunca has tenido que afrontar cómo reaccionar o qué hacer si esos impulsos te conducen en la dirección errónea.