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Nazar guardaba cosas en las alforjas, y Lan había atisbado por casualidad algo dorado que asomaba.

—¿Esto? —preguntó Nazar.

Sacó una tela, una bandera muy blanca con una grulla dorada bordada en el centro. Faltó poco para que Lan se la arrebatara a Nazar para desgarrarla por la mitad.

—Vaya, veo la expresión de vuestro rostro, Lan Mandragoran —dijo Nazar—. Bueno, pues, no adoptéis esa actitud egocéntrica a costa de esto. Un hombre está en su derecho a llevar consigo la bandera de su país.

—Eres panadero, Nazar.

—Primero soy un fronterizo, hijo —respondió el hombre, que guardó la bandera—. Es mi legado.

—¡Bah! —barbotó Lan, que se dio la vuelta.

Los demás levantaban el campamento. A regañadientes, había permitido que los tres recién llegados se unieran a él; eran cabezotas como mulas y, al final, no le quedó más remedio que sucumbir a su juramento. Había prometido que aceptaría seguidores. Esos hombres, técnicamente, no habían pedido cabalgar con él; lo siguieron sin preguntar, sin más. Era suficiente. Además, si iban a viajar en la misma dirección, no tenía sentido montar dos campamentos.

Lan siguió secándose la cara tras el aseo de la mañana. Bulen preparaba pan para desayunar. Ese pinar se hallaba en la región oriental de Kandor, próximo a la frontera con Arafel. A lo mejor podía…

Se quedó parado de golpe. Había varias tiendas nuevas en el campamento y un grupo de ocho hombres que charlaban con Andere. A juzgar por el contorno de la cintura y el tipo de ropa que vestían tres de ellos, no eran guerreros, aunque sí parecían malkieri. Los otros cinco eran shienarianos; llevaban la cabeza afeitada salvo el mechón de pelo recogido en la coronilla con una tira de cuero, brazaletes de cuero en los brazos y arcos de caballería guardados en estuches colgados a la espalda, junto con largas espadas para asir a dos manos.

—¿Qué es esto? —demandó Lan.

—Weilin, Managan y Gorenellin —dijo Andere a la par que iba señalando a los malkieri—. Esos otros son Qi, Joao, Merekel, Ianor, Kuehn…

—No he preguntado quiénes son —lo interrumpió Lan con voz fría—. He preguntado qué ocurre. ¿Qué habéis hecho?

Andere se encogió de hombros antes de responder:

—Los conocimos antes de encontraros. Les dijimos que nos esperaran a lo largo de la calzada meridional. Rakim fue a recogerlos anoche, mientras dormíais.

—¡Se suponía que Rakim estaba de guardia! —espetó Lan.

—La hice yo en vez de él —aclaró Andere—. Supuse que estos compañeros nos vendrían bien.

Los tres mercaderes metidos en carnes miraron a Lan y después se pusieron de rodillas. Uno de ellos lloraba sin rebozo.

—Tai’shar Malkier.

Los cinco shienarianos hicieron un saludo formal a Lan.

Dai Shan —dijo uno.

Hemos traído lo que hemos podido para la causa de la Grulla Dorada añadió otro de los mercaderes—. Todo cuanto pudimos reunir en tan Poco tiempo.

—No es mucho —continuó el tercero—. Pero también os ofrecemos nuestras espadas. Puede que no estemos en muy buena forma, pero sabemos luchar. Y lucharemos.

—No necesito lo que traéis —contestó Lan, exasperado—. Yo…

—Antes de que digáis algo más, viejo amigo —intervino Andere, que posó una mano en el hombro de Lan—, quizá deberíais echar un vistazo a eso. —Señaló con la barbilla a un lado.

Lan frunció el entrecejo al oír un matraqueo. Echó a andar y dejó atrás un grupo de árboles para mirar el camino que llevaba al campamento. Por él se aproximaban dos docenas de carretas cargadas con suministros: armas, sacos de grano, tiendas. Lan abrió los ojos de par en par. Atada en una hilera, había su buena docena de caballos de guerra; fuertes bueyes tiraban de las carretas. Los conductores de los tiros de carreta y los criados caminaban al lado.

—Cuando dijeron que vendieron cuanto pudieron y compraron suministros, hablaban en serio —agregó Andere.

—¡Va a ser imposible que nos movamos sin llamar la atención con todo esto! —se quejó Lan.

Andere se encogió de hombros. «De acuerdo», dijo Lan para sus adentros. Se las arreglaría.

—De todos modos, parece que pasar inadvertidos no está funcionando, así que, de ahora en adelante, nos haremos pasar por una caravana que lleva suministros a Shienar.

—Pero…

—Vais a prestar un juramento —dijo, volviéndose hacia los hombres—. Todos y cada uno de vosotros juraréis que no vais a revelar quién soy ni a avisar a nadie más que pudiera estar buscándome. Juradlo —acabó, dando énfasis a la última palabra.

Parecía que Nazar iba a hacer objeciones, pero Lan logró que guardara silencio con una mirada severa. Prestaron juramento uno tras otro.

Y los cinco pasaron a ser docenas, pero a partir de allí no habría más.

24

Plantar cara

Reposo absoluto —anunció Melfane, después de retirar el oído del tubo de madera que había puesto en el pecho de Elayne.

La comadrona era una mujer baja, de cara ancha, que ese día llevaba el pelo recogido con un pañuelo azul de un fino tejido translúcido. El impecable vestido era de color blanco y un azul cielo a juego; como si lo llevara en desafío al perpetuo cielo encapotado.

—¿Qué? —se sorprendió Elayne.

—Una semana —reiteró Melfane a la par que le hacía un gesto admonitorio con el dedo—. No tenéis que levantaros de la cama durante una semana.

Elayne parpadeó, estupefacta, y el cansancio le desapareció de golpe durante un instante. Melfane esbozaba una sonrisa alegre mientras le imponía ese castigo irrealizable. ¿En cama? ¿Durante una semana?

Birgitte observaba la escena desde la puerta; Mat se encontraba en la habitación contigua. Había salido cuando Melfane entró para hacer el examen pero, aparte de eso, se había mostrado casi tan protector como Birgitte. No obstante, por la manera en que hablaban nadie habría dicho que les importaba. Los dos habían intercambiado maldiciones groseras, cada cual intentando superar al otro. Elayne aprendió unas cuantas nuevas. ¿Quién habría imaginado que los ciempiés hicieran esas cosas?

Sus bebés estaban bien, que Melfane supiera. Y eso era lo principal.

—Hacer reposo en cama es de todo punto imposible —respondió Elayne—. Tengo muchas cosas de las que ocuparme.

—Bien, entonces tendréis que hacerlas desde la cama —replicó Melfane con voz agradable, pero sin ceder ni un ápice—. Vuestro cuerpo y vuestros hijos han sido sometidos a una gran tensión. Necesitan tiempo para recuperarse. Yo os atenderé, y cuidaré de que sigáis una estricta dieta.

—Pero…

—No hay peros que valgan —la interrumpió Melfane.

—¡Yo soy la reina! —protestó Elayne, exasperada.

—Y yo la matrona de la reina —respondió Melfane, sin perder la compostura—. No hay un solo soldado o miembro de vuestro séquito que no me ayudaría si determino que vuestra salud, o la de vuestros hijos, corren peligro. —Le sostuvo la mirada a Elayne—. ¿Os gustaría poner a prueba mis palabras, majestad?

Elayne se encogió ante la idea de que sus propios guardias le prohibieran salir de sus aposentos. O peor aún, que la atasen. Miró a Birgitte, pero sólo recibió un satisfecho cabeceo a modo de respuesta.

«Tienes lo que te mereces», parecía decir aquel gesto de asentimiento.

Elayne se sentó recostada en el cabecero de la cama, frustrada. Era un enorme lecho de columnas, con colgaduras en rojo y blanco. El dormitorio estaba decorado y brillaba con varios objetos hechos con cristales y rubíes. E iba a convertirse en una bonita prisión dorada, desde luego. ¡Luz! ¡No era justo! Se cerró la parte delantera de la bata.

—Veo que no vais a poner en tela de juicio mis comentarios —dijo Melfane desde un lado de la cama—. Es una sabia decisión. —La matrona echó una ojeada a Birgitte—. Os permitiré reuniros con la Capitana General para evaluar los incidentes de la noche. ¡Pero mucho ojito! No más de media hora. ¡No quiero que hagáis esfuerzos!