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¿Qué hacer? Había pensado en arrojar la estaca metálica al océano pero si Verdugo lo seguía sólo tendría que recuperarla. Perrin se concentró en moverse lo más deprisa posible, cubriendo leguas de segundo en segundo. ¿Podría dejar atrás a su enemigo? El paisaje pasaba junto a él en un borrón: montañas, bosques, lagos, praderas…

Justo cuando pensaba que quizás había logrado poner tierra por medio, una figura apareció a su lado y arremetió con una espada, el golpe dirigido al cuello de Perrin. Este se agachó, esquivando por poco el ataque, y enarboló el martillo con un gruñido, pero Verdugo desapareció.

Perrin se detuvo allí mismo, frustrado. Verdugo podía moverse más deprisa que él y podía meterse en la cúpula adelantándose a ella y esperando a que se moviera por encima de él. Desde allí, estaba en posición de saltar sobre Perrin y atacar.

«No puedo dejarlo atrás», comprendió Perrin. La única forma de estar seguro, de proteger a Faile y a los demás, era matar a Verdugo. En caso contrario, ese hombre recuperaría la estaca metálica de dondequiera que la dejara y después volvería para atrapar a los suyos.

Miró a su alrededor para orientarse. Se encontraba en una ladera arbolada y divisaba el Monte del Dragón al norte de su posición. Miró hacia el este y vio la punta de una enorme estructura asomando por encima de los árboles: la Torre Blanca. Situarse en la ciudad de Tar Valon podría darle cierta ventaja, hacer que le resultara más fácil esconderse en cualquiera de los muchos edificios o callejones.

Saltó en aquella dirección llevando consigo la estaca, y la cúpula que creaba desplazándose con él cuando se movía. A la postre, iba a ser cuestión de luchar.

37

Oscuridad en la torre

Gawyn estaba sentado en un banco de los jardines del palacio de Caemlyn. Habían pasado varias horas desde que había despedido al mensajero de Egwene. La luna, en fase creciente avanzada pero sin llegar a llena, se cernía en el cielo. De vez en cuando pasaban por allí criados para ver si necesitaba algo. Parecían preocupados por él. Sólo quería contemplar el cielo despejado. Habían pasado semanas desde la última vez que había tenido ocasión de hacerlo. Empezaba a bajar la temperatura, pero no se puso la chaqueta que tenía colgada en el respaldo del banco. Se estaba bien al aire libre; un aire que, de algún modo, era diferente estando el cielo encapotado.

Con la última luz del ocaso apagándose, las estrellas titilaban como niños vacilantes que se asomaban, ahora que el bullicio de las horas diurnas se había apaciguado. Era maravilloso volver a contemplarlas. Gawyn hizo una profunda inhalación.

Elayne tenía razón. Gran parte de su odio por al’Thor se debía a la frustración. Tal vez a los celos. Al’Thor desempeñaba un papel más próximo al que Gawyn habría querido elegir para sí: dirigir naciones, mandar ejércitos. Considerando sus vidas, ¿quién había ocupado el papel de príncipe y quién el de un pastor perdido?

Tal vez se había resistido a las exigencias de Egwene porque lo que él quería era dirigir, ser el que llevara a cabo los actos heroicos. Si se convertía en Guardián, tendría que apartarse a un lado y ayudarla en su empresa de cambiar el mundo. Había honor en mantener con vida a alguien importante. Un gran honor. ¿Cuál era el propósito de realizar grandes actos?

¿El reconocimiento que conllevaba o la vida mejor que originaban?

Hacerse a un lado. Había admirado a hombres como Sleete por su disposición para hacerlo, pero nunca los había entendido. En realidad, no.

«No puedo dejar que lo haga sola —pensó—. He de ayudarla. Desde su sombra».

Porque la amaba. Pero también porque era lo mejor. Si dos bardos intentaban tocar canciones distintas al mismo tiempo, lo único que hacían era ruido. Pero si uno daba un paso atrás para incorporar armonía a la melodía del otro, entonces la belleza podría superar a la que cualquiera de los dos conseguiría por sí solo.

Y en ese momento, por fin, lo entendió. Se puso de pie. No podía ir a Egwene como un príncipe; tenía que hacerlo como su Guardián. Tenía que vigilarla, servirle, protegerla. Encargarse de que se cumplieran sus deseos.

Había llegado la hora de volver.

Se puso la chaqueta y echó a andar por el sendero hacia palacio. Las serenatas al aire libre de varias ranas del estanque se cortaron de golpe, seguidas por chapoteos, cuando pasó cerca y entró en el edificio. Había un largo paseo hasta los aposentos de su hermana. Estaría despierta; desde hacía un tiempo, le costaba conciliar el sueño. Durante los últimos días los dos habían disfrutado con la conversación y una taza de té caliente antes de ir a acostarse. Al llegar a la puerta, sin embargo, Birgitte le salió al paso.

La mujer le asestó otra mirada furibunda. Sí, era evidente que no le gustaba verse obligada a actuar como capitán general en su lugar. Ahora se daba cuenta Gawyn. Se sintió un poco incómodo dando un paso hacia ella. La mujer alzó una mano.

—Esta noche no, principito.

—Me marcho a la Torre Blanca —dijo— Me gustaría despedirme.

Dio otro paso, pero Birgitte le plantó la mano en el pecho y lo empujó hacia atrás, sin violencia.

—Pues marchaos mañana.

Faltó poco para que Gawyn llevara la mano a la espada, pero se contuvo. ¡Luz! Había habido un tiempo en que no reaccionaba a todo de esa forma. Se había convertido en un necio.

—Pregúntale si puede recibirme, por favor —pidió con cortesía.

—Tengo órdenes. Además, no podría hablar con vos. Está dormida.

—Estoy seguro de que le gustaría que la despertara para despedirme.

—No es esa clase de sueño —contestó Birgitte, que suspiró—. Tiene que ver con asuntos de Aes Sedai. Id a dormir. Lo más probable es que por la mañana vuestra hermana tenga noticias de Egwene para vos.

Gawyn frunció el entrecejo. ¿Cómo iba a…?

«Los sueños —comprendió—. Eso es a lo que las Aes Sedai se referían al decir que Egwene las entrenaba para caminar en sueños».

—Es decir, ¿que Egwene estará durmiendo también?

—Maldita sea —masculló Birgitte—. Seguro que ya he dicho más de lo que debía. Id a vuestros aposentos.

Gawyn se alejó, pero no fue a sus habitaciones.

«El asesino esperará a sorprenderla en un momento de flaqueza, porque ha buscado los puntos débiles», pensó. Le vinieron a la mente las palabras de la sul’dam:

Si sólo han muerto unas cuantas personas, entonces es que aún no habéis visto a los Puñales Sanguinarios actuar a pleno rendimiento. No dejan un puñado de muertos, sino docenas.

Un momento de flaqueza…

Se alejó a toda prisa de los aposentos de Elayne y fue corriendo por los pasillos de palacio hasta la habitación de Viajar que Elayne había preparado. Por suerte, una Allegada se encontraba de guardia allí, con los ojos cansados, pero a la espera por si surgía un caso de emergencia y había que enviar mensajeros. Gawyn no recordaba haber visto a la mujer de cabello oscuro, pero ella sí lo reconoció.

Bostezó y abrió un acceso a su requerimiento. Gawyn lo cruzó a toda prisa y apareció en la zona de Viaje de la Torre Blanca. El acceso se cerró de golpe a su espalda y Gawyn pegó un brinco y giró sobre sus talones a la par que maldecía. ¡La Allegada lo había cerrado casi sin darle tiempo a pasar!

¿Por qué había soltado el tejido de forma tan brusca, tan peligrosa? Una fracción de segundo antes, y le habría cortado el pie o habría pasado algo peor.

No había tiempo para eso. Se dio la vuelta y siguió corriendo.

Egwene, las tres Aes Sedai y las Sabias aparecieron en un cuarto situado en la base de la Torre, donde un grupo de mujeres ansiosas esperaban. Era un puesto de guardia que Egwene había destinado para que sirviera como punto en el que reagruparse si había retirada.

—¡Informad! —demandó Egwene.

—Shevan y Carlinya han muerto, madre —comunicó Saerin con aire sombrío. La Marrón jadeaba.

—Maldición, ¿qué ha pasado?