Hemos de practicar, Joven Toro. Aún eres un cachorro de patas cortas y suave pelambre. Tenemos que…
El lobo se quedó inmóvil de repente.
—¿Qué pasa?
Entonces se oyó el aullido de dolor de un lobo. Perrin giró sobre sí mismo. Era Luz Matutina. El aullido se cortó de golpe, y la mente de la loba se extinguió.
Saltador gruñó y en su olor se mezclaron pánico, rabia y pesadumbre.
—¿Qué ha sido eso? —demandó Perrin.
Nos están dando caza. ¡Muévete, Joven Toro! Tenemos que irnos.
Las mentes de los otros miembros de la manada se alejaron en un visto y no visto. Perrin gruñó. Cuando un lobo moría en el Sueño del Lobo, era para siempre. No más renacer ni correr con el hocico al viento. Sólo había un ser que cazaba los espíritus de los lobos.
Verdugo.
¡Joven Toro! ¡Hay que marcharse!, transmitió Saltador.
Perrin siguió gruñendo. Luz Matutina había proyectado un estallido final de sorpresa y dolor, su última visión del mundo. Perrin cerró los ojos y creó una imagen de aquella mezcolanza de sensaciones.
¡Joven Toro, no! Él…
Cambio. Perrin abrió los ojos de golpe y se encontró en un pequeño calvero, cercano a la zona donde su gente estaba acampada en el mundo real. Un hombre musculoso, de tez bronceada, cabello oscuro y ojos azules, se hallaba acuclillado en el centro del calvero, con el cadáver de un lobo a sus pies. Verdugo era un tipo de brazos gruesos y en su olor había un leve rastro inhumano, como de un hombre mezclado con piedra. Vestía ropas oscuras de cuero y lana negra. Mientras Perrin lo observaba, Verdugo empezó a desollar el cadáver.
Perrin cargó, y Verdugo alzó la vista, sorprendido. Se parecía a Lan de un modo casi siniestro, el rostro severo, todo ángulos y rasgos bien definidos. Perrin bramó y de repente se encontró con un martillo en las manos.
Verdugo desapareció en un abrir y cerrar de ojos, de forma que el martillo hendió el aire vacío. Perrin inhaló hondo. ¡Los olores estaban allí! Agua salada y madera mojada. Gaviotas y sus excrementos. Perrin hizo uso de su recién adquirida habilidad para lanzarse hacia aquella ubicación lejana.
Cambio.
Apareció en el muelle desierto de una ciudad que no reconoció. Verdugo se encontraba cerca, inspeccionando el arco que llevaba.
Perrin atacó. Verdugo alzó la cabeza con los ojos muy abiertos; olía a estupefacción. Levantó el arco con intención de parar la acometida, pero el golpe asestado por Perrin lo rompió.
Con un rugido, Perrin echó el arma hacia atrás y volvió a golpear, esta vez a la cabeza de Verdugo. Cosa extraña, el hombre sonrió y los azules ojos chispearon de regocijo. De repente olía a avidez. Ansioso por matar. Una espada apareció en la mano alzada y la giró para frenar el golpe de Perrin.
El martillo rebotó con demasiada fuerza, como si hubiese pegado en piedra, de forma que hizo trastabillar a Perrin. Verdugo alargó la mano y la puso contra el hombro de Perrin para, acto seguido, empujar.
Tenía una fuerza inmensa y el empujón lo lanzó hacia atrás por el muelle, pero la madera desapareció al tocarla con el cuerpo. Perrin pasó a través del aire y cayó al agua que había debajo. El grito que dio se convirtió en un gorgoteo mientras el oscuro líquido lo rodeaba.
Soltó el martillo e intentó nadar hacia arriba, pero se encontró con que la superficie, de forma inexplicable, se había convertido en hielo. De las profundidades ascendieron cuerdas serpenteantes que se le enroscaron en los brazos y tiraron de él hacia abajo. A través de la helada superficie del agua, vio una sombra que se movía: Verdugo, que levantaba el arco reconstruido.
El hielo desapareció y el agua se separó, resbalando a raudales en torno a Perrin, que se encontró mirando una flecha apuntada de forma directa al corazón.
Verdugo disparó.
Perrin deseó estar fuera de allí.
Cambio. Se quedó sin aliento al chocar en la roca del afloramiento donde había estado con Saltador. Se puso de rodillas, chorreando agua del mar. Tosió con fuerza, echando algo de agua por la boca, y se enjugó la cara; el corazón le latía desbocado.
Saltador apareció a su lado, jadeante, oliendo a enfadado.
¡Estúpido cachorro! ¡Cachorro tonto! ¿Vas a cazar un león cuando te acaban de destetar?
Tiritando, Perrin se sentó. ¿Lo seguiría Verdugo? ¿Podría hacerlo? Conforme transcurrían los minutos sin que apareciera nadie, Perrin empezó a relajarse. El enfrentamiento con Verdugo había ocurrido con tal rapidez que parecía borroso. Esa fuerza… Era superior a la que podría tener cualquier hombre. Y el hielo, las cuerdas…
—Cambia las cosas —dijo—. Hizo que el muelle desapareciera debajo de mí, creó cuerdas que me sujetaron, apartó el agua para verme con claridad y hacer un buen disparo.
Es un león. Mata. Peligroso.
—Tengo que aprender. He de hacerle frente, Saltador.
Eres demasiado joven. Esas cosas están fuera de tu alcance.
—¿Demasiado joven? —Perrin se puso de pie—. ¡Saltador, casi tenemos encima la Gran Cacería!
El lobo se tendió en el suelo con la cabeza en las patas delanteras.
—Siempre me dices que soy demasiado joven. O que no sé lo que hago. Bien, pues, ¿qué sentido tiene enseñarme si no me dices cómo luchar contra hombres como Verdugo?
Veremos, proyectó Saltador. Por esta noche hemos acabado. Vete.
Perrin percibió en la idea transmitida por el lobo un poso de aflicción, así como una inflexión terminante. Esa noche, la manada de Danzarina del Roble y Saltador llorarían la pérdida de Luz Matutina.
Suspirando, Perrin se sentó con las piernas cruzadas. Se concentró y se las arregló para imitar las cosas que el lobo había hecho para echarlo de allí.
El sueño desapareció a su alrededor.
Despertó en el jergón de la oscura tienda, con Faile acurrucada a su lado.
Yació durante un rato mirando con fijeza el techo de lona. La oscuridad le recordaba el cielo tempestuoso del Sueño del Lobo. La posibilidad de dormirse parecía tan lejana como Caemlyn. Por fin —apartándose con cuidado de Faile— se levantó y se puso el pantalón y la camisa.
Fuera, el campamento estaba oscuro, pero para sus ojos había luz suficiente. Saludó con un cabeceo a Kenly Maerin y a Jaim Dowtry, los hombres de Dos Ríos que hacían guardia esa noche junto a su tienda.
—¿Qué hora es? —le preguntó a uno de ellos.
—Pasada la medianoche, lord Perrin —contestó Jaim.
Perrin gruñó. Relámpagos lejanos en lontananza. Echó a andar, y los hombres hicieron intención de seguirlo.
—No me pasará nada, no hace falta que vengáis —les dijo—. Vigilad la tienda. Lady Faile aún duerme.
La tienda se encontraba cerca del perímetro del campamento, en el lado occidental, al resguardo de la ladera de la colina; le gustaba porque le daba la sensación de estar un poco más en soledad. Aunque era tarde, pasó cerca de Gaul, que afilaba la lanza junto a un tronco caído. El alto Soldado de Piedra se puso de pie y empezó a seguirlo; Perrin no se opuso. Gaul tenía la sensación de que últimamente no cumplía como era debido el deber que se había impuesto de proteger a Perrin, y ahora ponía más empeño. A Perrin le parecía que, en realidad, el Aiel sólo buscaba una excusa para estar lejos de su tienda y del par de mujeres gai’shain que se habían instalado en ella.
Gaul mantuvo las distancias, cosa que complacía a Perrin. ¿Se sentían así los cabecillas? No era pues de extrañar que tantas naciones se enzarzaran en guerras unas contra otras. Sus dirigentes no tenían tiempo para pensar en sí mismos y, casi con toda seguridad, ¡atacaban para que la gente dejara de fastidiarlos!
A corta distancia, entró en un soto donde había un pequeño montón de leños. Dentón —su sirviente hasta que rescataran a Lamgwin— había fruncido el entrecejo cuando Perrin pidió que los dejaran allí para él. En otro tiempo un señor de segunda fila de Cairhien, Dentón se había negado a recobrar su posición y nadie había conseguido convencerlo de que cambiara de opinión.