Por fin, Egwene entró en el cuarto caminando con pasos largos y firmes.
—Siéntate —dijo.
El vaciló, pero la fiera mirada de la Amyrlin habría podido encender velas. El reducido cuarto tenía varios baúles y cómodas para ropa. La puerta comunicaba con una sala de estar más grande, donde antes lo había inmovilizado con los tejidos; otra puerta de esa sala conducía al dormitorio de Egwene.
Esta cerró la puerta, aislando a ambos de los numerosos guardias, Guardianes y Aes Sedai que se desplazaban, arremolinados, por las estancias contiguas. Egwene vestía de rojo y dorado, y llevaba adornado el oscuro cabello con hilos dorados. Tenía las mejillas encendidas por el enfado que sentía a causa de él. Lo cual sólo conseguía que le pareciera más hermosa que de costumbre.
Egwene, yo…
¿Eres consciente de lo que has hecho? , Vine a comprobar que la mujer a quien amo estaba a salvo, después de descubrir a un asesino delante de su puerta.
Ella se cruzó de brazos, y Gawyn casi sintió el calor de su cólera.
—Tu griterío ha atraído a la mitad de la Torre Blanca. Te han visto capturado. Lo más probable es que el asesino sepa ya que tenía preparados esos tejidos.
—¡Por la Luz, Egwene! Hablas como si lo hubiera hecho a propósito. Sólo trataba de protegerte.
—¡Yo no pedí tu protección! ¡Te pedí obediencia! Gawyn, ¿no te das cuenta de la oportunidad que hemos perdido? ¡Si no hubieses ahuyentado a Mesaana, habría caído en mi trampa!
—No era una de los Renegados. Era un hombre —argumentó Gawyn.
—Dijiste que no te fue posible distinguirle la cara ni la figura porque se veía borroso.
—Bueno, sí. Pero luchó con una espada.
—¿Es que acaso una mujer no sabe usar una espada? La talla de la persona que viste apunta a una mujer.
—Tal vez, pero ¿una Renegada? ¡Luz, Egwene, si hubiese sido Mesaana habría utilizado el Poder para reducirme a polvo!
—¡Razón de más para que no desobedecieras! Quizá tengas razón y fuera uno de los secuaces de Mesaana. Un Amigo Siniestro o un Hombre Gris. De ser ése el caso, lo habría apresado y ahora podría descubrir lo que Mesaana planea. Y Gawyn… ¿qué habría ocurrido si te hubieses encontrado con Mesaana? ¿Qué podrías haber hecho?
Gawyn bajó la vista al suelo.
—Te dije que había tomado precauciones —continuó ella—. ¡Pero aun así desobedeciste! Y ahora, a causa de tu intervención, la asesina sabe que la estaba esperando. La próxima vez actuará con mucha más precaución. ¿Qué precio en vidas crees que pagaremos por lo que acabas de hacer?
Gawyn mantuvo las manos en el regazo para ocultar que había apretado los puños. Tendría que haberse sentido avergonzado, pero la única emoción que notaba era la rabia. Una cólera que no entendía; y frustración consigo mismo, pero sobre todo con Egwene por convertir en una afrenta personal un error que no había sido deliberado.
—Mi impresión —dijo— es que no quieres en absoluto un Guardián. Porque te diré una cosa, Egwene. Si no soportas que alguien se ocupe de ti, entonces ningún hombre será válido a tus ojos.
—A lo mejor tienes razón —repuso ella con sequedad.
La falda susurró cuando abrió la puerta que daba a la estancia contigua, salió y cerró tras ella. No fue del todo un portazo.
Gawyn se puso de pie con ganas de pegar una patada a la puerta. ¡Luz, qué enredo se había armado con esto!
Oía a Egwene a través de la puerta mandando a los curiosos y fisgones que volvieran a la cama y ordenando a la Guardia de la Torre que redoblara la vigilancia esa noche. A buen seguro que todo eso era para impresionar, nada más. Ella sabía que el asesino no volvería a intentarlo tan pronto.
Gawyn salió del cuarto y se marchó. Egwene advirtió su partida, pero no le dijo nada y, en cambio, se volvió para hablar en voz baja con Silviana. La Roja lo fulminó con una mirada que habría hecho encogerse a una roca.
Pasó junto a varios guardias que —sin excepción— se mostraron respetuosos con él. Que ellos supieran, Gawyn había frustrado un atentado contra la vida de la Amyrlin. Respondió a sus saludos con un gesto de cabeza. Chubai se encontraba cerca; el mayor inspeccionaba el puñal que casi se le había clavado a Gawyn en el pecho. Chubai alzó el arma para mostrársela.
—¿Habíais visto alguna vez algo parecido? —le preguntó.
Gawyn tomó el estrecho y lustroso puñal. Estaba equilibrado para ser usado como arma arrojadiza, con una fina hoja de acero que guardaba semejanza con una alargada llama de vela. Incrustados en el centro, había tres pequeños fragmentos de piedra de color rojo sangre.
—¿Qué tipo de piedra es ésta? —se interesó Gawyn mientras sostenía el puñal en alto para que le diera la luz.
—Jamás la había visto.
Gawyn le dio vueltas al puñal. No había inscripciones ni labrados.
—Esta arma estuvo en un tris de acabar con mi vida —dijo.
—Podéis quedaros con ella, si queréis —ofreció el mayor—. A lo mejor podríais preguntar a los hombres de Bryne si alguna vez han visto un puñal de este estilo. Tenemos otro igual que encontramos pasillo abajo.
—Ése también iba dirigido a mi corazón —comentó Gawyn mientras se guardaba el arma en el cinturón—. Gracias. A cambio, tengo un regalo para vos.
Chubai enarcó una ceja.
—Os habéis quejado de haber perdido muchos hombres —continuó Gawyn—. Bien, pues, hay un grupo de soldados que os recomiendo encarecidamente.
¿Del ejército de Bryne? —preguntó Chubai con las comisuras de la boca inclinadas en un gesto de desagrado.
Como muchos guardias de la Torre, todavía consideraba una fuerza rival al ejército de Bryne.
No. Hombres leales a la Torre. Algunos que se entrenaron para ser guardianes y que lucharon conmigo en el bando de Elaida. Ahora se sienten desplazados y preferirían ser soldados en vez de Guardianes. Agradecería que les dieseis un hogar. Son hombres íntegros y excelentes guerreros.
Mandádmelos —accedió Chubai con un cabeceo.
—Se presentarán mañana ante vos. Sólo os pido una cosa. Procurad que el grupo no se separe. Han pasado por muchas cosas juntos, y ese vínculo les da fuerza.
—No será difícil —contestó el mayor—. La Décima Compañía de la Torre fue aniquilada casi sin excepción por esos malditos seanchan. Pondré a varios oficiales veteranos con vuestros chicos y formaremos una nueva compañía con ellos.
—Gracias. —Gawyn señaló con la barbilla hacia los aposentos de Egwene—. Vigiladla también por mí, Chubai. Creo que está empeñada en conseguir que alguien la mate.
—Mi deber es defender y respaldar a la Amyrlin siempre. Pero ¿dónde estaréis vos?
—Dejó claro que no quiere un Guardián —repuso Gawyn.
Lo que Bryne le había dicho horas antes le vino a la cabeza. ¿Qué quería él como individuo, sin Egwene? A lo mejor había llegado el momento de descubrirlo.
—Creo que va siendo hora de que vaya a ver a mi hermana —añadió.
Chubai asintió con la cabeza, y Gawyn se marchó. Fue a los dormitorios del cuartel y recogió sus cosas —poco más que una muda y una capa de invierno—, tras lo cual se dirigió a los establos y ensilló a Reto.
Después condujo al caballo hasta la zona de Viaje. Egwene tenía allí a una hermana de guardia a todas horas. La Aes Sedai de esa noche —una Verde menudita con los ojos amodorrados, llamada Nimri— abrió un acceso a la ladera de una colina situada a una hora a caballo de Caemlyn sin hacerle preguntas.
Así dejó atrás Tar Valon… y a Egwene al’Vere.
—¿Qué es eso? —demandó Lan.
El envejecido Nazar, con el blanquecino cabello sujeto con un hadori, alzó la vista de sus alforjas. Un cantarín arroyuelo corría cerca del campamento, situado en mitad de un bosque de pinos de alta montaña. Esos pinos no deberían tener ni la mitad de agujas secas que lucían.