Así pues, apretando los dientes, dio un golpe suave con el pie y alzó la espada para protegerse el cuello, rogando a la Luz que el ataque llegara bajo.
Y así fue, hundiéndose en un profundo tajo en el costado de Gawyn.
Lo recibió con un gruñido, pero de inmediato arremetió con todas las fuerzas que le quedaban. La espada silbó en el aire y, con un seco y conciso impulso, cortó con precisión. Lo siguió un golpe seco; la cabeza decapitada llegó hasta la pared dando brincos, y a continuación se oyó el ruido de un cuerpo al desplomarse en el suelo.
Gawyn se derrumbó contra la cama mientras la sangre le salía a borbotones del costado. Estaba a punto de perder el conocimiento, aunque en la negrura del dormitorio no supo si la vista se le nublaba o no.
Tanteó hacia donde recordaba haber visto que Egwene tenía la mano, pero la debilidad le impidió encontrarla.
Un instante después, caía tendido en el suelo. Su último pensamiento fue que aún no sabía si ella estaba muerta o no.
—Insigne Señora —dijo Katerine, arrodillada delante de Mesaana—, no encontramos el objeto que habéis descrito. La mitad de nuestras mujeres lo busca mientras la otra mitad lucha contra esas despreciables larvas que resisten. ¡Pero no está por ninguna parte!
Mesaana se cruzó de brazos, considerando la situación. Con indiferencia, azotó la espalda de Katerine con filamentos de Aire. El fracaso debía tener su castigo siempre. Actuar de forma consecuente era la clave de todo tipo de entrenamiento.
La Torre Blanca retumbaba allá arriba, aunque allí se encontraban a salvo. Había impuesto su voluntad en esa zona creando un nuevo cuarto debajo de los sótanos, excavado en la roca. Era obvio que las pequeñas que luchaban arriba se consideraban expertas en este lugar, pero eran lo que eran, unas pequeñas. Ella había entrado en el Tel’aran’rhiod durante un siglo antes de su encarcelamiento.
La Torre retumbó otra vez. Se planteó la situación con detenimiento.
A saber cómo, las Aes Sedai habían encontrado un clavo de sueños.
¿Cómo habrían localizado semejante tesoro? Mesaana estaba interesada en apoderarse de ese objeto de Poder casi tanto como lo estaba en dominar a la pequeña Amyrlin, Egwene al’Vere. Tener al alcance la capacidad de impedir accesos en tu refugio… En fin, que era una herramienta vital, sobre todo cuando decidiera actuar contra los otros Elegidos. Era más eficaz que las salvaguardias y servía para proteger los sueños de uno de cualquier intrusión, así como para impedir todo tipo de Viaje hacia adentro y hacia afuera del área, excepción de los que tuvieran permiso.
Sin embargo, con el clavo de sueños instalado allí, ella tampoco podía desplazar la batalla con las pequeñas de arriba a una ubicación más a propósito, seleccionada con cuidado. Exasperante. Pero no, no se dejaría arrastrar por las emociones respecto a la situación actual.
—Vuelve arriba y concentraos en capturar a esa Egwene al’Vere —le ordenó a Katerine—. Ella sabrá dónde se halla el objeto.
Sí, ahora era evidente para ella. Obtendría dos victorias con una única maniobra.
—Sí… Insigne Señora…
Katerine aún se encogía por los azotes de Aire que le golpeaban en la espalda. Oh, sí. Mesaana hizo un gesto brusco con la mano que deshizo el tejido. Entonces se le ocurrió una idea.
—Espera aquí un momento —le dijo a la Negra—. Voy a colocarte un tejido…
Perrin apareció en la cúspide de la Torre Blanca.
Verdugo sujetaba a Saltador por el pescuezo. El lobo tenía una flecha clavada en el costado, y la sangre le resbalaba por la pata y goteaba por la zarpa.
El viento sopló a través de la estructura y esparció la sangre sobre las piedras.
—¡Saltador!
Perrin dio un paso hacia ellos. Todavía percibía la mente del lobo, aunque muy débil.
Verdugo lo alzó en vilo con facilidad y enarboló un cuchillo.
—No, ya tienes lo que quieres —dijo Perrin—. Vete.
—¿Y qué fue lo que dijiste antes? ¿Eso de que sabías dónde iría y me seguirías? A este lado, es muy fácil localizar el clavo de sueños.
Con actitud indiferente, lanzó al lobo por encima del antepecho de piedra.
—¡NO! —bramó Perrin.
Saltó hacia el borde, pero Verdugo apareció junto a él, lo agarró y levantó el cuchillo. Con el impulso, ambos rebotaron contra el antepecho y a Perrin el estómago le dio un vuelco al caer al vacío.
Intentó deshacerse de Verdugo, pero éste lo tenía bien sujeto y procuraba con todas sus fuerzas no soltarlo. Se sacudieron un instante, pero siguieron cayendo.
Verdugo era tan fuerte… Olía mal, como a rancio y a sangre de lobo.
El cuchillo le buscó la garganta, y lo único que fue capaz de hacer Perrin fue alzar el brazo para parar el golpe mientras pensaba que la camisa era dura como el acero.
Verdugo apretó más. Perrin tuvo un instante de debilidad al sentir la herida del pecho palpitándole mientras se precipitaban hacia el suelo. El cuchillo hendió la manga de Perrin y se hundió en el antebrazo.
Perrin gritó. Qué fuerte era el silbido del viento. Sólo habían pasado segundos. Verdugo sacó el cuchillo.
«¡Saltador!»
Perrin rugió y pateó a Verdugo, apartándolo de sí, rota la presa. Con el brazo ardiéndole, Perrin giró en el aire. El suelo salía a su encuentro a toda velocidad. Deseó estar en otro sitio y apareció justo debajo de Saltador, agarró al lobo un instante antes de que se estrellara contra el suelo.
Las rodillas se le doblaron y el suelo se resquebrajó a su alrededor. Pero consiguió bajar a Saltador sin daño.
Una flecha de plumas negra llegó silbando desde arriba y atravesó la espalda de Saltador de parte a parte y se hundió en el muslo de Perrin, que estaba en cuclillas debajo del lobo.
Perrin gritó al sentir su propio dolor mezclado con la repentina oleada de sufrimiento del lobo. La mente de Saltador se apagaba.
—¡No! —gritó, con lágrimas en los ojos.
Joven Toro… proyectó el lobo.
Perrin intentó desplazarse a otro sitio, pero tenía la mente ofuscada.
No tardaría en llegar otra flecha. Se las ingenió para rodar sobre sí mismo y quitarse de la trayectoria del astil, que golpeó en el suelo, pero la pierna no le respondía, y Saltador pesaba tanto… Se agachó y soltó al lobo, haciéndolo rodar sobre sí mismo.
Verdugo aterrizó a corta distancia, con el horrendo arco negro en la mano.
—Adiós, Aybara. —Verdugo tensó el arco largo—. Parece que al final hoy mataré cinco lobos.
Perrin miró la flecha. Todo estaba borroso.
«No puedo abandonar a Faile. No puedo abandonar a Saltador».
«¡Y no los abandonaré!»
Verdugo disparó la flecha y Perrin, desesperado, se imaginó fuerte, no desfallecido. Sintió el corazón sano y fuerte de nuevo, llenando de energía las venas. Gritó, de forma que se aclaró la cabeza lo suficiente para lograr desaparecer y reaparecer detrás de Verdugo.
Arremetió con el martillo.
Verdugo se dio media vuelta con despreocupación y paró el golpe con el brazo, que era increíblemente fuerte. Perrin cayó sobre una rodilla, todavía con el dolor de la pierna presente. Ahogó un grito de dolor.
—No sabes curarte —dijo Verdugo—. Hay modos de hacerlo, pero el simple hecho de imaginarte en buenas condiciones físicas no funciona.
No obstante, sí parece que has conseguido recobrar el flujo sanguíneo, que es muy útil.
Perrin olió algo. Terror. ¿Era suyo?
No, no. Era allí. Detrás de Verdugo se había abierto una puerta a la Torre Blanca, y dentro había negrura. No sombra, sino negrura. Perrin había practicado lo suficiente con Saltador para identificar lo que era.
Una pesadilla.
Verdugo abría la boca para decir algo cuando Perrin, rugiendo, se lanzó con todo su peso hacia adelante y chocó contra el hombre. El dolor en la pierna fue horrendo.