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—Gracias por la invitación, majestad —dijo Sylvase sin un altibajo en la voz, una monotonía que resultaba un tanto inquietante—. Ha sido una experiencia muy esclarecedora.

—¿Esclarecedora? —repitió Elayne—. Había confiado en que fuera placentera.

Sylvase no respondió. Miró a Ellorien y entonces, por fin, mostró alguna emoción. Una especie de fría ojeriza, de la clase que produce escalofríos.

—¿Por qué habéis invitado precisamente a esa mujer, majestad?

—Hubo un tiempo en que la casa Caeren también estuvo reñida con la casa Trakand —contestó Elayne—. A menudo, aquellos cuya lealtad cuesta más conseguir son los mejores una vez que te la han concedido.

No os apoyará, majestad —comentó Sylvase, en el mismo tono en exceso calmoso—. No después de lo que hizo vuestra madre.

Cuando mi madre ocupó el trono años atrás, hubo algunas casas que dijeron que jamás lo conseguiría y, sin embargo, lo hizo —respondió Wayne, que echó una ojeada a Ellorien.

¿Y qué? Ya contáis con apoyos de sobra, majestad. Ya tenéis vuestra victoria.

—Una de ellas.

Dejó sin decir lo demás. Había una deuda de honor con la casa Traemane. Buscar la aprobación de Ellorien no era sólo para reforzar su posición en el Trono del León, sino para subsanar las desavenencias causadas por su madre bajo la influencia de Gaebril. Era para recobrar la reputación de su casa, para enmendar los agravios que pudieran remediarse.

Sylvase no podía entenderlo. Elayne se había enterado de la infancia que había tenido la pobre chica; ésta no tendría mucha fe en el honor de cualquier Cabeza Insigne. Al parecer, sólo creía en dos cosas: el poder y la venganza. Mientras la apoyara y fuera posible guiarla, no sería un estorbo. Pero nunca sería el apoyo firme para la casa Trakand que era alguien como Dyelin.

—¿Cómo cumple mi secretario con vuestras necesidades, majestad? —preguntó la joven noble.

—Bien, supongo.

Hasta ese momento no había obtenido ningún resultado de valor, aunque Elayne no le había dado permiso para hacer nada drástico en los interrogatorios. Estaba atrapada en un dilema. Había perseguido a ese grupo del Ajah Negro durante lo que le parecía toda la vida. Por fin estaban en su poder, pero… ¿Qué hacer con ellas?

Birgitte las había capturado vivas con la clara intención de que fueran interrogadas y después entregadas a la Torre Blanca para ser juzgadas. Lo cual significaba que no tenían motivos que las indujeran a hablar; sabían que el resultado final sería la ejecución. Por lo cual, o ella tenía que estar dispuesta a hacer un trato con esas mujeres o tenía que dejar que el encargado de la interrogación tomara medidas extremas.

Una reina debía ser lo bastante dura para permitir ese tipo de cosas. O eso era lo que sus maestros y tutores le habían enseñado. La culpabilidad de esas mujeres era indiscutible, y ya habían hecho bastante daño para merecer la muerte una docena de veces. Sin embargo, Elayne no sabía con seguridad hasta dónde estaba dispuesta a llegar para sacarles sus secretos a la fuerza.

Además, ¿serviría de algo eso? Ispan había estado sometida a algún tipo de Compulsión o de juramentos que la vinculaban, y era muy probable que a éstas les ocurriera lo mismo. ¿Tendrían la posibilidad de revelar algo útil? Ojalá existiera algún modo de…

Vaciló y se le pasó por alto el comentario que Sylvase le estaba haciendo cuando se le ocurrió una idea. A Birgitte no le gustaría, por supuesto. A Birgitte no le gustaba nada. Pero había notado que la mujer había salido de palacio para ir a algún sitio, tal vez a hacer la ronda por los puestos de guardia del exterior.

—Discúlpame, Sylvase —dijo—. Acabo de acordarme de algo que he de hacer sin más remedio.

—Desde luego, majestad —respondió la chica con aquella voz inexpresiva, casi inhumana.

Elayne se apartó de la joven y a continuación saludó —y dio las buenas noches— a los demás. Conail parecía aburrido. El muchacho había acudido porque era lo que se esperaba que hiciera. Dyelin era la de siempre, agradable, aunque prudente. Elayne evitó a Ellorien. Saludó a todos los demás invitados de relevancia. Una vez que hubo acabado, se encaminó hacia la salida.

—Elayne Trakand —llamó Ellorien.

Elayne se detuvo y sonrió para sus adentros. Se volvió, borrando del rostro cualquier expresión que no fuera una curiosidad calculada.

—¿Sí, lady Ellorien?

—¿Me habéis invitado a venir sólo para hacer caso omiso de mi presencia? —demandó la noble desde el otro lado de la sala.

Todas las conversaciones cesaron.

—En absoluto —contestó Elayne—. Pero tenía la impresión de que disfrutaríais de un rato más agradable si no os obligaba a relacionaros conmigo. Esta velada no tenía propósitos políticos.

—Entonces, ¿para qué era? —inquirió Ellorien, ceñuda.

—Para gozar con una hermosa obra, lady Ellorien. Y, tal vez, para recordaros otros tiempos en que a menudo disfrutabais de espectáculos en compañía de la casa Trakand. —Sonrió e hizo una leve inclinación de cabeza antes de salir.

«Ahora que piense sobre eso», se dijo con satisfacción.

No cabía duda de que Ellorien tenía que haber oído que Gaebril había sido uno de los Renegados. Puede que no lo creyera, pero quizá recordaría los años en que ella y Morgase se habían tratado con respeto. ¿Acaso unos pocos meses bastaban para olvidar años de amistad?

Encontró a Kaila Bent, una de las capitanas de las mujeres de la guardia, al pie de la escalera próxima al salón. La larguirucha pelirroja charlaba de forma amistosa con un par de soldados de la guardia; se notaba que ambos hombres estaban deseosos de ganarse su favor. Los tres se pusieron firmes al reparar en Elayne.

—¿Dónde ha ido Birgitte? —le preguntó a la capitana.

—Fue a investigar un pequeño alboroto que hubo en una de las puertas, majestad —le contestó Kaila—. Me han informado que no era cosa de importancia. Ese capitán mercenario que vino a visitaros hace unos días intentó colarse a hurtadillas en el recinto de palacio, y la capitana Birgitte lo está interrogando.

¿Te refieres a Matrim Cauthon? —preguntó, enarcando una ceja.

La mujer asintió con la cabeza.

¿Y dices que lo está interrogando?

Es lo que me han contado, majestad —respondió Kaila.

Es decir, que los dos se han ido a beber algo —concluyó Elayne con un suspiro. Luz, qué mal momento habían elegido.

¿O sería bueno? Si se había ido con Mat, Birgitte no podría hacer objeciones a su plan sobre el Ajah Negro. Sonrió sin darse cuenta.

—Capitana Bent, vendrás conmigo.

Salió del vestíbulo del teatro y entró en el palacio propiamente dicho. La mujer fue tras ella e hizo un ademán al grupo de mujeres de la guardia que había en el pasillo para que las siguiera.

Sonriendo para sus adentros, Elayne empezó a dar órdenes. Una de las guardias echó a correr para transmitirlas, aunque parecía desconcertada por la extraña lista de peticiones. Elayne se encaminó hacia sus aposentos y allí se sentó a pensar. Tendría que actuar deprisa. Birgitte estaba de un humor pésimo; lo notaba a través del vínculo.

Enseguida llegó una criada con una envolvente capa negra. Elayne se incorporó con presteza y se la puso, tras lo cual abrazó la Fuente. ¡Tuvo que intentarlo tres veces! Qué puñetas. Estar embarazada resultaba frustrante a veces.

Tejió Fuego y Aire a su alrededor para crear el Espejo de las Nieblas y adoptar una apariencia más alta, más imponente. Abrió el joyero y sacó una pequeña talla de marfil de una mujer sentada, envuelta en su propio cabello. Usó el angreal para absorber tanto Poder Único como se atrevió. Desde luego, su apariencia sería imponente en verdad para cualquier encauzadora que la mirara.