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—No, no lo he dicho —respondió Galad sin dejar de caminar.

35

Lo correcto

¿Has entendido lo que tenéis que hacer? —preguntó Egwene.

Siuan asintió con la cabeza. Las dos se dirigían hacia los aposentos de la Amyrlin en la Torre Blanca.

—Si aparecen, no os dejéis arrastrar a una pelea —añadió Egwene.

—No somos unas crías, madre —repuso Siuan con sequedad.

—No, sois Aes Sedai, lo cual significa que se os da igual de mal seguir instrucciones.

Siuan le lanzó una mirada adusta y Egwene lamentó lo que había dicho, porque no venía a cuento. Tenía los nervios de punta e hizo un esfuerzo para recobrar la calma.

Había probado con varios señuelos para engatusar a Mesaana y hacerla salir de su escondrijo; pero, de momento, la Renegada no había mordido el anzuelo, ni siquiera lo había rozado. Egwene habría jurado que casi sentía a esa mujer observándola en el Tel’aran’rhiod. Yukiri y su grupo habían llegado a un punto muerto.

Albergaba la esperanza de que la reunión de esa noche cambiara las cosas. Tenían que atraerla. Casi no le quedaba tiempo; los monarcas a los que había persuadido de que la secundaran ya se habían puesto en movimiento, y las fuerzas de Rand se estaban agrupando.

Esta noche. Tenía que ocurrir esta noche.

—Ve —ordenó—. Habla con las otras. No quiero que haya ningún error estúpido.

—Sí, madre —rezongó Siuan, que empezó a alejarse.

—Siuan —llamó Egwene.

La antigua Amyrlin se paró.

—Ve con cuidado esta noche. No quiero perderte —dijo Egwene.

A menudo, Siuan reaccionaba con brusquedad a ese tipo de consideración, pero en esta ocasión sonrió. Egwene sacudió la cabeza y se dirigió a paso vivo a sus aposentos, donde encontró a Silviana esperando.

—¿Y Gawyn? —le preguntó a la Guardiana.

—No ha habido noticias suyas —contestó Silviana—. Esta tarde envié un mensajero, pero no ha regresado. Sospecho que Gawyn demora la respuesta para hacerse valer.

—Lo que pasa es que es muy terco —comentó Egwene.

Se sentía indefensa sin él, lo cual era sorprendente por lo demás. Le había ordenado con toda claridad que no se acercara a su puerta, ¿y ahora se preocupaba porque no estuviera allí?

—Duplica la guardia, Silviana, y asegúrate de que haya soldados apostados cerca de mis aposentos. Si saltan las salvaguardias que pondré, meterán mucho ruido.

—Sí, madre.

—Y envía a Gawyn otro mensaje. Uno redactado con un poco más de cortesía. Pídele que vuelva, no se lo ordenes.

Conociendo la opinión que tenía Silviana de Gawyn, Egwene estaba segura de que la primera carta había sido brusca.

Dicho esto, Egwene respiró hondo, entró en sus aposentos, comprobó las salvaguardias y se preparó para dormir.

«No debería sentirme tan exhausto —pensó Perrin mientras bajaba de la silla de Brioso—. Lo único que he hecho ha sido hablar».

Ese juicio era como cargar con un peso muerto. Y por lo visto producía el mismo efecto en todo el ejército. Perrin había observado a los hombres mientras cabalgaban de regreso al campamento. Morgase también iba con ellos, sola. Faile no le había quitado la vista de encima a la mujer en todo el camino, oliendo a cólera, pero sin pronunciar palabra, mientras que Alliandre y Berelain habían mantenido las distancias.

Morgase lo había condenado, pero, para ser sincero, no le importaba mucho. Él había neutralizado la amenaza de los Capas Blancas; ahora tenía que conducir a los suyos a un lugar seguro. Morgase atravesó el campamento a caballo buscando a Lini y a maese Gill. Habían llegado sanos y salvos con todos los demás cautivos, como Galad Damodred había pro metido. Lo sorprendente era que el capitán general también había devuelto los suministros y las carretas.

Así pues, el juicio era una victoria, aunque sus hombres no parecían verlo del mismo modo. Los soldados se dividieron en grupos que se dispersaron por el campamento. Casi no se oían conversaciones.

Gaul, que estaba a su lado, meneó la cabeza.

—Dos puntas plateadas —dijo el Aiel.

—¿Qué es eso? —preguntó Perrin, que tendió las riendas de Brioso a un mozo de cuadra.

—Un dicho. —Gaul miró al cielo—. Dos puntas de plata. Dos veces hemos ido a la batalla y no hemos encontrado enemigos. Una vez más, y nuestro honor disminuirá.

—Mejor no encontrar enemigos, Gaul —adujo Perrin—. Mejor no derramar sangre.

—No digo que quiera que el sueño acabe, Perrin Aybara —repuso riendo el Aiel—. Pero mira a tus hombres. Ellos sienten lo que yo digo en voz alta. No se debe danzar las lanzas sin un propósito, pero tampoco se puede pedir con demasiada frecuencia que los hombres se preparen para morir y después no darles ocasión de combatir contra nadie.

—Lo haré tantas veces como lo crea oportuno si con ello evito una batalla —rezongó Perrin—. Yo…

Sonaron los cascos de un caballo, y el viento le trajo el aroma de Faile cuando se volvió hacia allí.

—En efecto, Perrin Aybara, una batalla evitada. Y otra en puertas

—dijo Gaul—. Que encuentres agua y sombra.

El Aiel se marchó al trote justo cuando Faile desmontaba. Perrin respiró hondo.

—Muy bien, esposo, vas a explicarme qué diantres crees que estás haciendo —empezó Faile antes de llegar donde se encontraba él—. ¿Vas a permitir que ese hombre te imponga el castigo? ¡No tenía la impresión de haberme casado con un necio!

—¡No soy necio, mujer! —le replicó a voz en cuello—. No dejas de repetirme que he de dirigir a la gente. ¡Bien, pues, hoy he seguido tu consejo!

—Lo seguiste, sí. Y tomaste una mala decisión.

—¡No había ninguna decisión que fuera buena!

—Podrías haber dejado que nos enfrentáramos a ellos.

—Se proponen combatir en la Última Batalla —dijo Perrin—. Cada Capa Blanca que hubiésemos matado habría sido un hombre menos para luchar contra el Oscuro. Mis hombres, los Capas Blancas, yo… ¡Ninguno de nosotros tiene importancia en comparación con lo que se avecina!

Tienen que seguir vivos, al igual que nosotros. ¡Y éste es el único modo!

Luz, qué mal se sentía por gritarle a su mujer. Sin embargo, resultó que los gritos atemperaron el genio a Faile. Lo más chocante fue que los soldados que se encontraban cerca empezaron a asentir con la cabeza, como si no se hubiesen dado cuenta de la verdad hasta que él la proclamó a voces.

—Quiero que te encargues de dirigir la retirada —le dijo a Faile—. La trampa no ha saltado todavía, pero tengo un comecome que crece con cada segundo que pasa. Algo o alguien nos vigila. Nos han privado de los accesos y se proponen vernos muertos. Ahora saben que no habrá combate con los Capas Blancas, lo que significa que atacarán pronto. Puede que esta noche o, si tenemos suerte, quizá lo retrasarán hasta mañana por la mañana.

—Esta discusión no se ha acabado todavía —lo previno Faile.

—Lo hecho, hecho está. No mires atrás.

—De acuerdo.

Todavía olía a enfadada y aún había un brillo fiero en esos hermosos ojos oscuros, pero su esposa supo contenerse.

—Voy a entrar en el Sueño del Lobo. —Miró hacia el borde del campamento, donde tenían su tienda—. O logro destruir esa cúpula o encuentro un modo de obligar a Verdugo a revelar cómo conseguir que Viajar vuelva a funcionar. Prepara a la gente para la marcha y que los Asha’man prueben a crear un acceso a intervalos, contando cien entre un intento y el siguiente. En cuanto funcione, saca a los nuestros de aquí.

—¿Dónde? ¿Ajehannah?

—Demasiado cerca —contestó Perrin, haciendo un gesto de negación—. Cabe la posibilidad de que el enemigo esté vigilando allí. A Andor. Llévalos a Caemlyn. Bien pensado, no. A Puente Blanco. Mantengámonos lejos de cualquier sitio al que esperarían que fuésemos. Además, no quiero aparecer con un ejército a la puerta de Elayne hasta que se lo haya advertido.