—Lo siguiente es música para aturdir —añadió Noal.
—Disponemos de varias cosas —dijo Thom—. Llevaré el arpa y la flauta, pero he encontrado unos tambores pequeños que se tocan con la mano y unos címbalos. Te los puedes sujetar a un lado de la pierna con las correas y golpearlo con la mano. Ah, sí, y también traje una flauta más. —Miró a Mat— . Una sencilla, diseñada para los que tienen dedos gruesos y lentos.
Mat resopló con sorna.
—Y por último, hierro para encadenar —concluyó Noal, que empujó hacia adelante un fardo que había llevado consigo. El bulto emitió un apagado tintineo mientras lo desataba por arriba; el contenido reflejó la luz anaranjada del hogar—. Dos espadas de hoja corta y un juego de cuchillos de lanzar para cada uno de nosotros. Todo ello de hierro puro, nada de acero. También he conseguido algunas cadenas y un regatón ancho para ceñirlo alrededor de la punta del astil de la lanza de Mat. Aun que es posible que la desequilibre un poco por el peso.
—Lo pondré —dijo Mat.
Noal volvió a atar la boca del saco y los tres se quedaron sentados un rato mirando la chimenea. En cierto modo, esas cosas que habían reunido no eran más que una quimera, construir castillos en el aire, una forma de convencerse de que hacían algo para prepararse.
Pero Mat recordaba aquellos espacios distorsionados que había al otro lado de los marcos de piedra torcidos, los ángulos que no eran como debían ser, el paisaje insólito. Recordaba a los seres a los que se llamaba serpientes y zorros porque era imposible describirlos con una definición convencional.
Ese lugar era otro mundo. Los preparativos que Thom, Noal y él habían hecho podrían serles de ayuda, pero también cabía la posibilidad de que no sirvieran de nada. Y no había forma de saberlo hasta que entraran en esa torre. Era como no saber si uno llevaba el antídoto adecuado hasta que los colmillos de la serpiente se le clavaban en el brazo.
Por fin, se despidió de los otros dos hombres dándoles las buenas noches. Noal quería regresar al campamento de la Compañía, que ahora se encontraba a sólo diez minutos a caballo desde la ciudad. Thom estuvo de acuerdo en ir con él y recogieron el fardo de Mat lleno de flores de media noche, aunque los dos hombres lo hicieron como si hubieran preferido llevar un saco lleno de arañas.
Mat se ciñó la espada por encima de la chaqueta, recogió el bastón y se dirigió hacia su posada. No fue allí directamente, sin embargo, sino que se sorprendió deambulando con desgana por calles y callejas. Chabolas y tiendas se habían multiplicado junto a sólidos edificios a medida que la ciudad extramuros se extendía a lo largo de la muralla, como moho creciendo en una rodaja de pan.
El cielo estaba oscuro, pero la noche seguía muy animada con las llamadas de los ganchos encargados de atraer clientes desde las puertas iluminadas de las posadas. Mat se aseguró de que se viera bien la espada que llevaba. Había muchos tipos que se plantearían sacar provecho de un transeúnte solitario en la noche, sobre todo fuera de las murallas de la ciudad, donde el brazo de la ley se quedaba más bien corto.
A juzgar por el olor del aire, amenazaba lluvia, pero eso era algo frecuente en la actualidad. Deseó que lloviera hasta que el cielo se viniera abajo o que aclarara de una puñetera vez. Daba la impresión de que el propio aire estuviera conteniendo la respiración, esperando algo, un golpe que no se descargaba nunca, una campana que nunca llegaba a tañer, unos dados que nunca dejaban de rodar. Igual que los que retumbaban dentro de su cabeza.
Tocó la carta de Verin que llevaba en el bolsillo. ¿Dejarían de rodar los dados si la abría? A lo mejor tenía relación con el gholam. Si no recuperaba pronto el medallón, era muy probable que esa cosa diera con él y le arrancara las entrañas.
Qué puñetas. Querría ir a beber y olvidar durante un rato quién era… y quién creía la gente que era. Pero, si se emborrachaba, no sería de extrañar que dejara la cara al aire por casualidad. A lo mejor se ponía a hablar de quién era en realidad. Uno no podía adivinar lo que un hombre era capaz de hacer cuando estaba borracho, ni siquiera si ese hombre era uno mismo.
Cruzó las puertas de la muralla y entró en la Ciudad Nueva. El aire empezó a humedecerse con algo que no era del todo lluvia, como si el cielo lo hubiera oído despotricar y hubiera decidido soltar un ligero estornudo para salpicarlo un poco.
«Estupendo. Jodidamente estupendo», pensó.
Los adoquines se pusieron húmedos enseguida con la llovizna que no llegaba a serlo, y las farolas resplandecieron con halos de vaporosa neblina. Mat inclinó los hombros, todavía con el pañuelo cubriéndole la cara como si fuera un puñetero Aiel. ¿No había tenido mucho calor hacía sólo un rato?
Estaba tan ansioso como Thom de ponerse en marcha y encontrar a Moraine. Esa mujer le había embrollado la vida, pero suponía que por eso mismo estaba en deuda con ella. Mejor vivir en este maremágnum que estar atrapado de vuelta en Dos Ríos llevando una vida aburrida y, por si fuera poco, sin ser consciente de cuan aburrida era. Él no era como Perrin, que ya echaba de menos Dos Ríos antes incluso de que hubieran llegado a Baerlon. Una imagen de Perrin surgió en su mente, pero Mat la rechazó.
¿Y qué sería de Rand? Lo vio sentado en una silla elegante contemplando el suelo ante sí; se encontraba en una habitación casi a oscuras, con una única lamparilla titilando. Parecía consumido y exhausto, tenía los ojos muy abiertos y la expresión sombría. Mat sacudió la cabeza para librarse también de esa imagen. Pobre Rand. El pobre chico seguro que a estas alturas pensaba que era un jodido hurón negro —o cosa por el estilo— jugando a destrozar piñas a mordiscos. Pero casi con seguridad sería un hurón que quería vivir otra vez en Dos Ríos.
No, él no quería regresar. En Dos Ríos no estaba Tuon. Luz, tendría que resolver qué hacer respecto a Tuon. Pero no quería librarse de ella. Si aún estuvieran juntos, dejaría que lo llamara Juguete y no protestaría.
Bueno, no mucho.
Pero Moraine primero. Ojalá supiera más sobre los alfinios y los elfinios y su puñetera torre. Nadie sabía nada de ese sitio, nadie contaba nada aparte de leyendas, nadie tenía nada útil que comentar…
Nadie excepto Birgitte. Mat se paró de golpe en la calle. Birgitte. Había sido ella la que le había dicho a Olver cómo entrar en la torre. ¿Cómo lo sabía?
Maldiciéndose para sus adentros por ser un estúpido, echó a andar en dirección a la Ciudad Interior. Las calles empezaban a estar vacías del ajetreo que las había agobiado antes de que empezara ese remedo de lluvia.
Enseguida tuvo la sensación de disponer de toda la ciudad para él; incluso los rateros y los mendigos se habían retirado.
Por alguna razón, eso lo puso más tenso que si alguien lo estuviera mirando de hito en hito. No era natural. Al menos alguien tendría que haberlo seguido para comprobar si merecía la pena quitarlo de en medio. De nuevo, anheló sentir el tacto del medallón. Había sido un idiota por cederlo como si tal cosa. ¡Más le habría valido cortarse la mano y ofrecérsela a Elayne como pago! ¿Estaría el gholam ahí, en esa oscuridad, en alguna parte?
Tendría que haber camorristas por la calle. Las ciudades estaban llenas de esos tipos. Prácticamente era uno de los jodidos requisitos de una urbe.
Una alcaldía, unas cuantas posadas, una taberna y varios tipos de gesto duro cuyo único deseo era aporrearlo a uno hasta dejarlo tirado en el barro y gastarse el dinero robado en bebidas y mujeres.
Pasó delante de un patio y entró en la Ciudad Interior a través de la Puerta del Alarife, cuyo arco blanco casi parecía relucir por el brillo de la lluvia a la luz fantasmagórica de la luna escondida tras las nubes. El bastón de combate resonó contra los adoquines. Los guardias de la puerta estaban arrebujados en las capas, silenciosos. Más que hombres, parecían estatuas. Toda la zona parecía una tumba.