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—¿Y tú que sabes?

—Jain se quejaba de eso —susurró Noal.

Mat soltó un gruñido. El siguiente en llegar fue Thom. Vestía como el criado de un mercader próspero, un atuendo azul que no era demasiado fino, pero que tampoco estaba en mal estado. Contaba que había llegado a Baja Caemlyn para decidir si sería aconsejable para su amo abrir un negocio allí.

Thom lucía el disfraz con aplomo y se retorcía las puntas del bigote mientras hablaba con un ligero acento murandiano. Mat se había ofrecido a desarrollar una trama subyacente para su papel, pero Thom había tosido antes de responder que ya estaba él trabajando en eso. Puñetero juglar mentiroso.

Thom acercó una silla y se sentó con delicadeza, como si fuera un criado que tuviera un alto concepto de sí mismo.

—¡Oh, qué manera de perder el tiempo hoy! ¡Mi amo insiste en que me relacione con esta chusma! ¡Y he ido a topar con lo peor de lo peor!

Noal rió entre dientes.

—¡Oh, ojalá que en cambio me hubiera enviado al campamento del majestuoso, fascinante y famoso Matrim Cauthon! Entonces sí que habría…

—Maldita sea, Thom, deja que un hombre sufra en paz.

Thom se echó a reír e hizo un gesto con la mano a la camarera, a la que encargó que trajera bebida para los tres. Le pagó y le dio una moneda de más al tiempo que le pedía en voz baja que impidiera a cualquier posible fisgón que se acercara demasiado a la chimenea.

—¿Estás seguro de querer mantener aquí la reunión? —preguntó Noal.

—Lo estoy. —Mat no quería que se lo viera de nuevo en el campamento, a menos que el gholam lo fuera a buscar allí.

—De acuerdo —dijo Noal—. Sabemos dónde está la torre y es posible llegar allí, si damos por sentado que Mat nos procurará un acceso.

—Lo haré —confirmó éste.

—Algunos cuentan que es un lugar encantado —intervino Thom, que bebió un trago de la jarra—. Otros aseguran que es una reliquia de la Era de Leyenda. Se dice que el exterior es una superficie lisa de acero, sin una sola abertura. Encontré al hijo menor de la viuda de un capitán que una vez oyó relatar la historia de alguien que halló grandes tesoros en la torre. Pero no explicó cómo había entrado esa persona.

—Sabemos cómo entrar —apuntó Mat.

—¿Lo que nos contó Olver? —preguntó Noal con escepticismo.

—Es lo mejor que tenemos —repuso Mat—. Mira, tanto el juego como los versos están relacionados con los alfinios y los elfinios. La gente sabía de su existencia en otros tiempos. Esos condenados marcos de piedra son prueba de ello. Así que dejaron el juego y los versos como advertencia.

—No se puede ganar a ese juego, Mat —argumentó Noal, que se frotó la curtida mejilla.

—Y de eso se trata. Hay que hacer trampas.

—Pero quizá deberíamos intentar hacer un trato —sugirió Thom, que jugueteó con la punta encerada del bigote—. A ti te dieron respuesta a las preguntas que hiciste.

—Unas respuestas muy frustrantes —puntualizó Mat.

No había querido contarles a Thom y a Noal lo relacionado con sus preguntas; todavía no les había dicho lo que había preguntado.

—Pero respondieron —insistió Thom—. Es como si tuvieran algún tipo de trato con las Aes Sedai. Si supiéramos qué era lo que tenían las Aes Sedai que las serpientes y los zorros deseaban, la razón de que estuvieran dispuestos a hacer un trato, entonces a lo mejor podríamos negociar un trueque por Moraine a cambio de lo que quiera que sea.

—Si es que sigue viva —indicó Noal, sombrío.

—Está viva —afirmó Thom, que se quedó mirando al vacío—. Quiera la Luz que así sea. Tiene que estarlo.

—Sabemos lo que quieren. —Mat desvió la vista hacia las llamas.

—¿Qué? —se sorprendió Noal.

—A nosotros — contestó Mat—. Mira, conocen de antemano lo que va a pasar. Lo hicieron conmigo y lo hicieron con Moraine, si es que esa carta puede considerarse una pista. Sabían que ella te dejaría una carta,

Thom. Lo sabían. Y, aun así, respondieron a sus preguntas.

—Tal vez porque tenían que hacerlo —sugirió Thom.

—Sí, pero no han de responder de forma explícita —aclaró Mat—. Conmigo no lo hicieron. A Moraine le respondieron sabiendo que volvería con ellos. Y a mí me dieron lo que me dieron sabiendo que también tendría que regresar forzado por las circunstancias. Me quieren. Nos quieren.

—Eso no lo sabes con certeza, Mat.

Thom soltó la jarra de cerveza en el suelo, entre los pies, y sacó la pipa.

A la derecha de Mat, unos hombres aplaudían y jaleaban en una partida de dados.

—Pueden responder preguntas —continuó el juglar—. Pero eso no significa que lo sepan todo. Podría ser algo parecido a la Predicción de las Aes Sedai.

Mat negó con la cabeza. Esas criaturas le habían metido recuerdos en la mente, recuerdos que —sospechaba— eran de personas que habían tocado la torre o habían entrado en ella. Los alfinios y los elfinios atesoraban esos recuerdos y, así se abrasara, a buen seguro que también tenían los suyos. ¿Podrían vigilarlo, ver a través de sus ojos?

De nuevo deseó tener el medallón en su poder, aunque no le serviría de nada contra ellos. No eran Aes Sedai; ellos no encauzaban.

—Saben cosas, Thom —reiteró—. Nos vigilan. No los pillaremos por sorpresa.

—En ese caso, vencerlos sería harto difícil —dijo Thom, que prendió una ramita de yesca en el fuego y la usó para encender la pipa—. Es imposible que ganemos.

—A menos que rompamos las reglas —repitió Mat.

—Pero, si lo que dices es cierto, sabrán lo que estamos haciendo —argumentó Thom—. Así que tendríamos que negociar con ellos.

—¿Y qué decía Moraine, Thom? —repuso Mat— En esa carta que lees todas las noches.

Thom dio una chupada a la pipa con aire ausente y llevó una mano hacia el bolsillo del pecho, donde guardaba la misiva.

—Decía que recordáramos lo que sabemos sobre el juego.

—Ella sabe que no hay forma de ganar cuando se hacen tratos con ellos —concluyó Mat—. Nada de negociaciones y nada de acuerdos,

Thom. Entramos luchando y no nos marchamos hasta rescatarla.

Thom vaciló un momento y después asintió con un cabeceo; la pipa empezó a echar humo.

—Valor para fortalecer —citó Noal—. Bueno, de eso tenemos bastante, con la suerte de Mat.

—No tienes por qué tomar parte en esto, Noal, lo sabes —dijo Mat—. No tienes por qué correr riesgos en esta empresa.

—Iré —insistió Noal—. He visto un montón de sitios. De hecho, casi todos. Pero nunca he estado en ése. —Vaciló—. Es algo que he de hacer.

Y no se hable más del asunto.

—De acuerdo —accedió Mat.

—Fuego para cegar —continuó Noal—. ¿Qué tenemos?

—Linternas y antorchas —repuso Mat, que dio con el pie en un saco que había al lado de su silla—. Y unos cuantos mixtos de Aludra, para poder encenderlas. Y también algunas sorpresas de ella.

—¿Fuegos de artificio? —preguntó Noal.

—Y alguno de esos cilindros explosivos que usamos contra los seanchan. Ahora ya les ha puesto nombre: tronadores.

Thom lanzó un silbido.

—¿Cuántos te dio? —preguntó luego.

—Dos. Cuando le presenté el acuerdo con Elayne se sentía muy inclinada a darme casi cualquier cosa que le pidiera. —Mat torció el gesto—. Quería acompañarnos para encenderlos. ¡Ella! Así me abrase, pero menuda discusión tuvimos por eso. Sin embargo, disponemos de un montón de flores nocturnas. —Dio unos golpecitos con el borde del pie al saco que había junto a la silla.

—¿Te has traído todo eso? —preguntó Thom.

—Quería tenerlo cerca. Y no me lo ha dado hasta hoy. Nada va a explotar por accidente, Thom. Eso no suele ocurrir casi nunca.

—¡Bien, pero al menos apártalo de la chimenea! —pidió el juglar, que miró la pipa y masculló una maldición, tras lo cual retiró su silla unas cuantas pulgadas para alejarse del saco.